lunes, 29 de noviembre de 2010

Un mundo que agoniza

Hace unos días me llegaba a casa el último volumen de las obras completas de Miguel Delibes y lo recibía con una mezcla de ilusión y de cierta tristeza. Finalizaba la colección que había comenzado cuatro años atrás, con el autor en vida, en el año de su defunción. Tal vez contribuía a ello la climatología adversa, que se ha mantenido a lo largo del fin de semana y el comienzo de esta otra que hoy se inicia, pero lo cierto es que cuando puse en el reproductor el audiolibro que me regalaron con este último ejemplar de sus obras no pude más que emocionarme. Se trataba de Un mundo que agoniza, transcripción del discurso de ingreso en la Real Academia Española de uno de los autores que posiblemente más me haya marcado y cuya voz, esta vez emitida por sus propias cuerdas vocales a la par que por su infalible pluma, me trajo el recuerdo de la primera vez que leí esta obra suya que me parece, hoy día, tan actual como hace treinta y cinco años, cuando fuese escrita; tan imperecedera –lamentablemente, en este caso- como el resto de sus textos.


A través de Un mundo que agoniza (o El sentido del progreso desde mi obra, como titulase el discurso) nos introduce Delibes en su visión de la Naturaleza y la interacción del hombre con esta, plasmada a lo largo de toda su obra escrita, una relación no exenta de desequilibrio y peligro por cuanto las acciones del hombre sobre su entorno tornan, las más de las veces, en su contra con el transcurrir del tiempo. A lo largo de sus treinta y dos páginas, don Miguel nos lleva de la mano a conocer a tantos científicos y autores imprescindibles para conocer y afrontar una crisis ecológica sin precedentes como la que se hiciera patente a mediados del pasado siglo XX: Barry Commoner, Rachel Carson, André Gorz (también conocido por su seudónimo Michel Bosquet) hacen acto de presencia para ilustrar algunos de los ejemplos que nos trae el autor sobre los daños provocados por el mal uso de la técnica y la ciencia en pro de alcanzar un progreso erróneamente concebido.

Las palabras, que en voz de políticos y grandes corporaciones resultan hueras y pierden su significado, deseaba Delibes oírlas en voz del pueblo. En 2009 disculparía así su ausencia durante la presentación de la Nueva Gramática por parte de la RAE:
Queridos amigos. Lamento no poder asistir a la presentación de la Nueva Gramática, pero mi salud —no tan boyante como yo desearía— y los años me lo impiden. Sin embargo, me siento orgulloso del trabajo ímprobo de mis compañeros y de que tantos de los textos de mis obras figuren como ejemplo del habla de Castilla, la que yo aprendí de niño, la que oí más tarde, perfeccionada, de la boca desdentada de los viejos castellanos en las plazuelas de nuestros pueblos. Mi mayor deseo sería que esta Gramática fuera definitiva, que llegara al pueblo, que se fundiera con él, ya que, en definitiva, el pueblo es el verdadero dueño de la lengua.
Unas palabras plenas de sentido a las que un pueblo dota de significado, palabras que designan aquello que quieren decir y no encubren lo que no se desea mostrar. Vemos, así, algo que siempre intuimos; que su obra, de tan local, es plenamente universal. Así nos lo demuestra (y conste que me encantó comprobarlo una vez más) nuestro amigo R., que ha disfrutado recientemente con la lectura de El Camino y de Cinco horas con Mario. La Castilla delibeana, al igual que le ocurre a la Comala de Juan Rulfo, sin pertenecer al reino de la imaginación como Yoknapatawpha o Macondo, es tan universal como todas ellas. El hombre y la Tierra, ambos dos, como insistiese desde el propio título de su más conocida serie de televisión el Dr. Félix Rodríguez de la Fuente, amigo de Miguel Delibes, habrán de ser juntos o no seremos:
El Barbas, como el resto de mis personajes, buscan asideros estables y creen encontrarlos en la Naturaleza. El viejo Isidoro regresa de América con la ilusión obsesiva de encontrar su pueblo como lo dejó. A su modo, intuye que el verdadero progresismo ante la Naturaleza, como dice Aquilino Duque, es el conservadurismo. En rigor una constante de mis personajes urbanos es el retorno al origen, a las raíces, particularmente en momentos de crisis: Pedro, protagonista de La sombra del ciprés, refugia en el mar su misoginia; Sebastián, de Aún es de día, escapa al campo para ordenar sus reflexiones; Sisi, el hijo de Cecilio Rubes, descubre en la Naturaleza el sentido de la vida; a la Desi, la criada analfabeta de La Hoja Roja, la persigue su infancia rural como la propia sombra.
Desgraciadamente, apuntaba más arriba, esta obra de Delibes es tan universal y vigente como el resto de sus libros. Y escribo en este tono negativo porque mucho ha cambiado en el mundo desde que se dirigiese al resto de académicos con su discurso y a la sociedad desde sus libros y lo poco que lo ha hecho a mejor. Hoy día la sociedad, en su más amplio sentido, sigue perdida en el consumo
Es la civilización del consumo en estado puro, de la incesante renovación de los objetos -en buena parte, innecesarios- y, en consecuencia, del desperdicio. Y no se piense que este pecado -grave sin duda- es exclusivo del mundo occidental puesto que, si mal no recuerdo, Kruschev declaraba en sus horas altas de 1955 que la meta soviética era alcanzar cuanto antes el nivel de consumo americano. El primer ministro ruso venía a reconocer así que si el delirio consumista no había llegado a la URSS no era porque no quisiera sino porque no podía. Sus aspiraciones eran las mismas.
Por eso hay días en los que uno se siente solitario a su pesar y hace suya la letra de un conocido fandango ya que “entre más pasan los años más me aparto del rebaño porque no sé adónde va”.
Mis personajes hablan poco, es cierto, son más contemplativos que locuaces, pero antes que como recurso para conservar su individualismo, como dice Buckley es por escepticismo, porque han comprendido que a fuerza de degradar el lenguaje lo hemos inutilizado para entendernos. De ahí que el Ratero se exprese por monosílabos; Menchu en un monólogo interminable, absolutamente vacío; y Jacinto San José trata de inventar un idioma que lo eleve sobre la mediocridad circundante y evite su aislamiento.
Mis personajes no son, pues, asociales, insociables ni insolidarios, sino solitarios a su pesar. Ellos declinan un progreso mecanizado y frío, es cierto, pero, simultáneamente, este progreso los rechaza a ellos, porque un progreso competitivo, donde impera la ley del más fuerte, dejará ineludiblemente en la cuneta a los viejos, los analfabetos, los tarados y los débiles.

viernes, 26 de noviembre de 2010

La banda sonora de mis lecturas

Hace unos meses, leyendo un comentario de Fulgida a tenor de una entrada en la que hacían acto de presencia los queridos bolsilibros, se me ocurría el tema para otra que se ha ido demorando en el tiempo hasta el día de hoy.

Últimamente me ocurre bastante, y es algo a lo que quiero poner remedio, que se me acumulan las entradas, se retrasan, otras se anteponen a aquellas y, al final, terminan por quedar olvidadas en su propia lista particular de “pendientes de escribir”. No soy el único al que le ocurre pero no por ello me consuelo al notar que el blog pierde algo de su fuelle inicial, tal vez por encontrarme escindido entre varios amores. En ocasiones he pensado unirlos en uno solo, máxime cuando las temáticas entrambos se acercan tanto como ocurre de cuando en cuando, pero no sé si sería diversificar demasiado y contribuir a aburrir al lector. En otras, prefiero tenerlos separados, aunque ocurran estas injerencias entre ellos, casi inevitables si tenemos en cuenta la común autoría de ambos. Toda esta digresión, que sería extrapolable a mis otros blogs, no tiene otro fin que recalcar que echo de menos poder dedicar más tiempo al blog y que espero, aunque sea imponiéndome una férrea rutina, poder hacerlo en breve.

Volviendo al tema que nos ocupaba, que no era otro que la entrada que me vino a la mente el verano pasado al encontrarme con el comentario de Fulgida, quería hablar hoy sobre la banda sonora de nuestras lecturas. Este pensamiento me asaltó cuando leí que “Yo soy una amante de la paraliteratura, como tú bien sabes y creo que La saga de los Aznar es una joya. Hay que leerla con ambiente de siesta y grillos de fondo y no perder de vista lo que es, claro: entretenimiento puro.” Cada cual lee como puede o buenamente le dejan hacerlo, y la verdad es que aunque en múltiples ocasiones gusto de leer en completo silencio, en otras permito que la música acompañe el devenir de las palabras. Hay músicas que me parecen de lo más adecuadas para un determinado texto y otras que, sin buscarlo, quedan vinculadas por siempre al mismo. Otras meramente ocultan el ruido de fondo o imprimen su ritmo a la lectura y me acompañan simplemente porque no concibo la vida sin música. Casi tan poco como sin los libros.

Así, con la estridulación de los grillos y el canto de las cigarras mediante, recordé otras músicas que acompañaron a lo largo del tiempo mis lecturas y pensé en escribir sobre ello. Una entrada como esta ha de ser forzosamente personal. Cada cual tiene sus gustos musicales y sus preferencias lectoras y con estas palabras mías simplemente busco hacer vuestra mi experiencia a este respecto y permitirme vislumbrar, sí así gustáis, la vuestra. Empecemos pues un recorrido autoimpuestamente por la banda sonora de mis lecturas.


Uno de los recuerdos que guardo de mi época de última niñez y adolescencia es el de leer junto a un transistor de radio AM en el que sintonizaba algunos programas de los que se emitían en esas frecuencias, ya escasos en su día y, años más tarde, con mi primer “walkman” clónico, leer infinidad de libros sintonizando Radio Clásica. Durante la lectura de La isla misteriosa, de Julio Verne (su obra más querida para mí), repetí tantas veces la escucha de cintas con música de Mozart, Vivaldi o Bach, por no hablar de Verdi, cuyos “Va pensiero”, de Nabucco, o Il Trovatore durante años, cada vez que los escuchaba, despertaron el recuerdo de las aventuras del ingeniero Ciro Smith (en la traducción editada por Molino, posteriormente siempre le encontraría como Cyrus) y sus compañeros en una isla que -arriesgaré, sin más conocimiento de causa que lo oído sobre ella- nada tiene que envidiar a la de la archiconocida serie “Lost” en lo tocante a los misterios que albergaba.


Años después, leyendo la saga de Tad Williams, Añoranzas y pesares, era la música de Metallica en su disco “…And justice for all” la que terminé por vincular a la serie de novelas de fantasía del autor. Las andanzas de Simon, el marmitón, junto a Binabik y su loba Qantaqa fueron amenizadas por los imparables riffs de guitarra del señor Hammett en multitud de ocasiones.

No siempre la música que he escuchado ha estado tan desligada del libro elegido. Así, en alguna relectura de El nombre de la rosa han sido cantos gregorianos los elegidos como fondo musical, y ante otras obras he optado por música acorde a la ambientación del libro: Paradise Lost, My Dying Bride o Moonspell han sido compañeros de Lovecraft o Poe, Theatre of Tragedy, Mediaeval Baebes o Nightwish de infinidad de gestas épicas como Canción de Hielo y Fuego. Respecto a esta última saga tengo una canción que ha quedado vinculada a ella irremediablemente. “My fragile Winter dream”, de Dark Princess, me recuerda a Invernalia y el Muro de Hielo siempre que la escucho.


Para otros autores, con Murakami o Paul Auster, guardo momentos jazzísticos memorables, y no es rara la ocasión en que tras leer en alguna de sus obras una referencia a cierta canción o artista hago lo posible por encontrar la obra y escucharla. En particular con Tokio Blues recuperé en varias ocasiones la melancólica “Norwegian Wood” de The Beatles.

La lista es tan innumerable como personal y es por eso que no quiero aburriros con una relación de títulos. Sin embargo, sí que me gustaría saber si tenéis alguna banda sonora de vuestras lecturas, si alguna música os recuerda a un personaje o alguna historia. Si, cuando releéis un libro determinado resuena en vuestro cerebro la música que acompañó alguna de sus lecturas previas. Si música y literatura se funden como dos artes compatibles que resultan mutuamente enriquecidas.



Feliz fin de semana.

martes, 16 de noviembre de 2010

El año que mi abuelo vio llover

Me hice con este libro de Tomás Molina casi por casualidad. Buscando obras de diversa temática, comencé a indagar en algunas guías y obras sobre meteorología y topé de pleno con el curioso título con el que el autor bautizó esta obra divulgativa sobre el cambio climático: El año que mi abuelo vio llover. Su precio, notablemente por debajo del de mercado, me terminó de convencer y lo agregué al pedido. Afortunadamente, podría añadir. Este libro es uno de los más amenos, concisos e interesantes que he leído en torno al cambio climático. Tomás Molina, el “hombre del tiempo” de TV3, presidente de la Climate Broadcaster Network-Europe, hace gala de sus capacidades comunicativas presentándonos un cuadro nada halagüeño sin mostrar una visión tremendista o apocalíptica de la situación.

El cambio climático (de origen antropocéntrico, se entiende) existe, está presente en nuestra vida, y ha llegado para quedarse. Partiendo de esta premisa y de que las condiciones que han propiciado que el clima se vea alterado por la actividad del hombre sobre el planeta siguen actuando, en algunos casos a mayor escala conforme transcurre el tiempo, Tomás Molina plantea antes que luchar contra el mismo (algo que tarde o temprano deberemos hacer de cualquier modo) la necesidad de adaptarnos al mismo. La visión de Molina, adelanto, no tiene porqué coincidir con la de un activista medioambiental ni con la de un escéptico del cambio. Su forma de ver la situación está directamente relacionada con su papel de científico y con los informes emitidos por el IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change, o Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático), el equipo de científicos más reputado sobre el tema que nos ocupa, y por eso me parece particularmente interesante: admite sus limitaciones, ya que un libro que trata sobre los cambios que puede imponer el cambio climático sobre nuestra forma de vida deberá abarcar planos tan diversos como el social, político, medioambiental o el económico, pero a la vez avanza posibles soluciones que, como científico y ciudadano, ve posibles en el plano personal, social y comunitario. Es decir, se impone pensar globalmente y actuar localmente (y, diría, a todos los niveles) más que nunca.
En el momento en que empecemos a interiorizar que están pasando cosas, y nos adaptemos, estaremos empezando a arreglar las cosas para el futuro.
[…]
El reto de salvar al planeta es demasiado grande e inconcreto para que lo asumamos todos. Yo tampoco sabría por dónde empezar. En cambio, sí que entiendo que, si me preparo para tener agua propia, si hay restricciones, no me veré tan mal parado. Si me caliento el agua con energía solar, si suben la luz, no tendré que pagar más. Si me compro un coche que gaste menos, si suben la gasolina, lo notaré menos. Soluciones concretas a problemas concretos.
[…]
Si se quiere cambiar algo, más que gritar, uno tiene que involucrarse e intentar cambiarlo desde dentro.
Uno de los aspectos más interesantes del libro, además de que hace hincapié en las consecuencias que tendrá la correcta adaptación o no al cambio climático en el ámbito de España, es que dibuja ante nosotros diversos panoramas que se ajustan a los distintos modelos usados para la predicción del clima (y que previamente son “ajustados” con el clima del pasado). Tenemos ante nosotros, por tanto, elementos de juicio para estimar qué ocurrirá con el planeta en los casos mejor, peor y promedio; y aunque existan posibles variaciones debidas a los márgenes de error que existen en cualquier cálculo, lo cierto es que los resultados invitan a la reflexión.

La lectura de este libro me ha recordado, además, que tengo pendientes un par de reseñas sobre sendos documentales a favor y en contra de la existencia del cambio climático de origen antropocéntrico, ambos con sus luces y con sus sombras, que publicaré en Andanzas de un trotalomas. Adelanto, de cualquier moda, que al igual que Tomás Molina, más que debatir sobre algo que comienza a hacerse cada vez más tangible en nuestra vida cotidiana y que, independientemente de su origen, está siendo verificado por los científicos a fecha de hoy, hay que saber vislumbrar las oportunidades de cambio y usar la inteligencia, como dice el autor, para que este cambio no nos alcance desprevenidos y sin posibilidad de adaptarnos al mismo.

viernes, 29 de octubre de 2010

Batiburrillo


Durante los últimos tiempos se me acumulan las entradas y me vienen a la cabeza muchas ideas que no termino por plasmar en una de ellas porque, aunque me apetece comentarlo por aquí, no terminan de tener la entidad suficiente como para constituir una entrada por sí mismas o porque estimé no hacerlo al considerar que serían comentados en otros blogs y no aportaría, en ese momento al menos, ningún valor (sirva de ejemplo la noticia del Nobel a Vargas Llosa, que descarté con alegría al ver que nuestro amigo R., de Fenixcidio, había roto su silencio ante tan grato acontecimiento).

Las últimas semanas se han prodigado en noticias de temática literaria. Así, aunque el Planeta no es un premio que personalmente valore demasiado (por parecerme sometido por completo a la vertiente editora mercantilista que mencionaba en la última entrada), lo cierto es que me alegró que el galardonado de este año fuese Eduardo Mendoza con su novela Riña de Gatos. Madrid 1936.

También me alegró oír hace unos días que Manuel Rivas publicaba nuevo libro; Todo es silencio narrará el mundo del narcotráfico en Galicia (que no será Galicia sino Brétema), desde el contrabando de tabaco hasta los grandes narcos de la cocaína, con esa prosa elegante y fluida a la que nos tiene acostumbrados (y enamorados, en mi caso particular) el autor. Una novela definida por él como “esperpento de serie negra” que ya estoy deseando leer.

Por si fuera poco, estoy esperando a que Círculo de Lectores ponga a la venta uno de los libros que han publicado dentro de Galaxia Gutenberg; Desde los bosques nevados, una compilación de ensayos de Juan Eduardo Zúñiga, uno de los máximos especialistas en lenguas eslavas y literatura rusa de España, sobre, precisamente, autores rusos. Además, escucho en la radio que se prepara una colección de clásicos de dicha nacionalidad por parte de El Aleph y Mario Muchnik con nuevas traducciones de las obras originales. Definitivamente, quieren hundir mi economía. Menos mal que la lista del Plan Infinito crece pero la de los libros que tengo en casa pendientes de leer también, así que seré sensato y daré buena cuenta, por ejemplo, de Vida y Destino, de Vasili Grossman, que tengo desde su primera edición y que ha estado esperando a que llegase un buen momento para emprender su lectura (que he postergado unos tres años, tras comenzar a leerlo, encantarme el primer capítulo y tener que dejarlo por embarcarnos en la tercera mudanza en dos años: simplemente es imperdonable).

Por si fuera poco, Umberto Eco publica también una nueva novela. Otra que sumar al Plan Infinito con prioridad alta (me encanta el autor y precisamente le escogí para dar inicio a esta andadura de Homo libris hace casi dos años) y que he descubierto al ponerme al día con El blog de Lahierbaroja, a quien además debo agradecer (más vale tarde que nunca, esta era una de las entradas pendientes y que debía escribir) el premio que me concedió como "Blog de Oro".Todo un honor que le agradezco desde aquí.


A todo lo anterior habría que sumar una serie de artículos que me han interesado bastante y que me gustaría compartir aquí. “Derechos digitales. Por qué los libros del futuro pueden quitarnos los derechos del pasado”es un artículo publicado en la revista digital Hermano Cerdo que vinculé en uno de los comentarios que hice a la entrada sobre Editores pero que corre el riesgo de quedar olvidado allí. “La era digital salva la pequeña librería” lo descubrí a través del Twitter de Alienor (cuando me di cuenta de que me había escrito, ya que el mío propio lo uso de momento poco) y me ha gustado mucho. También descubrí que uno de los libreros malagueños cuyas librerías tengo más presentes (por tener, entre otros, los libros pertenecientes a las asignaturas de diversas carreras de la UNED) es, además de un enamorado de los libros, uno de los ponentes de un curso sobre la traída y llevada “sostenibilidad” al que asistiré dentro de un par de semanas. Sus artículos “De librero a librero: ese paraíso de letra y papel. (Homenaje a polillas y demás seres pequeños que andan entre libros)” y “El libro de papel ha muerto, ¡viva el libro de papel!” creo que os gustarán.

Y, de momento, nada más. Seguro que algo me dejo en el tintero, pero ya habrá tiempo para relatarlo. Me despido deseándoos un feliz (y prolongado) fin de semana de Samhain (de Todos los Santos/Fieles Difuntos, Día de los Muertos, Halloween o lo que cada cual desee celebrar) y, por supuesto, una grata lectura.

viernes, 22 de octubre de 2010

Editores

Desde hace tiempo se me acumulan las entradas por escribir casi al mismo ritmo que los libros pendientes de leer. Una que tenía en mente meses atrás y que he recordado recientemente, por partida doble además, gracias a la última entrada de Alienor en La isla de Calipso y la lectura de un artículo del último número de la revista gratuita Mercurio (dedicado a la ciencia ficción y que os recomiendo leer si podéis haceros con ella, ya que suele estar disponible en bibliotecas públicas y en algunas librerías, o bien a través de la edición de su sitio web, desde donde es posible descargarla en formato PDF), quería dedicarla al papel que juegan los editores sobre las publicaciones y el resultado final de los libros que leemos. La lectura hace nuestra, como lectores, la historia de los libros que escribió un autor, sí. ¿Pero hasta qué punto es el libro también del editor? ¿Hasta dónde llegan sus funciones y a partir de qué momento se estarían extralimitando en su función? En palabras de los propios protagonistas:
Editar es, dentro de cada registro, de cada categoría, de cada tipo de libro que se escoja, un acto de selección, de búsqueda de lo valioso, de separación del polvo de la paja, de respeto al tiempo y la inteligencia del posible lector.
Jordi Nadal y Paco García, Libros o velocidad.
La función de un editor es poner en contacto gente que tiene algo que decir con gente que quiere escuchar.
José Manuel Lara Bosch, Conversaciones con editores en primera persona.
Ser editor más que un oficio es una astucia, que había que reivindicar como una determinada tradición artesanal que guarda una relación muy estrecha con la esencia misma de lo que se podría llamar creación.
Alejandro Sierra, Memoria de 15 encuentros sobre la edición.
Un editor, por tanto, interviene como un puente entre autor y lector (algo que se ha venido diluyendo cada vez más con el avance de las NTIC) que, además, hace una apuesta cada vez que decide publicar la obra de un autor, ya que además de poder estar apasionado en un grado mayor o menor por los libros es, no lo olvidemos un empresario.

Existen numerosos ejemplos de editores que se arriesgan publicando obras cuya posible repercusión entre los lectores resulta dudosa, que van más allá de lo meramente comercial o de lo que saben que se venderá con facilidad. También los hay que han mostrado una incomprensible ceguera ante obras que el tiempo se ha encargado de colocar en el lugar de honor en el que siempre les correspondió estar.

Así, son conocidos los casos como el de George Orwell , que intentó publicar Rebelión en la granja enviándolo al Dial Press de Nueva York desde donde le respondieron que las historias de animales no tenían buena acogida en Estados Unidos, tras lo cual hizo llegar una copia a la oficina de T. S. Eliot, que además de conocido suyo era conservador político, pero que tal vez no quiso arriesgarse a respaldar la obra dada la alianza existente entre Inglaterra y Rusia en aquel entonces. Para más inri, un agente del Ministerio de Información británico se encargó de advertir a algunos editores, por lo que fueron rechazando la novela sistemáticamente hasta que una pequeña empresa, Secker & Warburg, se hizo cargo de la obra haciendo una tirada limitada de la misma para fortuna del autor (no económica, ya que recibió 45 libras por ella) que se había planteado incluso publicar el libro por su cuenta junto a un amigo.

Flaubert sufrió también a su editor, Charpentier, cuando tras un segundo año prometiéndole la publicación de una edición especial de La leyenda de San Julián el hospitalario, este prefirió sacar a la luz un texto más comercial de otra autora. La ira del buen Gustave tuvo que ser apaciguada por un amigo que le hizo ver que en tanto esta obra menor acabaría olvidada la suya seria inmortal. En otra ocasión la desventura del autor vino de la mano de la del editor, ya que la publicación de Madame Bovary fue recibida con acusaciones de inmoralidad que les llevaron ante los tribunales donde, afortunadamente, resultaron absueltos.

Más dramático fue el fin de Kennedy Toole, que se suicidó a los 31 años sin llegar a ver publicada su novela La conjura de los necios tras recibir la negativa de múltiples editores y cuya madre, convencida de la valía de la misma, consiguió que fuese publicada tras lo cual, como es bien sabido, recibió el Premio Pulitzer en 1981.

Otros casos paradigmáticos de relaciones entre editores y autores son, por ejemplo, el de Hetzel y Julio Verne, donde aquel instó al visionario escritor a que sus Viajes Extraordinarios fuesen libros destinados a jóvenes lectores en los que se enriqueciese el espíritu científico. Aunque las vicisitudes por las que tuvo que pasar Verne a lo largo de su vida dieron lugar a que pudieran distinguirse varias etapas en el conjunto de su obra, pasando de la ilusionante visión del progreso proporcionado por la ciencia y la técnica al pesimismo por el mal uso y abuso que el hombre hace de aquellas, lo cierto es que la idea de Hetzel estuvo siempre presente:
Viajes extraordinarios por los mundos conocidos y desconocidos. Su finalidad es (...) resumir todos los conocimientos geográficos, geológicos, físicos y astronómicos acumulados por la ciencia moderna y rehacer, bajo la atractiva forma que le es propia, la historia del Universo.
Pierre-Jules Hetzel, en la introducción a Las aventuras del capitán Hatteras.
Otro autor que siguió los consejos que insistentemente le hacía su editor (W. E. Henley) fue H.G. Wells, que dejó la escritura de obras de ciencia ficción por la de otras más “serias” que le harían ocupar, esperaban ellos, un lugar eminente en la literatura de todos los tiempos. Lamentablemente terminaron por ser sus obras menos conocidas -Ann Verónica, El destino del Homo sapiens, La conspiración abierta y un extenso etcétera- dejándonos sin embargo un recuerdo imperecedero con verdaderos clásicos como La guerra de los mundos, El hombre invisible o La máquina del tiempo.

Por último, y abreviando puesto que la relación de casos particulares es tan extensa como la historia de la figura del editor dentro de la literatura, me gustaría recordar a otros autores que, desde su obligada posición de mercenarios de la escritura, se dedicaron a publicar obras forzadamente limitadas en lo literario pero con una ingente capacidad de evasión: las novelas populares, de “a duro” o bolsilibros, con un claro ejemplo en la editorial Bruguera, de la que tantos lectores tenemos buenos recuerdos de juventud como autores hay que rememoran su paso por allí con espanto.

Os dejo con un par de enlaces a artículos relacionados con este tema que me parecieron interesantes en su día: "¡Mueran los 'heditores'!" y "¿Qué es un editor?".

¡A leer!

miércoles, 13 de octubre de 2010

IMM semiseptuagenario

El Homo libris cumple hoy años, tantos que lleva recorrido medio camino hacia una jubilación que, como la zanahoria del caballo de las viñetas humorísticas, se aleja de él conforme avanza hacia el retiro. Aún queda, sin embargo, mucho camino por recorrer y tiempo del que disfrutar y así, celebra su semiseptuagenario cumpleaños en compañía de los suyos y en ausencia de muchos queridos que no están porque la distancia les separa pero siempre les lleva en el corazón y les siente muy, muy cerca.

No es habitual por parte de un servidor publicitar esta fecha, pero han sido tantos los presentes bibliófilos, para nada definibles como mathoms, si ustedes me entienden,  que no ha sido posible resistir la tentación de traerlos a una entrada breve que dé fe de lo mucho que he de sumar a la lista de pendientes aunque algunos, he de confesarlo, he comenzado a devorarlos de inmediato.

Por lo pronto, podré dar fin a la saga de Geralt de Rivia. Tras la jugarreta de Bibliópolis, que perdió en mí a un fiel seguidor por la mala gestión llevada a cabo con la traducción y publicación del último título (divido en dos volúmenes en aras de aumentar los ingresos pecuniarios de la editorial), finalmente tengo el final de la serie y, cuando me quede un poco más libre, procederé a releer los seis libros anteriores y disfrutar, a buen seguro, con el desenlace de las aventuras de Geralt, Jaskier y compañía.


Como muchos sabéis me encantan los libros de ciencia tanto como los de pura literatura, tanto es así que algunos libros de divulgación están entre mis libros de cabecera. Tenía muchas ganas de leer el libro de Bryson, Una breve historia de casi todo, tanto por las buenas críticas que conocía de él como porque como su título indica habla prácticamente de todo: desde el inicio del tiempo y de nuestro universo a la formación de la Tierra, el surgimiento de la vida sobre ella y la aparición del hombre, con los claroscuros que nos caracterizan. Todo ello narrado de un modo tan ameno (es uno de los libros a los que ya he hincado el diente) que su lectura engancha irremediablemente.


El siguiente título me recuerda que tengo pendiente una reseña de su "continuación", La España inexplorada, de los mismos autores. Fue uno de mis regalos del pasado año y lo cierto es que me encantó. Por lo que llevo visto de La España agrestre. La caza lo cierto es que las aventuras de Abel Chapman y Walter J. Buck en nuestro país siguen siendo apasionantes. Pronto os traeré mi opinión conjunta sobre varias obras, pero os adelanto desde ahora que
En primavera, otoño e invierno, Andalucía, más africana que África, es un verdadero paraíso, la huerta de Europa; son tierras bajas, protegidas del soplo mortal de la meseta central por las sierras Nevada y Morena. Pero en los meses estivales, Andalucía se convierte en un infierno, donde un sol ardiente quema todo lo verde, donde no existe sombra alguna y la vida sólo es soportable si se abandonan las costumbres europeas y se adopta el modo de vida árabe o de las razas orientales.

Podría pasarme horas y horas hablando apasionado sobre este hombre y su obra. Me gusta el cine, aunque no me considero cinéfilo (no, desde luego, al mismo nivel que bibliófilo), pero mi pasión por Hitchcock y su obra desde que era un crío se ha mantenido incólume a lo largo de estos... sí, 35 años. Es algo así como el mito de Holmes o la obra completa de Tolkien. Creo que no necesitaría mucho más (bueno, sí, unos prismáticos y una buena lente de aumento) si tuviera que pasar  unos años recluido en una isla desierta. Estoy deseando adentrarme en esta biografía del afamado director, el "maestro del suspense" y recuperar, de paso, alguna de sus películas.


Y termino ya con un autorregalo. Un librito que llevaba tiempo esperando poder pasar a recoger y que se vino conmigo esta misma tarde. Con él tengo un poco más completa la obra de J. H. Fabre, de quien os hablé no hace mucho en el blog (tanto aquí como en Andanzas de un trotalomas) y que me recuerda que tengo que preparar un par de entradas, o tres, sobre los insectos y la literatura. Y, con esto, os adelanto el tema de las próximas entradas con las que tengo el reto de interesaros realmente en él.


Un abrazo y feliz lectura.

martes, 5 de octubre de 2010

Open eBook Reader

Hace unos meses (medio año ya, en realidad) apareció un estudio del Observatorio de la Lectura y el Libro (un órgano adscrito al Ministerio de Cultura, creado por la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas) en el que se llevaba a cabo un análisis del impacto del libro electrónico (el e-book y los dispositivos lectores, e-readers en terminología anglosajona) sobre los hábitos de lectura y de consumo de nuestros queridos libros. Aunque en su momento pretendí abundar sobre el estudio lo cierto es que pasó el tiempo y lo dejé estar. 

Un par de días atrás, sin embargo, me llegaba al correo electrónico una información de una importante librería con presencia a nivel nacional en el que se hablaba del éxito de la edición electrónica de la última novela de Ken Follet, que supera con creces a las ventas de la edición en papel. Ante la aparente negativa de las editoriales a tomarse en serio los dispositivos de lectura de este tipo de libros, estos comienzan a tener presencia en los sitios web de descarga de archivos y a distribuirse en "ediciones piratas" generando, posiblemente, un problema difícil de solventar una vez que se haya asentado como una costumbre, como ocurre por otro lado con la música o el cine. Sea como fuere, y aunque este resulta un tema sobre el que podríamos estar charlando durante horas, lo cierto es que hoy escribo la entrada para ofrecer una alternativa interesante para aquellos que quieren ojear (lamentablemente, no "hojear", je, je) uno de estos libros electrónicos y no cuentan con un dispositivo lector al uso.


No hace mucho un compañero publicaba una versión preliminar de un visor de libros electrónicos en formato FB2 (Fiction Book, un formato basado en XML que cuenta con bastante difusión, especialmente entre lectores clónicos de Hanlin v3, como el afamado Papyre, nombre con el que es distribuido en España). Además de presentarnos en su blog una de las últimas versiones del e-reader (Papyre S.6 - Alex), permite la descarga de su aplicación, una de las pocas existentes para Windows con buena calidad de lectura aunque aún presente alguna que otra incompatibilidad con libros que no tengan una estructura interna (en el FB2) correcta al 100%. La aplicación se llama Open eBook Reader y,aunque en principio iba a publicar en Lobosoft una entrada sobre la misma, diversos cambios en ese, mi otro blog, hicieron que también pospusiese la escritura y finalmente me convencí de comentarlo por aquí. Al fin y al cabo, ¿dónde va a contar con mejores usuarios y lectores?

Así pues, ¡buena (y electrónica) lectura!