jueves, 21 de noviembre de 2013

Libros termómetro

Me ronda la cabeza desde hace mucho un tema que quería tratar en el blog (sí, en este espacio aletargado desde hace ya tanto tiempo en el que nos encontramos), y no es otro que el de los libros y las enfermedades. No libros sobre medicina, no, sino libros que nos acompañaron cuando la enfermedad se hace fuerte en nuestro interior y pasamos algunos días postrados en cama, sin muchas ganas de nada pero, ocasionalmente, con los libros brindándonos una compañía impagable. Por ejemplo, en mi memoria la lectura de Tarzán de los monos se asocia inmediatamente con mi infancia, durante unos días de inverno con mis amígdalas dándolo todo y fiebre elevada. 
Sin embargo, esta prolongada ausencia me ha dado una nueva perspectiva desde la que aproximarme a esta entrada. La del libro o, más exactamente, la de la lectura, como síntoma de la enfermedad, ya no del cuerpo, sino (si se me permite la licencia poética) del alma. Aunque en el pasado me había ocurrido en alguna ocasión que se me atragantaba alguna lectura, nunca me había sucedido como hasta este año. Desde mediados de julio hasta principios de noviembre no he sido capaz de acabar un libro con éxito. Empezaba alguno y lo abandonaba cuando llevaba leídas 20 o 30 páginas. Tomaba otro, e igual. Y así con todo tipo de lecturas y relecturas (pues probé de todo) que no conseguían engancharme, que me dejaban proseguir con mi errático deambular de (no) lector. El desinterés, la desgana, la dispersa actitud mental de tener mil cosas en la cabeza y no aprehender ninguna de ellas que viene dada, en buena parte, por un estado de desánimo provocado por muy diversos factores en los que no entraré ahora pero que, al menos alguno de ellos, me gustaría tocar en Andanzas de un Trotalomas, otro de mis abandonados de este año. 
Curiosamente, hace poco más de un mes pude charlar un rato con uno de los bibliotecarios de la Biblioteca Pública de Granada al que no veía desde hacía mucho. Además de alegrarme de volver a verle tras varios años (y es que, desde que vivo en Málaga, puedo ir mucho menos de lo que me gustaría por esa estupenda y nutridísima biblioteca), estuvimos charlando de la situación del país, ese gran tema de ascensor que ha venido a sustituir a la meteorología. Llevaba conmigo un libro sobre fabricación sostenible y otro de relatos de autores rusos, y me contaba este buen hombre que últimamente procuraba no ver las noticias y, cuando lo hacía, buscaba alguna cadena televisiva o emisora radiofónica que no fuese claramente «del Régimen». Además, me decía, ya no leía novela. Únicamente los relatos conseguían colarse en los intersticios de ese desánimo generalizado que nos invade a los que vemos mala salida de esta crisis de valores en la que estamos sumidos y de la que nadie parece acordarse para ponerle remedio. Justamente en los relatos pensaba yo para intentar combatir mi desidia lectora, aunque tuve que coincidir con él en que la elección de los autores rusos no era demasiado afortunada, por más que sus temas casasen a la perfección con nuestro estado anímico. 
Finalmente, hace un par de semanas, conseguí acabar un libro. Había recurrido a Vázquez Figueroa y a su novela breve El perro, cuya adaptación cinematográfica me gustó tanto cuando la vi de niño. Tras leerlo, he acabado con El amante bilingüe, cuya lectura tenía pendiente desde hacía tanto, con Fugitivo, una novela sobre el mundo del lobo y ahora ando embarcado (nunca mejor dicho) en la lectura de El lobo de mar, de Jack London y deambulando entre animales salvajes con Gerald Durrell. De todo ello os hablaré en una futura entrada, si seguís ahí después de tanto tiempo. 
Entretanto, contadme: ¿cómo os afecta el estado anímico en vuestro quehacer lector? ¿Habéis cambiado últimamente vuestros hábitos lectores? ¿Qué hacéis ahí, insensatos, si llevo meses sin escribir? 
Sea como fuere, muy buenas de nuevo y, como siempre, feliz lectura.

martes, 6 de agosto de 2013

Una lectura ligera

Algo tiene la época estival que invita a dedicarla al ocio, a tomarla con desenfado y con cierto gozoso toque de liviandad. Esta forma de aproximarse a ella alcanza a hábitos de todo tipo; desde irnos de vacaciones hasta dejar dormitar nuestro blog (esto último es algo que, mucho me temo, no puedo hacer más de lo que lo hago ya), desde salir a pasear tranquilamente por las tardes, cuando remite un poco el calor propio de la canícula, hasta ocupar nuestro tiempo en lecturas ligeras que nos permitan evadirnos durante estos días inusualmente prolongados. 

Retomo el blog, después de una eternidad sin escribir en él, para compartir con vosotros un par de recomendaciones literarias muy apropiadas, a mi parecer, para la época que acabo de describir. Son lecturas amenas, divertidas, que atrapan desde las primeras líneas y que, a mi humilde parecer, suponen un modo excelente de olvidar el calor tan digno como un gazpacho, una horchata o un refresco bien fríos. 

El primero de los libros es uno de los que tenía pendientes por reseñar desde hace… ¡un año! En efecto, fue una de mis lecturas del verano pasado y, cosas de la vida, no encontré el momento de traerlo al blog. Se trata de Ready Player One, de Ernest Cline, y ya os adelanto que se trata de un título que ningún geek amante de la cultura de los años 80 debería perderse. Ya el título evocará en más de uno recuerdos de su infancia o adolescencia: su sola lectura en la pantalla de una de aquellas máquinas recreativas o en el televisor al que conectábamos el ordenador de 8 bits de turno liberaba en nuestro cuerpo grandes cantidades de adrenalina, y es que debíamos mantener alerta todos los sentidos en cuanto nos sumergíamos en el fabuloso mundo repleto de aventuras y acción que nos esperaba tras presionar el botón del joystick. Nos encontramos ante una novela de ciencia ficción ambientada en un distópico siglo XXI en el que la gente prefiere deambular por el colorido universo virtual generado por el videojuego OASIS antes que por la deprimente realidad de un mundo colapsado por el crecimiento poblacional y la destrucción de los recursos naturales. 

El creador de OASIS fue un genio, pero el uso que las grandes corporaciones han dado al videojuego ha ido más allá de la simple diversión. Sin embargo, OASIS es un software que cuenta con su particular huevo de Pascua, y el premio para el que consiga descubrirlo será una inimaginable cantidad de dinero que podría cambiar para siempre el control que sobre OASIS ejercen las grandes empresas. Frente a ellas, Wade Watts, un simple jovencito aficionado a los videojuegos y digno estudioso de la cultura pop de los años 80: la música, el cine, las series de televisión y, por supuesto, los videojuegos de la época no guardan secretos para él. Cuando Watts descubre la entrada al huevo de Pascua no podrá imaginar hasta qué punto va a convertirse en el objetivo a abatir. 

Ready Player One es una novela que casi me atrevería a etiquetar como «juvenil» si no fuese porque para entender sus chistes y juegos, para contextualizar los datos que van apareciendo durante la acción, hay que haber vivido aquella época. No solo eso, hay que ser un verdadero friki que se divirtió jugando al «Gauntlet» o a los juegos de la Atari 2600, que decidió estudiar informática tras ver «Juegos de guerra» y que hoy puede tener treinta y tantos o cuarenta años. Las continuas referencias a la época no suponen, no obstante, un obstáculo para disfrutar de una novela repleta de aventuras y, en cualquier caso, aprovechar la ocasión para volver a ver, o hacerlo por vez primera, aquellas películas o, como fue mi caso, para instalar un emulador de Atari 2600 en el móvil y jugar nuevamente a aquellos videojuegos que, siendo tan simples en su concepción, estimularon tanto nuestra imaginación. 

Por último, diré de Ready Player One que me ha recordado poderosamente a la maltratada novela-río Otherland, de Tad Williams. Maltratada por Timun Mas, que la editó parcialmente en nuestro país, sin concluir la serie debido a las bajas ventas de la misma, una labor que solo años después Círculo de Lectores se dignó a concluir. Demasiado tarde para mí, he de confesar, que dejé su lectura en el tercer volumen, no porque no fuese una obra merecedora de ser leída, sino porque me resultó desesperante la forma errática en que fue editada. Precisamente ayer me encontré con una nueva novela de Tad editada en castellano (Las sucias calles del cielo) y ya acaricio el momento de poder leerla, ya que su saga de fantasía Añoranzas y pesares me gustó especialmente. Eso sí, cuando sea editada por completo la trilogía de la que constituye el primer volumen.

La siguiente lectura, que entretuvo mis tardes de rehabilitación de espalda hace un par de meses, es El abuelo que saltó por la ventana y se largó. La novela del sueco Jonas Jonasson es una de las más hilarantes que he encontrado jamás. Las aventuras de Allan, el vejete centenario que escapa de la residencia el día de su cumpleaños, hilvanan pasado y presente de un modo magistral. Así, si bien nos sorprendemos ante la aguda inteligencia y la templanza del abuelo sueco cuando este se hace con una maleta de millonario contenido, no podemos más que desternillarnos cuando vamos conociendo fragmentos de su pasado y comprendemos que cien años de vida, más aún en el tumultuoso siglo XX, dan para mucho. 

La historia, si bien no es nada original (un bueno despistado, amigos pintorescos que va encontrando por el camino, malos malísimos y la policía que no parece enterarse de nada hasta que va atando cabos) daría para el guión de una entretenida comedia cinematográfica. De hecho, su argumento y las risas que en mí ha desatado la historia, me han recordado la lectura de un clásico como Aventuras de un cadáver, de Robert L. Stevenson, otro de los libros que mi memoria guarda catalogados en la categoría de «risas y divertimiento sin fin». Pero los personajes tienen fuerza, y ni tan siquiera la sobria escritura sueca de Jonasson logra eclipsar el carisma de Allan y sus amigos, a los que llegamos a querer. 

Desde el momento en que vi la portada de El abuelo que saltó por la ventana y se largó pensé que tenía que leer ese libro. Sin embargo, solo lo comencé cuando Azote ortográfico me recomendó su lectura encarecidamente. Sus carcajadas continuas mientras leía el libro me dijeron más que sus palabras. Si finalmente decidís leerlo, dejad que vuestras risas inunden los blogs. 

Feliz verano y feliz lectura.

miércoles, 5 de junio de 2013

Día Mundial del Medio Ambiente

Feliz Día Mundial del Medio Ambiente y 115 aniversario del nacimiento de Lorca.


«Chopo muerto»

¡Chopo viejo!
Has caído
en el espejo
del remanso dormido,
abatiendo tu frente
ante el Poniente.
No fue el vendaval ronco
el que rompió tu tronco,
ni fue el hachazo grave
del leñador, que sabe
has de volver
a nacer.

Fue tu espíritu fuerte
el que llamó a la muerte,
al hallarse sin nidos, olvidado
de los chopos infantes del prado.
Fue que estabas sediento
de pensamiento,
y tu enorme cabeza centenaria,
solitaria,
escuchaba los lejanos
cantos de tus hermanos.

En tu cuerpo guardabas
las lavas
de tu pasión,
y en tu corazón,
el semen sin futuro de Pegaso.
La terrible simiente
de un amor inocente
por el sol de ocaso.

¡Qué amargura tan honda
para el paisaje,
el héroe de la fronda
sin ramaje!

Ya no serás la cuna
de la luna,
ni la mágica risa
de la brisa,
ni el bastón de un lucero
caballero.
No tornará la primavera
de tu vida,
ni verás la sementera
florecida.
Serás nidal de ranas
y de hormigas.
Tendrás por verdes canas
las ortigas,
y un día la corriente
llevará tu corteza
con tristeza.

¡Chopo viejo!
Has caído
en el espejo
del remanso dormido.
Yo te vi descender
en el atardecer
y escribo tu elegía,
que es la mía.

Federico García Lorca.

Y la fotografía del viejo árbol, vivo aún, protagonista de uno de los episodios más emblemáticos de la serie de televisión «El hombre y la Tierra», pertenece a mi querido amigo Javier y podéis encontrarla en su blog La naturaleza que nos queda.

jueves, 9 de mayo de 2013

La educación desmantelada

Hay ocasiones en las que todo se confabula para que uno se encuentre con un párrafo como el que sigue durante su última lectura. Un fragmento que me llamó poderosamente la atención en la víspera de la huelga convocada en nuestro país por la educación pública. Un recuerdo de lo que los padres ideológicos de los políticos que nos (des)gobiernan en estos días aciagos le hicieron a nuestro sistema educativo en el pasado y un adelanto de lo que puede esperarnos: la oportunidad para Eslava Galán de escribir un nuevo episodio de la desgraciada Historia de España de las últimas décadas.
El atroz desmoche, de Jaume Claret Miranda, demostraba que el franquismo no había infravalorado la universidad. Todo lo contrario; fue siempre muy consciente de su poder. Sus ideólogos entendieron perfectamente que en la tarea de aniquilar el germen republicano para siempre lo más importante era el complemento circunstancial. Para siempre. Y a ello se aplicaron con ahínco. La enconada persecución que sufrieron los profesores universitarios desafectos al Régimen no fue tanto una consecuencia del odio cuanto el resultado de un proyecto concebido con frialdad: la consolidación de un estado de anemia intelectual que sirviese de profilaxis ante el riesgo de futuras infecciones revolucionarias.
Este minucioso plan contó con la inestimable ayuda de los profesores más mediocres, que vieron en aquella sistemática aniquilación de la excelencia una oportunidad para ocupar cátedras, rectorados, decanatos y ministerios. La sinergia que se produjo entre los depuradores ideológicos y la chusma académica hizo que la universidad franquista fuera durante cuatro décadas una institución fantasma.
Los datos que presentaba Jaume Claret eran abrumadores. Decenas y decenas de brillantes trayectorias científicas truncadas por la envidia y la ignorancia violenta, catedráticos traicionados por algún discípulo resentido, excelentes profesores, investigadores de primera línea arruinados moral y económicamente por la envidia de algún oscuro colega.
A la luz de todas estas historias, relatadas en el libro con nombres y apellidos, se comprendía por qué la situación de la ciencia y de la universidad españolas era paupérrima. Nuestro raquitismo cultural, intelectual y científico no obedecía a un ciego y fatal designio del destino, sino al dictado consciente de quienes ganaron la guerra y a la incompetencia coadyutoria de los políticos que vinieron después.
Al perderse en los primeros años de la Transición la oportunidad de corregir drásticamente esta situación, los jóvenes políticos de la democracia facilitaron al franquismo una de sus últimas victorias: garantizaron que los efectos de ese atroz desmoche llevado a cabo por el Régimen en la universidad perdurarían durante siglos.
Antonio Orejudo, Un momento de descanso.
También podría haber titulado a la entrada de este fragmento como "Sobre cómo la lectura de un libro te lleva a la de otros", ya que estoy deseando hincarle el diente al ensayo de Claret Miranda. Ya os contaré mi impresión, así como el grato disfrute que he tenido con la lectura de Un momento de descanso.

martes, 9 de abril de 2013

Nos quedamos sin Sampedro

No me salen más que lágrimas, la garganta se me contrae y las únicas palabras que me vienen a la cabeza son suyas. Descanse en paz, querido maestro.

El viejo se despierta, como siempre, antes de amanecer. Allí se levantaría en seguida, para su ronda matinal: pisar la tierra húmeda todavía del relente nocturno, respirar aire recién nacido, ver ensancharse la aurora por el cielo, escuchar los pájaros... Allí sí, pero aquí...
[…]
El viejo se levanta, se pone el pantalón y pasa a la cocina. No enciende para no delatarse, le basta el difuso claror callejero. Abre el armario: en su despensa del pueblo le asaltaba una ráfaga de olores, cebolla y salami, aceite y ajos. Aquí, ninguno; todo son frascos, latas, cajas con etiquetas de colorines, algunas en inglés. Coge un paquete cuyo rótulo promete arroz, pero dentro aparecen unos granos huecos, medio tostados e insípidos.
En el frigorífico, el queso es un trozo amarillento, blando y sin sabor apenas; menos mal que puede mezclarlo con unos trocitos de cebolla encontrada en una caja hermética de plástico... El vino, toscano, y para colmo helado... Por todo pan, uno de fábrica: panetto... ¡Si al menos pudiera meter mano a una buena hogaza de verdad, del horno de Mario! ¡Qué sopas de leche!... Y eso negro en el cilindro transparente de ese chisme seguramente será café, pero ¿cómo se hace para calentarlo? Alarma súbita: un despertador en la alcoba. La casa se anima y aparece Renato dando en voz baja los buenos días. Acciona el aparato del café y saca otro artefacto del armario, lo enchufa y pone a tostar dos trozos cuadrados de panetto. Escapa al baño y se oye correr el agua. Aparece Andrea y exclama destempladamente:
-Pero, ¡papá! ¿Qué hace levantado tan temprano?
Sale sin esperar respuesta y tropieza en el pasillo con su marido, susurrándose palabras uno a otro. Se multiplican los ruidos: grifos abiertos, gorgoteo en sumideros, choquecitos de frascos, ronroneo de afeitadora, la ducha... Luego el matrimonio en la cocina, estorbándose ambos al prepararse los desayunos. El viejo acepta una taza de ese café aguado y pasa al baño a lavotearse. A poco entra Renato:
-¡Padre, que tenemos agua caliente central!
-No quiero agua caliente. No aviva.
Renuncia a explicar al hijo que la fría le habla de regatos en la montaña, olor a hoguera recién encendida, visión de cabras ramoneando unas matas aún blancas de la escarcha. Entre tanto, los hijos van y vienen cautelosos desde la alcoba a la cocina, vistiéndose mientras muerden las tostadas salidas del aparato.

La sonrisa etrusca, José Luis Sampedro.

domingo, 24 de marzo de 2013

Ese desconocido

Se cumplen hoy ciento ocho años del fallecimiento de Verne (Julio, en mis años mozos, y actualmente Jules, de un modo más acertado) y, aunque no siempre menciono en el blog este tipo de efemérides, sí que he considerado necesario recordar al ilustre francés en el día de hoy, cuando coinciden en el tiempo este aniversario y una de las lecturas que tengo entre manos actualmente: La isla de Bowen, un sentido homenaje a las novelas clásicas de aventuras, y muy especialmente a las de Jules Verne. 

“Soy el más desconocido de los hombres”. Así se definía Verne a sí mismo en sus últimos días, de un modo tan acertado como triste. A pesar de la relevancia mundial de su obra y del reconocimiento público a su figura, Verne se sentía un incomprendido, atrapado como estaba por una vida personal con la que no terminaba de estar satisfecho y preso de una vida profesional en la que, a su pesar, no había alcanzado algunas de las metas que había deseado con más vehemencia. Todavía hoy el escritor francés es víctima de los prejuicios y estereotipos que se construyeron en torno a él y, así, resulta frecuente encontrar su obra entre la literatura infantil y juvenil, y no tanto entre la de adulto. Si bien es cierto que el público hacia el que dirigió su editor Hetzel la colección «Viajes Extraordinarios» fue el juvenil, no lo es menos que la obra de Verne se lee con deleite de adulto y con una profundidad que escapa, en muchos casos, a esas primeras lecturas que tantos hemos disfrutado de jóvenes. 

Hay un par de libros que me gustaría recomendaros hoy. El primero de ellos lo leí hace más de veinte años y me fascinó. Me hice con él un Día del Libro, en un puesto que instalaron en el instituto, y su lectura me ofreció una visión mucho más amplia de un autor cuya vida ya había vislumbrado en las biografías que acompañaban, por ejemplo, a los títulos de la colección «Tus libros» de Anaya, todo un referente de buen hacer en aquella época. Estoy hablando de Julio Verne, ese desconocido, de Miguel Salabert, el que fuera traductor de tantas de sus obras al español. En esta obra, Salabert recorre la vida de Verne y gracias a él conoceremos la difícil relación con su estricto padre, Pierre, y su descocado hijo, Michel; su relación con el mar y la navegación, que después estaría presente siempre en su obra; sus inicios teatrales y el despertar de una vocación literaria que terminaría por constituir su modo de vida. Todo ello aderezado con referencias a sus obras, fragmentos de las mismas y reflexiones en torno a las decisiones que tomó Verne (o le fueron impuestas) a lo largo de su vida. 

El segundo título es Sueños de ciencia. Un viaje al centro de Jules Verne, de Jesús Navarro. Este libro fue publicado recientemente, con motivo del centenario de su muerte, y ofrece un merecido acercamiento a la obra del que podemos considerar uno de los mayores divulgadores de ciencia que hayan existido. Porque Verne, en gran parte gracias a las exigencias de su editor, ofreció a los lectores de su época unas obras repletas de vastas descripciones científicas: por sus libros se pasean, como una protagonista más, la física, la química, las matemáticas y, sobre todo, la geografía, la ciencia de moda del siglo XIX. Y aunque algunas de sus argumentaciones hayan podido quedar obsoletas con el paso del tiempo, lo cierto es que en su mayoría estuvieron tan bien fundamentadas que se llegarían a considerar premonitorias, dotando a Verne de un halo de visionario que, en ocasiones, le ha hecho más mal que bien. 

Personalmente, creo que aprovecharé el tirón de La isla de Bowen para releer algunas de las obras de Verne, leer alguna de sus obras menores que tenga pendientes, así como este par de interesantes ensayos sobre su vida y obra, una vez más. Lo último que leí suyo fue, por enésima vez, su obra más magnífica: La isla misteriosa. Una novela que me marcó poderosamente en mi infancia (la leí cuando tenía diez u once años, no más) y que he releído en varias ocasiones desde entonces sin que me deje indiferente en ninguna de ellas. 

Os invito, pues, a recuperar a Verne de la estantería. A acercaros a él con la mente abierta y dispuestos a asombraros una vez más con las aventuras de sus personajes y con la lírica de la ciencia. Porque no hay viaje más extraordinario que el propulsado por nuestra increíble mente, por su poderosa imaginación y por el afán de descubrimiento que nos caracteriza como especie. 

Por último, me gustaría compartir aquí un par de documentales producidos por la UNED: Julio Verne. Por los abismos de la imaginación y Julio Verne. La fascinación de la aventura.

¡Feliz lectura verniana!

jueves, 14 de febrero de 2013

Una de cal y una de arena

Hace solo unos días empezaba (y tal como lo hacía, acababa, pues es obra breve) la lectura de Lo que sé de los hombrecillos, la última novela publicada por Juan José Millás, un libro que había llamado mi atención tiempo atrás aunque, en aquel momento, había dejado pasar la oportunidad de leerlo. Aunque la historia fluye ante nuestros ojos con facilidad y Millás muestra en ella su preclara capacidad de llevarnos por los senderos más tortuosos de la mente humana sin que nos quede otra opción que acompañarle (más bien nos dejamos llevar por su acompasado y bien ajustado discurso), lo cierto es que al pasar la última página mi mente formuló una pregunta: «Bueno, ¿y qué?»

Lo cierto es que las aventuras y desventuras de un viejo profesor de economía prácticamente retirado de la docencia, que irá dejando de lado a su tercera esposa, profesora universitaria también, en aras de vivir unas experiencias de las que desean hacerle partícipe los pequeños hombrecillos a los que únicamente él es capaz de ver, me han dejado completamente indiferente. Lo que podría resultar a priori una interesante revisión de Los viajes de Gulliver, y Millás no pudo ser ajeno a esta forzosa comparación cuando hilvanó la historia, no deja de convertirse en compendio de un lujurioso abandono, de una onanista decadencia, de un sumergirse en lo más abismal y, por ende, oscuro, prohibido y abyecto de los anhelos humanos. 

Lo que sé de los hombrecillos al finalizar el libro es poco más de lo que conocía al empezar su lectura. Pero de Millás sí que sé que podría haber dado más de sí, y es que en cierto modo la lectura me ha recordado a algunas de las últimas novelas de Auster o Saramago que, puede que sobreprotegidas por sus hermanas mayores han visto la luz  prematuramente, forzadas quién sabe si por contratos editoriales o por una necesidad de publicar que no estuvo en esta ocasión acompañada por la autoexigencia a la que habitualmente nos han tenido acostumbrados estos autores. 

Cuando terminé la lectura pensé escribir una entrada titulada, justamente, «Bueno, ¿y qué?», pero finalmente me decidí a esperar, ya que precisamente unos días después iba a reencontrarme con Millás y su obra, y algo me decía que en esta ocasión el encuentro no iba a resultar tan desafortunado. Fue la pasada semana, precisamente, cuando Azote y este vuestro servidor nos dirigimos al teatro a disfrutar de la representación de La lengua madre, una obra de teatro inspirada en la conferencia Las palabras que se nos ofrece así remozada y adaptada a este nuevo formato tanto por el propio Millás como por el grandísimo actor Juan Diego. 

En La lengua madre, Diego se nos presenta como un conferenciante algo despistado, enamorado de la lengua, que reflexiona y divaga maravillosamente entre el mundo casi onírico, inmaterial, de las palabras, y el tangible que las representa. “El orden alfabético es el único que no se han atrevido a alterar”, declama nuestro conferenciante, preocupado porque a nuestros pies caen el orden social, el político, el moral… ¿Cómo comienzan las catástrofes?, se pregunta, y las palabras se encadenan, nos llevan de la risa al llanto una y otra vez en apenas hora y cuarto, se arrebozan tras símiles imposibles, en un liberalismo que roba toda libertad, en eufemismos como la desregularización que nos venden los mercados (el padre de todos los eufemismos, ese monstruo sin ojos que a su vez nos ha cegado) y que no es más que la privatización de lo “público” (¡ja!) que buscan tantos políticos. 


Nuestro conferenciante, el viejo profesor de literatura que viaja de su infancia a estos días aciagos que nos ha tocado vivir, no necesita asomarse a la ventana para ver la que está cayendo. Porque, como dice Emilio Hernández, el director de la obra, 
Por eso nuestro hombre en vez de abrir la ventana abre el diccionario, porque allí se siente como en el útero materno, seguro de no encontrarse con un test de estrés, una hipoteca subprime, un cashflow o una prima de riesgo, todo ese lenguaje inventado por los que dominan el mundo para acomplejarnos, y que nos ha dejado huérfanos de la lengua madre que tan ricamente nos alimentaba de su teta y nos daba tanta seguridad. 
Si tenéis oportunidad de verla, no dejéis de hacerlo. Os va a hacer reír y llorar, os va a traer miles de recuerdos de vuestra vida lectora, os va a hacer olvidar la triste realidad que vivimos y os la va a presentar con toda crudeza, porque nos están robando todo, hasta el significado de las palabras. ¿Os imagináis vivir en un mundo donde “madre” sea una palabra huera? ¿Que la hayan vaciado de significado? 
Las palabras que son el único tesoro que es patrimonio de todos porque lo hemos construido entre todos. Y eso significa que todos y cada uno de nosotros somos coautores, por ejemplo, de El Quijote. Aunque también de los discursos de Nochebuena del Rey. Vaya una cosa por la otra.

Notas: 
La fotografía de la obra pertenece a esta página de El Mundo y es propiedad de sus autores.
La conferencia de Millás puede verse en YouTube: parte 1, parte 2, parte 3.