martes, 1 de mayo de 2012

Un IMM espontáneo

Pasan las semanas volando y apenas consigo tachar de la lista de pendientes algunos títulos que voy leyendo conforme consigo sacar algo de tiempo a las obligaciones cotidianas. Incluso así, se me acumulan las entradas en el blog, las de los libros por reseñar —y eso que no todos entran a formar parte de la familia de los incluidos en esta polvorienta bitácora— y otras sobre diversos temas bibliófilos. 

De cualquier modo, hoy me apetecía irme a la cama dejando constancia de algunos de los libros que me acompañarán en breve, entre otros una novela gráfica que estaba deseando leer (y que, si mal no recuerdo, será el primer cómic en aparecer por aquí), El invierno del dibujante, sobre el que ya preguntamos en su día a González Ledesma.


A esta se le unen varios libros sobre Biología y medio ambiente (Las rapaces ibéricas, un tomo de enciclopédico formato de lectura más que recomendable para el aficionado a estas aves; La vida amorosa de los animales, un ensayo sobre etología; Introducing Environmental Politics e Introducing Genetics, dos libros ilustrados de la colección Introducing... de la editorial Totem Books y la preciosa edición que nos trae Taurus de Sobre la selección natural de Darwin). 

Finalmente, para completar el cupo, una novela digna del disfrute de un (bien entendido) mitómano como yo. La fiesta de Orfeo nos retrotrae al Londres de mediados del siglo pasado, cuando una recién nacida productora de cine, la archiconocida Hammer Productions, comenzaba el rodaje de una película de terror que protagonizaría uno de mis actores preferidos, Peter Cushing. 

martes, 24 de abril de 2012

Estudiar, estudiar...

Francisco González Ledesma, tan agudo como siempre, retrataba en El expediente Barcelona una realidad que a día de hoy, en estos tiempos de recortes y de vuelco hacia una "Nueva Edad Media" en todo lo tocante a la cultura (y todo lo que esta engloba: literatura, artes, ciencia...), resulta de especial vigencia:
A mí todo eso del Milanés, tantos sacrificios, tantas humillaciones y tanto hambre para estudiar (porque encima pasaba hambre) me parecía un esfuerzo estéril. Qué quiere que le diga. Yo solo había estudiado comercio en la Escuela Especial, que entonces estaba en la calle Balmes, y tenía más que suficiente. Soy de los que creen que en España sobra gente de carrera. Tú vas a pedir un carpintero o un lampista y estás listo. No los hay. Pide un ingeniero, un médico, un abogado, un químico, y no hablemos de un maestro, y el problema es tuyo, porque la cola llega hasta la frontera. El padre, además, siempre lo decía: «El talento y la cultura, en sí, no los valores nunca. Bien mirado, no son nada. Los que lo tienen dicen que eso vale mucho y que no se vende. No te dejes engañar nunca: lo terrible para ellos es que no se compra».

jueves, 19 de abril de 2012

Diario de Golondrina

Uno nunca es tan feliz como cuando encuentra el medio de perderse.
Últimamente me encuentro bastante disperso; entre el trabajo, la carrera y otras obligaciones autoimpuestas en aras de no convertirme en “basura tecnológica”, lo cierto es que tengo poco tiempo para nada. Eso redunda en un descenso terrible en las entradas de los blogs y en poco tiempo para leer, tal vez lo que más eche en falta. Mi ritmo de lectura ha descendido tanto o más que mi capacidad de concentración, y lo único que ha aumentado es mi insatisfacción hacia lo que escribo. Últimamente todo lo que sale de mis dedos me parece carente de inspiración, inane, sin chispa. De ahí que, aunque tengo varias entradas en la recámara, no me decido a dispararlas. También es el motivo por el cual últimamente estoy intentando leer libros breves, de cien o doscientas páginas, y estoy acariciando la idea de volver a los relatos, a esos cuentos escritos por verdaderos maestros y que tantas satisfacciones me dieron en el pasado.

El último libro que he leído (ayer mismo, en el trayecto de ida y vuelta al trabajo en transporte público) ha sido Diario de Golondrina, de Amélie Nothomb. Había oído hablar mucho y bueno de esta autora francojaponesa, hace tiempo a un gran amigo de cuyo criterio me fio ciegamente y algo después a algunos de quienes este blog frecuentáis. En particular, por las reseñas que ha ido publicando Isi siempre se me antojaron libros interesantes, y cuando fue la autora elegida para leer en Bibliolandia pude al menor conocer vuestras impresiones. Azote tiene algunos de ellos en francés, pero no fue hasta que el otro día, cuando encontré este libro en la biblioteca pública que, finalmente, me hice con algo suyo.


Estamos ante un libro breve, muy breve, aunque esta parece ser la tónica de la autora a la hora de escribir sus novelas; lo hace en cuadernos, siendo esta novela uno de ellos. Si es el caso, lleva a cabo un juego metaliterario más que evidente, del tipo que le gusta a Paul Auster, donde en la autoría de la historia se dan la mano la autora y el protagonista principal. Diario de Golondrina nos acerca a la figura de Urbano, un repartidor de nombre antes desconocido, que tras un desengaño amoroso y una pérdida total de la capacidad de sentir emociones, se convierte en asesino a sueldo que adopta ese nombre.

Nothomb describe la desazón de un personaje que, desahuciado del mundo de los sentimientos, solo encuentra placer en lo extraño, en aquello que le resulta nuevo y desconocido. Siendo así, no es de extrañar que en su afán por encontrar algo que le estimule llegue a aceptar el trabajo de asesino a sueldo. Cuando descubra cuánto le excita arrebatarle la vida a seres desconocidos se habrá convertido en el más despiadado de cuantos asesinos contrata el ruso Yuri, que ejerce de intermediario entre estos y su desconocido mas omnipresente jefe.

Lo cierto es que el libro me ha gustado, tal vez porque la autora hace gala de su buen oficio con la pluma, aunque la historia parece poco creíble, un poco traída por los pelos, y el final de la novela resulta abrupto, demasiado abierto y con un desenlace previsible. También he leído que Amélie Nothomb suele ser mucho más caustica, más irónica en otros libros. Este, por lo pronto, me ha animado a leer más obras suyas, así que ya os iré contando.

¿Y a vosotros? ¿Qué os parece Nothomb? ¿Y esta obra suya? Contad, contad…

martes, 3 de abril de 2012

Concurso "Una sombra en Pekín"

¿Te gusta leer? ¿Y comentar en los blogs literarios sobre los libros que has leído y te gustan? Si estás en un blog como este, mucho “me temo” que cumplas con ello. Máxime si tienes un blog y, sobre todo, si te animas a participar en el concurso que la Editorial Traspiés nos ha hecho llegar: “Una sombra en Pekín”.


Las reglas son muy sencillas y puedes encontrarlas en su blog. Básicamente se trata de escribir una reseña del libro del mismo título (Una sombra en Pekín, de José Ángel Cilleruelo), hayas participado o no en la lectura conjunta que propuso la editorial para los meses de febrero y marzo del presente año. Una iniciativa, por otro lado, nada desdeñable, y a la que espero sumarme con otro título no dentro de mucho. Una vez publicada la reseña, simplemente has de pasarte por alguno de los blogs que constituyen el jurado (La caverna literaria, De todo un poco, Cazando estrellas, Libros que voy leyendo y El universo de los libros) y dejar un comentario con el enlace a tu reseña.

El premio consistirá en uno de los tres lotes de cinco libros, a elegir del catálogo de Traspiés, y un original (70 x 100 cm) de Juan Gonzalo Lerma, el ilustrador del libro.

¿Hasta cuándo puedes participar? Todavía te da tiempo, pero no puedes dormirte en los laureles. Tienes hasta el 10 de abril para publicar tu reseña. ¿Qué mejor forma de aprovechar la lluviosa Semana Santa que parece avecinarse que aprovechar para disfrutar de la lectura de un buen libro?

Disfrutad de la lectura y, quien los tenga, de unos días de asueto.

viernes, 2 de marzo de 2012

La juguetería errante

Algo tienen los libros de la editorial Impedimenta que enamoran con solo mirarlos. Es justo lo que me pasó con La juguetería errante; ver el libro y desear tenerlo fue una misma cosa. Lo cierto es que la portada es preciosa, la edición primorosa y el título resulta llamativo, pero el interés va a más en cuanto sabemos un poco de su argumento. En la juguetería que da nombre a libro se comete un asesinato, mas poco después desaparecen las pruebas. No el cuerpo (que también), sino la propia juguetería. Así comienza la aventura del poeta Richard Cadogan cuando decide irse unos días de vacaciones a Oxford tras desoír los consejos del tacaño de su editor y se mete de bruces en este misterio. Cuando consigue avisar a la policía y al ir a visitarla se encuentran con que ya no existe la tienda en cuestión, así que decide hablar con su viejo amigo Gervase Fen, el afamado profesor de literatura inglesa conocido por sus habilidades como detective aficionado. A bordo del descapotable rojo del profesor Fen, Cadogan y él vivirán una aventura repleta de persecuciones (aunque no siempre nos queda claro si actúan como perseguidores o perseguidos), de algún accidente que otro (ya que el coche de Gervase, Lilly Christine III, parece contar con un especial magnetismo que le lleva a precipitarse contra cualquier muro, árbol o edificio existente) y de mucho humor inglés.

Bajando por Woodstock Road, directamente hacia donde estaban ellos, venía pedaleando un hombre de cierta edad, anormalmente delgado, con su escaso pelo blanco al viento y con un rictus de desesperación en la mirada. Inmediatamente tras él, corriendo como si en ello les fuera la vida, venían Escila y Caribdis; tras ellos, una turba trituradora de estudiantes furibundos, con Adrian Barnaby (en bicicleta) a la vanguardia; tras ellos, un ayudante de celador, el alguacil universitario, y dos «bulldogs», embutidos todos en un diminuto Austin y con aspecto formal, grave e inútil; y el último del pelotón, agotado por la persecución, era Hoskins, que venía arrastrando exhausto su desgarbada figura.
Fue una visión que Cadogan jamás lograría olvidar en lo que le quedara de vida.
A diferencia de otros célebres detectives de la historia de la literatura, Gervase Fen no resuelve los casos gracias a seguir el método científico, entre loas y alabanzas a su materia gris o gracias a su intuición. De extrovertido carácter, dado a fabular y a deleitarnos con numerosas referencias literarias (donde, en más de una ocasión agradecemos las notas a pie de página de la edición), la historia se desarrolla sin que sepamos muy bien dónde nos va a llevar en sus investigaciones. Esto, sin embargo, no resulta desazonador, pues es tal el ritmo narrativo y lo adictivo de la historia que no nos paramos siquiera a pensar en ello. Seguimos a nuestros protagonistas con una suerte de sonrisa en los labios que no desaparece en ningún momento, ni siquiera al final de la historia, cuando en una escena repleta de acción no pude evitar recordar la versión cinematográfica dirigida por Hitchcock de Extraños en un tren, de Patricia Highsmith, y a una inolvidable secuencia de la misma.

Salvadas las distancias, y aunque se mencionan los nombres de Wodehouse, Stella Gibbons, Agatha Christie, Chesterton o Conan Doyle para intentar explicar el estilo de Edmund Crispin (seudónimo de Robert Bruce Montgomery tomado, junto al nombre de su detective, de un personaje de la novela de Michael Innes ¡Hamlet, venganza!), lo cierto es que a mí me ha parecido un libro escrito por un Harry Stephen Keeler algo más organizado, con mayor salud mental, mejor estilo literario y buenos referentes culturales. En definitiva, que resulta divertidísimo a la par que recomendable.

Aunque los libros de Crispin son muy populares en Inglaterra, lo cierto es que por aquí en España, que a mí me conste al menos, no era tan conocido. Por eso, por cuanto me ha gustado el libro y por lo precioso de los libros de esta editorial, me congratula saber que La juguetería errante constituye solo el punto de partida para la edición en castellano de la serie de libros protagonizada por Gervase Fen, nueve novelas y un par de libros de relatos, entre los cuales, ordenados cronológicamente por la fecha de escritura, La juguetería errante ocupa el tercer lugar. Aquí cuentan con un seguro lector de los mismos que espera con impaciencia la siguiente aventura de tan singular detective.

¡Por mis patas de conejo, que editen ya el siguiente!

viernes, 24 de febrero de 2012

El club de los parricidas

Pandemonium, s. Literalmente, Lugar de Todos los Demonios. La mayoría de ellos han ido a refugiarse en la política y las finanzas, y el lugar se usa ahora como salón de conferencias del Reformador Vocinglero. Cuando son perturbados por su voz, los antiguos ecos clamorean apropiadas respuestas que halagan mucho su orgullo.
La primera vez que oí alguna de las definiciones que contiene el Diccionario del diablo de Ambrose Bierce fue en la radio. Un compañero del programa de rock “Bajo cuerda” que por aquel entonces emitíamos en directo desde una emisora local lo llevó y fue intercalando alguna que otra entre canción y canción. Tanto nos gustó que recuerdo que busqué el libro y lo encontré en una de las librerías de Granada, ya desaparecida, que más contribuyó a engrosar mi biblioteca particular durante la etapa de estudiante. La librería Urbano de libros de saldo, ubicada en la calle Melchor Almagro, nos esperaba con miles de títulos al pie de sus escaleras. Había que descender por ellas como si nos estuviésemos adentrando en la cueva de Alí Babá, y aparecía, igual que esta, repleta de tesoros, aunque estos de papel. Y al salir, como si de Moria se tratase, en invierno podías ver entre las ramas desnudas de los olmos, al final de la calle, la desafiante silueta de Sierra Nevada. Un placer de dioses, como os contaba.

Volviendo a Bierce, aunque lo cierto es que su más conocida obra es precisamente ese diccionario, no es la única en la que su aguda ironía y, por qué no decirlo, buena ración de mala baba hace acto de presencia. Como os decía en la anterior entrada, la editorial Traspiés muy gentilmente me hizo llegar una copia de El club de los parricidas, y para deleite de propios y extraños he de decir que he disfrutado de su lectura como un enano.


El club de los parricidas comprende una serie de relatos en los que el autor va desgranando el cariño que guardaba hacia sus progenitores. De esta relación nos habla en el prólogo Jesús Aguado, el traductor de la presente edición, y pronto iremos descubriendo hasta qué punto era esta visceral.

En “Aceite de perro”, un niño ayuda a sus padres en sus respectivos trabajos. Comienza a narrarnos su historia con estas palabras:
Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos que ejercían dos de los oficios más humildes: mi padre era fabricante de aceite de perro y mi madre se encargaba de los bebés no deseados en una pequeña habitación adyacente a la iglesia del pueblo. Ellos se encargaron de inculcarme el amor al trabajo, ya que no sólo ayudaba a mi padre a capturar los perros que alimentaban sus calderos, sino que también en numerosas ocasiones, mi madre me pedía que me deshiciera de los desechos frutos de su labor. Puesto que todos los agentes de la ley del lugar, aunque no lo hubieran explicitado en sus programas electorales, se oponían a lo que ella hacía, con frecuencia tenía que emplear a fondo mi natural inteligencia para cumplir con esta obligación. La ocupación de mi padre, fabricar aceite de perro, era, como es lógico, menos impopular, a pesar de que los propietarios de perros desaparecidos le dirigieran miradas reticentes que hacían extensivas a mí.
“Un incendio imperfecto” nos trae la figura de un padre ladrón y un hijo que no le va a la zaga en estas artes. Un desacuerdo en el reparto del botín desata la furia del hijo y el final de su padre en unas circunstancias realmente flamígeras.


“Mi asesinato preferido”, o más bien el del protagonista de esta historia, es el de su tío. Lo narra ante el juez para hacerle ver que el crimen por el que está siendo juzgado —el de su madre— no es realmente tan abominable.

Después de asesinar a mi madre de manera especialmente horrible, fui arrestado y llevado a un juicio que se prolongaría durante siete años. Al exponer sus conclusiones a los miembros del jurado, el juez del Tribunal de Absolución afirmó que el mío era uno de los crímenes más espantosos con los que había tenido que enfrentarse.
Al escuchar eso mi abogado se levantó y dijo:
"Con la venia de su Señoría, los crímenes son espantosos o soportables sólo por comparación. Si usted conociera los detalles del asesinato anterior de mi cliente, el de su tío, sabría ver en este otro delito suyo (si es que puede denominarse así) la dulce indulgencia y la piedad filial que demostró a su víctima. El atroz ensañamiento de ese otro asesinato sí que tenía que haberle ganado un veredicto de culpabilidad. De hecho, difícilmente se habría librado del mismo de no haber sido por la circunstancia de que el honorable juez que presidía el juicio era también el presidente de una compañía de seguros con la que mi cliente había suscrito una póliza contra el ahorcamiento. Si su Señoría tuviera a bien aceptar escuchar, para su propia edificación, el relato de lo entonces acontecido, mi cliente, a pesar del dolor que eso le causaría, no pondría reparos en hacerlo bajo juramento".
En “Una tumba sin fondo”, una madre con pocos escrúpulos y unos hijos algo inocentes entierran a su padre en el sótano se la casa con el fin de seguir cobrando la pensión de este. Lo que no saben es que su secreto puede estar enterrado más profundamente de lo que jamás habrían podido imaginar.


Por último, “El hipnotizador” nos trae a un joven dotado de un poder especial. Ya en el colegio descubre que puede hacer que las personas actúen a su antojo, controlando su cerebro simplemente con mirarlas fijamente y pensar lo que desea que hagan. El abuso que de su poder hacen sus padres les pasará una elevada factura…

En definitiva, este libro de relatos de Ambrose Bierce no resulta apto para mentes delicadas, si bien su agudeza y explícita ironía le encumbran, a mi parecer, a lo más alto de este tipo de literatura. En la edición que nos ocupa, la de la colección Vagamundos, los textos vienen acompañados por las ilustraciones de Pablo López Miñarro y, aunque es una delicia para regalar, no os recomiendo que lo apuntéis para el día de la madre. Ni del padre, claro.

¡Feliz lectura!

lunes, 20 de febrero de 2012

Volver

Posiblemente haya transcurrido más tiempo que nunca sin que escriba, desde el inicio de esta aventura bloguera, en Homo libris o en Andanzas de un Trotalomas. Aunque en los últimos tiempos mi ritmo de escritura había descendido bastante, lo cierto es que diversas circunstancias se han aliado para dificultarme aún más la labor. He dejado pasar efemérides tan queridas para mí como la semana en la que Verne y Dickens cumplían años, he dudado una y mil veces sobre la decisión de cerrar los blogs, dejar de escribir en ellos indefinidamente, hasta que las musas me alcancen (no estoy nada contento con lo que vengo escribiendo últimamente) o unirlos todos en uno solo, personal e intransferible, que denote algo de actividad incluso en estos malos momentos. Pero (¡ay!) como suele ser habitual en mí, sigo sin tomar una decisión al respecto.


No obstante, ahora que algunas de las circunstancias que me apartaban de aquí han desaparecido (si bien no creo que pueda contar con tanto tiempo como antes) he vuelto. Espero que para quedarme, aunque a estas alturas del partido no tengo nada claro. Intentando ver la situación desde una perspectiva positiva, si bien habréis notado quienes tenéis blog que también ando desaparecido del vuestro, he de decir que sigo presente en ellos, si bien de una forma silente. En diciembre del año pasado mi ajado, vetusto y heredado móvil sucumbió, así que me vi “obligado” a hacerme con otro (con lo felices que éramos sin ellos ;)). Aunque mi intención era otra, finalmente opté por uno de esos mal llamados teléfonos inteligentes y, como el buen retro-geek que soy, además de instalar en él alguno que otro emulador de ordenadores de 8 bits (Spectrum is forever), lo estoy usando para leer vuestras entradas, al tener los blogs vinculados a través lector de RSS correspondiente. Por el contrario, me da una pereza enorme escribir con mis torpes dedos en ese engendro de teclado táctil que incorpora, motivo por el cual no aparezco en los comentarios, aunque espero ir solucionando esto.

Por el camino han quedado unas cuantas lecturas y mucho trabajo acumulado. Pero como por algún lado hay que comenzar, os traigo aquí un brevísimo IMM, teniendo en cuenta que son tantos los libros que se me acumulan, con los primeros que aparecerán por aquí dentro de unos (pocos, espero) días.


La juguetería errante, de Edmund Crispin, ha sido un verdadero descubrimiento. Como con otros libros, me enamoró su portada, me intrigó su título y, solo después, conocí un argumento que me interesó sobremanera. La edición de Impedimenta es preciosa y el libro me encantó cuando lo leí, si bien posiblemente haya sido la más irregular de cuantas lecturas haya disfrutado en los últimos tiempos. Os hablaré de él dentro de poco.


José Antonio, propietario de la granadina editorial Traspiés, me hizo llegar a finales del mes pasado un par de libros que están promocionando actualmente. Ya hablé de la editorial en su día y de la buena impresión que causó en mí su libro de Jonathan Swift Una humilde propuesta. Los dos que me hace llegar gentilmente (muchas gracias, José Antonio) son El club de los parricidas, de Ambrose Bierce, y Un puesto avanzado del progreso, de Joseph Conrad. Dos libros satíricos, como el de Swift, que vienen a acrecentar la buena impresión que me causó la colección de libros ilustrados “Vagamundos”.


Actualmente estoy disfrutando de lo lindo con la aproximación a la historia de la agricultura y de la ingeniería genética que realiza magistralmente Francisco García Olmedo, catedrático de biología molecular vegetal, en su libro La tercera revolución verde. Creo que lo terminaré pronto, ya que es breve y la mar de ameno, y decididamente lo traeré al blog.


Y poco más, de momento. Espero ir retomando un ritmo aceptable de escritura y que mi presencia, para mal o para bien, se deje notar en los vuestros.

Un abrazo y, como siempre, ¡feliz lectura!