martes, 18 de mayo de 2010

Descanso lector

He de confesarlo. Envidio tan profunda como sanamente la colección de marcapáginas de Elwen. Cada una de sus entradas sobre los marcapáginas que ha conseguido o que ha realizado es realmente hermosa y, aunque tanto Azote como yo los coleccionamos, lo cierto es que en mi caso no tengo maña ni talento suficientes como para fabricar objetos tan hermosos.

A Isi también se le da muy bien hacerlos. Con ingenio y cariño resulta increíble las maravillas que es capaz de conseguir. Ya nos lo ha enseñado en su blog y, aunque me encantan todos ellos, hay uno en particular que me gusta sobremanera. Se trata del marcapáginas de los Blogueros de Incontestable Belleza que realizó para el primer encuentro de blogueros de esta pequeña gran familia transoceánica que hemos formado entre unos pocos. Como ya sabéis, hace unos meses se llevó a cabo una “quedada” de blogueros a nivel peninsular, podríamos decir, al que no pude asistir. Entre abril y marzo quedaron pendientes, por desgracia, eventos clave para mis tres queridos blogs y, sobre todo, para mí como persona: una visita a Burgos junto a un buen amigo, que aún tengo pendiente, para homenajear a otro ya desaparecido; una excursión a la RetroMadrid, que tendrá que esperar al año que viene; por último, pero no por ello menos importante, una reunión de los amigos de los libros que nos conocimos gracias a la red –y que espero que se repita pronto.

En la fotografía aparecen algunos de los libros que están sobre mi mesilla de noche junto a los marcapáginas que nos ha regalado Isi y que llegaron hace apenas unos días a Granada. Al lado del marcapáginas BIB, que guardo con especial cariño porque, tal y como nos decía Isi, no tenía otro y es el suyo propio (mil gracias, guapísima) veréis algunos de su propio blog, que son toda una hermosura, y un par personalizados. El mío propio, con las iniciales de Homo libris, y el de Azote que, tal y como dice la propia Isi, “me ha encantado porque, además del nombre, también son la primera y última letras del abecedario, lo cual le viene que ni pintado”.

Un regalo precioso que te aseguramos, Isi, nos ha llegado al corazón. Azote comentará algo en breve, pero me he tomado la licencia de incluir aquí los suyos porque está fuera y hasta mediados o finales de semana no creo que ande por aquí. Muchísimas gracias este hermoso detalle; gracias que esperamos poder darte muy pronto en persona.

Y ahora, a leer. Que con marcapáginas así, ¿quién no compagina la lectura de varios libros? A Bolaño se le suman Auster y Commoner (curiosa y casualmente, las iniciales de los tres autores dan inicio también al abecedario) y una preciosa guía de orquídeas de Granada, regalo también de un amigo durante este fin de semana, con la que descubrir algunas singularidades de la provincia durante nuestras andanzas. Pronto os iré contando algo sobre todos ellos.

¡Feliz lectura, y feliz descanso lector!

miércoles, 12 de mayo de 2010

El lobo

Es el más riguroso invierno del que el lobo guarda memoria. En su deambular por el bosque, cada vez más debilitado por la escasez de alimento, descubre que la nieve no es la única que oculta secretos; del encuentro con un zorro que está siendo atacado por los cuervos y que constituye su última esperanza para alimentarse resulta el argumento evidente de la primera novela de Joseph Smith. Sin embargo, como buena fábula, como la nieve que lo cubre todo, guarda en su interior muchos más tesoros que podremos descubrir a poco que hurguemos en ella.

Lupo, posiblemente el gato más indicado para presentar este libro,
nos indica que estamos ante un libro de ensueño...

Le tenía ganas a El lobo desde que supe que lo habían editado. Tantas como recelo a lo que pudiera guardar un libro que triunfó en su día en la feria de Fráncfort y que los medios publicitaron a bombo y platillo. Así que se convirtió en un elemento destacado de mi infinita lista de imposibles pero deseadas lecturas que iba avanzando tímidamente hacia un primer puesto. No fue, sin embargo, hasta hace unos días que me hice con él, ya en edición de bolsillo, pensando que a este paso terminaban por descatalogármelo cualquier día (sobre este tema tengo una entrada pendiente desde hace un tiempo). Lo cierto es que he devorado El lobo con ganas, tantas que sentía una suerte de vergüenza ante la famélica imagen del cánido incapaz de encontrar su pitanza en el bosque. Dejando de lado ciertos detalles de la novela que me han parecido poco realistas –deformación vocacional, tal vez- y que no tienen mayor relevancia ya que, como decía, estamos ante una fábula más que frente a una novela que busque dotarse de un halo de verosimilitud, la verdad es que El lobo se erige como un texto hipnotizador, vehemente, tan descriptivo que nos parece que oímos el crujido de la nieve bajo los pasos del animal y que nos ofrece una interesantísima reflexión filosófica y psicológica sobre el hombre desde el espejo que supone un animal que ha estado desde el inicio de los tiempos vinculado a nuestra especie, primero como competidor, después como mejor amigo (durante el proceso de domesticación hacia el perro) y, siempre, como fiel de una balanza en la que sopesamos, aunque sea metafóricamente, nuestras bondades y maldades.

Sin poder evitarlo, me venía a la memoria otro relato protagonizado por un viejo macho montés. Efectivamente, los capítulos dedicados en “El hombre y la Tierra” al ya viejo, cansado y dueño de una intensa y maravillosa vida, macho montés de Cazorla que Félix Rodríguez de la Fuente retratase ofreciéndonos desde esta perspectiva una visión particular de la vida en el bosque. También las novelas de London o Curwood en la nevada Alaska y el Yukón, y de Conrad pasaron por mi mente durante la lectura de este maravilloso libro.

En apenas 120 páginas Joseph Smith nos deleita con los pensamientos de un lobo moribundo y sus avatares, y nos ofrece una reflexión sobre quiénes somos como individuos y por nuestra propia naturaleza, esto es, cuánto pesan los genes y cuanto la sociedad en el individuo. Un relato, en todo caso, que se lee con muchísima fluidez, tal y como os decía, y que al margen de estas reflexiones constituye toda una aventura de la que podemos disfrutar sin más.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Viajes con Heródoto

El viaje no empieza cuando nos ponemos en ruta, ni acaba cuando alcanzamos el destino. En realidad empieza mucho antes y prácticamente no se acaba nunca porque la cinta de la memoria no deja de girar en nuestro interior por más tiempo que lleve nuestro cuerpo sin moverse de sitio.
El viaje, siempre iniciático, ha constituido desde que se tiene memoria uno de los leitmotivos más recurrentes en la literatura y es que leer es, en todos los sentidos, viajar con la imaginación y la memoria al permitir al autor que nos desvele el camino a seguir aunque podamos, siempre, cambiar el rumbo de lo leído, explorar otras rutas y senderos y, sobre todo, compartir lo descubierto con otros lectores ávidos de emociones y de sentimientos.

No hace mucho (aunque hay que ver cómo pasa el tiempo, son dos meses ya y me parece que fue ayer), Alienor nos transmitía con la vehemencia a que nos tiene acostumbrados su disfrute durante la lectura de Viajes con Heródoto, de Ryszard Kapuscinski, un libro a caballo entre la novela y el relato, entre la crónica periodística, el ensayo historiográfico y el libro de viajes que, como toda buena obra, trasciende los géneros y el tiempo para deleitarnos con una narración que abre nuestras mentes a nuevos y ricos descubrimientos.

Kapuscinki, joven reportero polaco, siempre ha deseado “traspasar la frontera”, viajar para descubrir cuanto acontece detrás de las intangibles pero contundentes líneas imaginarias que delimitan su país. Así, recibe con tanto agrado como miedo el encargo de viajar a la India como corresponsal. Afortunadamente le regalan Los nueve libros de la Historia de Heródoto para que le hagan compañía y es así como Kapuscinki comienza su andadura y, con él, la nuestra, por diversos países de Europa, Asia y África, a lo largo del espacio y del tiempo, puesto que el autor entremezcla la narración del joven reportero con situaciones de los libros de Heródoto de los que puede extraerse siempre un aprendizaje y que guardan un manifiesto vínculo con las que tuvo que vivir nuestro reportero durante sus viajes en los años cincuenta, durante un periodo convulso y en un mundo dividido.

Kapuscinki nos enseña a escuchar, la mayor virtud del reportero, a mi parecer, y la que más se obvia hoy día cuando su opinión prevalece sobre la noticia y esta aparece marcada por la parcialidad del pensamiento de quien debería ser un mero transmisor de cuanto acontece. Nos descubre algo que posiblemente sabemos pero que no conviene olvidar: que el viajero ha de ser humilde y atento, que nunca debe perder la capacidad de sorpresa y la curiosidad si desea que el viaje, que a estos efectos puede ser tanto como la vida, le enriquezca verdaderamente.

Viajes con Heródoto deja con ganas de más. Con ganas de más Kapuscinki (y tomo nota de Ébano, por supuesto), con ganas de más Heródoto (de sus nueve libros de la Historia, por supuestísimo) y con ganas de que llegue el verano, o unas hipotéticas vacaciones, y poder dar rienda suelta a la emoción contenida y al disfrute del descubrimiento.
El libro del griego, al igual que toda gran obra, hay que leerlo repetidas veces: cada nueva lectura desvelará entonces nuevas capas, contenidos distintos, no vistos antes, nuevos sentidos e imágenes.
Sé que muchos lo leísteis y que algunos lo tenéis pendiente. ¿Me acompañáis en una próxima lectura?

viernes, 23 de abril de 2010

Bendita locura

En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles, y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.
Feliz Día del Libro.

domingo, 18 de abril de 2010

BOOK, o no siempre lo último es lo mejor

Aunque estoy encantado con mi Papyre, lo cierto es que el lector de libros más avanzado que conozco es... ¡el propio libro!


Visto en El cultural de Nerea.

viernes, 16 de abril de 2010

Galápagos

Las revoluciones científicas más importantes todas incluyen, como única característica en común, el destronamiento de la arrogancia humana de un pedestal tras otro de convicciones previas sobre nuestro lugar en el centro del Cosmos.

Stephen Jay Gould
Trotty, de conocidas dotes naturalistas disfruta con una lectura de lo más amena y se dispone a contarnos su parecer.

De Kurt Vonnegut y su obra se puede decir cualquier cosa, excepto que sea convencional. Enclavada dentro de la ciencia ficción, lo cierto es que sus libros no constituyen una de las mayores referencias para la los lectores de este género, aunque, sin embargo, tampoco es un completo desconocido. Es más, puede ser considerado todo un referente, lo que se encuadra en una aparente contradicción tan al gusto de la mordaz ironía con que suele aderezar sus novelas y que viene dada, sin duda, por el interés que puso en su momento por no ser encuadrado dentro de la ciencia ficción (aunque sus primeras obras lo fuesen, claramente, y a pesar de lo cual toda ella posee continuos referentes y similitudes con este género, aunque también es cierto que con su ironía y la actitud crítica que suele adoptar en las mismas se aleja de lo que tradicionalmente se ha entendido como ciencia ficción) . Hace algún tiempo vino al blog su Pájaro de celda, que me encantó como recordaréis, y lo cierto es que le tenía muchas ganas a este que terminé de devorar hace apenas unos días.

Galápagos habría sido una novela ideal para escribir una reseña sobre ella el pasado año. No sé si Darwin o cualquier estudioso de la evolución habría estado totalmente de acuerdo con Vonnegut, pero lo cierto es que esta novela se lee con deleite y con una sonrisa en el rostro, solo rota por alguna que otra carcajada cuando el autor nos sorprende con alguna situación sorprendente e hilarante. En ella encontraremos algunos de los leitmotivos del autor: el antibelicismo, el particular escritor de ciencia ficción fracasado Kilgore Trout o la preocupación por la deshumanización y el consumismo.

La Tierra, hace un millón de años. Exactamente, al comenzar nuestra historia, 1986. El Bahía de Darwin permanece atracado en el puerto de Guayaquil, Ecuador, esperando al pasaje para emprender la que los medios han publicitado como la mayor aventura naturalista, el “Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza”. En el hotel cercano “El Dorado”, un estafador, una viuda, una pareja de japoneses y el secreto dueño del barco (que se apresuró a comprarlo para invitar a continuación al marido de la pareja anterior, un verdadero genio de las nuevas tecnologías) se ocupan de sus problemas hasta que llega la hora de embarcar. El mundo, entretanto, loco como siempre, prepara una guerra que les llevará a un viaje sin retorno a las islas Galápagos. Ellos no lo saben – nosotros sí, gracias a la voz omnisciente del narrador, el fantasma de unos de los trabajadores de los astilleros donde se construyó el barco, que se encarga de desvelárnoslo desde un principio-, pero no volverán jamás al continente. Ni ellos, ni ningún ser humano en la forma en la que eran conocidos un millón de años atrás, en el llamado siglo XX. La evolución se encargará de ello, y es que las Galápagos volverían a convertirse en un laboratorio natural desde el momento en que en el resto del mundo los humanos nos extinguimos gracias a nuestras crisis económicas mundiales, las guerras y, sobre todo, por la aparición de una particular enfermedad que volvió estériles a las hembras de la especie.
Demasiado tarde, los habitantes de esas naciones salieron arrastrándose de las ruinas que ellos mismos habían creado, y descubrieron que, durante todo aquel agónico proceso, no había habido absolutamente nadie en la cumbre que comprendiera cómo funcionan en realidad las cosas, de qué se trataba, y qué era lo que en realidad sucedía.
Vonnegut no es clemente con el ser humano ni con el voluminoso cerebro que constituye la fuente de las preocupaciones que le afligen y sinsentidos que acomete. Ni las referencias darwinianas ni las sociológicas son tan profundas que dificulten seguir un texto divertido, en el que Vonnegut se ríe de todo, jugando con el tiempo y el espacio (hace un millón de años, con la Tierra por escenario de nuestras andanzas; hoy, con el ser humano dotado de aletas, pescador y ajeno a todo problema que no afecte a su supervivencia gracias a su reducido cerebro) y con una serie de capítulos que fragmentan la historia y nos la van proporcionando en pequeñas dosis que nos descubren, a pequeña escala, las motivaciones de nuestros sobrevivientes y sus historias personales, y en una magnitud planetaria, el futuro de nuestra especie.
Nadie es hoy bastante inteligente como para fabricar la clase de armas que aun las naciones más pobres tenían hace un millón de años. Sí, y se utilizaban todo el tiempo. Durante toda mi vida no hubo un día en que, en algún lugar del planeta, no estuvieran librándose al menos tres guerras a la vez.
Y la Ley de Selección Natural era incapaz de dar una respuesta a estas nuevas tecnologías. Ninguna hembra de ninguna especie era capaz, salvo quizá la del rinoceronte, de parir un vástago a prueba de fuego, bombas o balas.
En el mejor de los casos, la Ley de Selección Natural podría producir un ejemplar que no tuviera miedo de nada, aun cuando había tanto que temer. Conocí a unos pocos tipos de esa especie en Vietnam, en la medida en que es posible conocerlos, y uno de ellos era *Andrew MacIntosh.
No temáis. Vonnegut no plantea en Galápagos una obra trascendental de filosofía ni un tratado sobre la evolución, mas sí una sarcástica visión de la sociedad y una reflexión cargada de ironía sobre quienes somos, de dónde venimos y hacia qué incierto lugar nos dirigimos gracias a nuestros voluminosos cerebros. Un libro que se ha convertido, tal vez sin pretenderlo, en una verdadera obra de cabecera para este Homo libris que ahora, entusiasmado, se acerca a vosotros para deciros lo bien que me lo he pasado con su lectura e invitándoos a disfrutar con él.

lunes, 29 de marzo de 2010

Los herederos

Descubrí a Golding, imagino que como tantos otros lectores suyos, gracias a su libro El Señor de las Moscas, una novela distópica en la que reflexiona en torno a la moral, la educación y la naturaleza de las sociedades humanas, constituyendo un verdadero clásico que no deberíais de dejar de leer si no lo habéis hecho ya; os gustará esta fábula, palabra de Homo libris. Después de esta obra leí Ritos de paso, novela de ambientación marinera en la que el análisis de la naturaleza humana se revela a través de los diversos mecanismos de poder que son puestos en práctica por los personajes. Con estos precedentes, cuando hace unos años me encontré con una novela suya que transcurría en la prehistoria, periodo este de nuestra existencia como especie que me fascina, no pude dejar pasar la oportunidad de acercarme nuevamente al autor.

Aunque había pensado en ocasiones traer Los herederos al blog tras una relectura, no fue hasta hace unos fines de semana cuando, escuchando a Félix Rodríguez de la Fuente nuevamente en la radio, a raíz de los diversos homenajes que se han llevado a cabo en su memoria, me decidí a hacerlo. Os preguntaréis qué suerte de razón vincula al doctor Rodríguez de la Fuente con el autor británico o, más concretamente, con el libro que, a la sazón, nos trae de nuevo aquí. Bien, el primero de los programas de “Objetivo: salvar la naturaleza”, espacio radiofónico que ocupara Félix hace 34 años y que ahora ha sido recuperado por RTVE de la mano de Joaquín Araujo, nos acercaba a la visión que del Homo sapiens tenía Félix y a la relación de aquel con la naturaleza que le rodea, “que es su sustento”, en palabras del locutor. Era la suya una visión innovadora, realmente revolucionaria, que le acercaría, gracias a su intuición, a la que mantienen actualmente muchos sociólogos y antropólogos. Precisamente en el programa del que hago mención aparece Juan Luis Arsuaga como colaborador, con lo que el interés del documento sonoro es realmente mayúsculo, por lo que os recomiendo escucharlo, si bien intentaré resumir aquí la visión de Félix. Según él, el hombre del Paleolítico era mucho más dependiente de su entorno natural, estaba más integrado en él gracias a su condición de cazador-recolector, y no fue hasta el Neolítico, con la introducción de la agricultura y la ganadería, que se inició una ruptura que nos ha llevado a una posición de dominancia sobre el resto de especies y la propia Tierra claramente perjudicial para estas (y, en último término, incluso para nosotros).

En Los herederos, William Golding nos lleva a contemplar a los últimos neandertales con vida durante su encuentro con los cromañones, con el hombre moderno que se encontraba en clara expansión por aquel entonces. Existen diversas teorías sobre la desaparición del hombre de Neandertal, aunque las más aceptadas van desde las que hablan de factores ambientales, debido al cambio climático acaecido durante el Cuaternario, hasta las que suponen la existencia de una competencia interespecífica entre cromañones y neandertales de la que salieron vencedores los primeros. La visión de Golding se acerca a esta última teoría, aunque con una particularidad: asocia la idea de la supervivencia no a la superioridad numérica, o de fuerza o inteligencia, sino a la maldad. Es el mal el que hace fuerte al hombre, le permite avanzar, medrar e imponerse al resto de especies. La prosperidad, de este modo, implica destrucción.

Lok y sus compañeros de tribu viajan guiados por Mal, el anciano, buscando recursos y alimentos. Es la suya una vida sedentaria, dirigida por las necesidades del grupo y por las condiciones ambientales que les obligan a deambular dentro de su territorio buscando frutos y algo de caza. Un día, Ha, uno de los hombres más fuertes del grupo, desaparece. Al buscarle, Lok descubre el olor de otro hombre ajeno a la tribu y, con él, dará comienzo una dolorosa experiencia que llevará aparejada la pérdida de su inocencia.

Los neandertales de Golding son seres inocentes, inscritos en una sociedad matriarcal con fuertes lazos de amistad. Dado que la capacidad de abstracción les estaba vetada, o limitada en cualquier caso, tienden a unir los recuerdos que guardan de sus seres queridos con el entorno, con la naturaleza. Se comunican entre ellos de una forma instintiva, intuitiva. Contrasta con esta la visión del hombre moderno que nos ofrece el autor; un ser que somete a la naturaleza a su antojo y que posee una curiosidad no exenta de crueldad que le lleva a “jugar” con el neandertal capturado y a no dudar en infligirle dolor para observar sus reacciones.

La historia está narrada con un estilo muy sutil, ambiguo, que se ofrece a múltiples interpretaciones pero que permite mostrar la visión peculiar que podrían tener, sobre el mundo y sobre sí mismas, unas mentes tan cercanas y, a la vez, tan distintas a las nuestras. Como apuntaba más arriba, Golding reflexiona en este caso sobre la inocencia y la maldad, sobre la pérdida de la primera y la prevalencia de la segunda. Sobre quiénes somos, qué camino hemos tomado y qué estamos dejándonos atrás al recorrerlo.