Afirma García Montero en su última novela que las tardes de verano son de los niños; que, mientras los padres duermen una merecida siesta, los infantes dedican su tiempo a explorar los alrededores de la casa o del lugar de veraneo, o bien de un extraño peñasco que se yergue en pleno centro de una remota selva virgen, esto último gracias a las páginas de un libro. En definitiva, ocupan sus soledades, cada cual la que le tocó vivir, de la mejor forma que pueden.
En verano y a la hora de la siesta, los lugares sólo pertenecen a los niños. Yo he vagado mucho por el corral, por el almacén de la tienda, por los olivos, por las esquinas y los campos solitarios mientras mis padres dormían la siesta. Otros niños se acercan a los muelles, saltan por las rocas del espigón, espían las bibliotecas de sus casas o las salas de máquinas y los camarotes de los barcos. Cada soledad depende de las condiciones de su mundo.
Si me retrotraigo a mi (cada vez más lejana) infancia, encuentro diversas formas de ocupar ese tiempo que nunca me gustó dilapidar en tierras de Morfeo. Antes bien, lo dedicaba a coger la bicicleta y darme un paseo por las choperas de la Vega, a espiar las desiertas calles donde el sol cegador imprimía en nuestra retina, como si de una fotografía quemada se tratase, calles en las que el calor dibujaba vibrantes espejismos de agua corriente. Por la refracción del aire, sí; no tardaría en buscar explicación a tan curioso fenómeno por el amor que profesaba a la ciencia.
De cualquier forma, lo más habitual es que intentase escapar al calor sumiéndome en la gustosa penumbra de una persiana bajada, de una cortina corrida, de un libro abierto. Pocas veces eran lecturas profundas
; no está hecho el verano de Andalucía para leer a Dostoievski:
Y cuanto agoté las fichas, en espera de nuevos encargos, me encerré en los laberintos psicológicos de Dostoievski. ¿No es una novela más propia del invierno?, preguntó Vicente. Yo intenté ponerme pedante pero me dio la risa. Se trataba de una buena ocurrencia. Sí, tenía razón, Dostoievski era una lectura demasiado fuerte para el calor del verano y para un reloj que parecía una oveja ahogada en una poza.
Recuerdo con especial cariño los cómics (que por aquél entonces seguíamos llamando tebeos) de Mortadelo y Filemón, de Zipi y Zape, de Superlópez y, muy especialmente, de mi querido Agamenón.
También Drácula, Guillermo Brown y sus travesuras, las aventuras de los Mumin, de Jim Botón y Lucas, el maquinista o los misterios de Alfred Hitchcock y los tres investigadores acompañaron aquellas tardes eternas. Todo con tal de combatir el calor y, sobre todo, el aburrimiento de unos días interminables. Ay, el aburrimiento, ¿será un bendito patrimonio de la infancia? Con los años así lo parece.
Llegarían Verne, Dumas y Salgari, como lo hicieron las novelitas «de a duro» que leía mi abuelo y que empecé a devorar también, aunque me gustaban más las de terror y las de ciencia ficción frente a las suyas, del oeste. Con la ciencia ficción vendrían Asimov y sus incomparables libros de relatos. Cuando empezaba a refrescar (o lo que nosotros entendíamos por eso) y uno podía salir a la puerta de la calle para sentarse en el escalón de la entrada o en una silla, me encanta adentrarme en sus libros de divulgación científica. Guardo con especial cariño su Introducción a la ciencia en dos volúmenes editado por Orbis dentro de la colección «Muy Interesante. Biblioteca de divulgación científica».
Ahora, mientras el tac, tac, tac, tac, ¡ding! de la máquina de escribir acompaña (no me atrevo a decir que musicalmente) la escritura de este borrador, su sonido me
traslada a aquellos tiempos en los que también ocupaba mi tiempo escribiendo historias de misterio o de aventuras, posiblemente absurdas y que juiciosamente el tiempo ha sumido en el olvido. Me recuerda quién soy, en qué ocupaba aquel gozoso e irrecuperable tiempo de la infancia, aun con todos mis demonios y mis sueños. Y me invita a no descarrilar, a reencontrarme conmigo mismo y con este blog al que di vida un día y que vuelve a la misma, en sazón, con prometeica voluntad.
¿Pensáis que existe cierta estacionalidad en la lectura? ¿Qué suponen para vosotros las lecturas veraniegas?






