viernes, 22 de julio de 2011

Nuevo IMM veraniego

Algunas próximas lecturas, fruto de las visitas a las librerías de viejo que tanto adoro y a Uniliber, todo hay que decirlo. Tradición y modernidad unidas, y poco más que decir. Tres cosas simplemente: el libro de Luismi se adelantó al IMM, Lupi y Obi no sufrieron daño alguno (a la vista está) en la realización de esta entrada y del resto de libros daré cumplida cuenta en breve, si os place (atención a la joya de la segunda foto, a la izquierda, de ese no se libra el blog ;) ).

Por lo demás, os deseo un feliz fin de semana y que disfrutéis del puente quienes lo tengáis.




¡Feliz lectura!

martes, 19 de julio de 2011

Diario de un naturalista distraído

Tierra nuestra, vida nuestra se ha introducido subrepticiamente en mis lecturas veraniegas viniendo a ocupar mi tiempo de ocio durante el pasado fin de semana. Hacía tiempo que deseaba leerlo, así que cuando lo vi a precio de saldo en una librería cuya web suelo visitar con frecuencia decidí hacerme con él, no solo por el precio sino porque una vez dentro de la categoría de «descatalogados» resulta cuestión de tiempo que sea difícil, por no decir imposible, conseguir un libro. Están ahí, como algunas veces hemos mencionado, los libros en peligro de extinción, los que habrá que buscar en bibliotecas públicas para, con suerte, llegar a encontrarlos. El caso es que no me ha dado tiempo a preparar una entrada IMM y el libro que abrí apenas para echar un ojo al prólogo, ya que tenía pensado leerlo en un par de meses, me atrapó por completo.

Luis Miguel Domínguez, Luismi para los amigos –y creo poder llamarle así porque compartimos pasión y devoción por una naturaleza cada vez más castigada pero siempre maravillosa–, hace gala en esta, su particular autobiografía plagada de anécdotas y humor, de una sencillez y claridad expositivas apabullantes. Escribe tal y como habla, por lo que devorando páginas le he escuchado narrar sus aventuras y desventuras naturalistas con esa voz cálida y rotunda que le caracteriza. Este naturalista distraído, como él mismo se define, podrá serlo a ojos de sus semejantes, esos que levantan la ceja al verle buscar grillos en la Puerta del Sol o pasar la tarde charlando con algún anciano en un pueblecito perdido de nuestra geografía, pero nunca es ajeno al paisaje y paisanaje que pasa ante los suyos, como demuestran las páginas repletas de anécdotas y observaciones de Tierra nuestra, vida nuestra.

Piensa en negro sobre blanco y comparte con nosotros recuerdos de infancia, de aquella en la que –como a tantos de nosotros– nos picó el bicho de la observación de la naturaleza, de la conservación del patrimonio natural, del respeto hacia los mayores y las costumbres que antaño hacían al hombre más humano y más cercano a lo que le rodeaban. No todas eran de tal guisa, por supuesto, pero desgraciadamente muchas de ellas perviven entre nosotros, como el malhadado azote del furtivismo. En otros aspectos hemos crecido, y buena parte del respeto y la comprensión del mundo natural vino de la mano de Félix Rodríguez de la Fuente, a quien Luismi respeta y admira y del que, con cariño, habla siempre que tiene oportunidad.


Posiblemente sea, de cuantos divulgadores cuenta nuestro país a día de hoy, el que mejor ha sabido coger el relevo al burgalés universal. Luis Miguel Domínguez habla con vehemencia, abstrae a su auditorio del entorno y, como los mejores narradores de historias de la prehistoria, nos reúne en torno a una imaginaria fogata para descubrirnos lo que tantos ojos no saben ver. Sus palabras rezuman sabiduría, denotan pasión por su profesión y suponen un más que necesario impulso para las vocaciones que encuentran, hoy día, un alto muro que saltar: hay que comer, y en esta tierra la investigación y las letras puras, mucho me temo, no se valoran como es debido.

Este año he tenido la oportunidad de escuchar a Luismi en tres ocasiones. La primera, hace unos meses, durante un homenaje a Félix Rodríguez de la Fuente que se llevó a cabo en un pueblo de Granada, clausurando un año repleto de recuerdos al padre moral de tantos de nosotros y biológico de Odile, la hija de este que le acompañaba en el acto. La segunda fue un mes después, en las jornadas zoológicas de otro pueblo, esta vez malagueño, donde presentó su último trabajo cinematográfico sobre las especies invasoras, un documental que recomiendo vivamente: "Invasores". La tercera y última, hasta el momento, ha sido leyendo su libro, escuchándole de nuevo, disfrutando de cada salida al campo y de cada rapaz avistada, de los viajes estivales al pueblo de su madre y los chapuzones en una clara poza del río. De esta Tierra nuestra que nos parió, que tanto nos quiere y a quien, errare humanum est, tantos disgustos damos cada día.

Nota: La fotografía de Luismi la he tomado prestada de esta web.

miércoles, 13 de julio de 2011

Making books

Un curioso vídeo visto en Microsiervos y que a buen seguro os resultará interesante y divertido. El que subo aquí es ligeramente distinto al que presentan estos chicos, por eso os recomiendo pasar por su entrada.


Mucho han cambiado las cosas desde que el vídeo fue grabado. Aun así, todavía es posible visitar talleres de encuadernación artesanales, tal vez uno de los mejores lugares para acercarse a conocer la anatomía de los libros. Os invito, finalmente a utilizar alguno de los preciosos fondos de escritorio que, desde hace mucho, nos ofrecen en El bibliófilo enmascarado.

sábado, 9 de julio de 2011

Mervyn Peake

El castillo de Gormenghast es de tan inabarcables dimensiones que sería un despropósito intentar conocerlo por completo. Conforma, en sí mismo, un universo propio, una prisión cuyos límites no vienen determinados por sus gruesas paredes sino la infinitud del espacio que encierra. Aunque inmenso, el aire no deja de estar viciado y de propiciar juegos de luces y sombras, actuando como si de un espejo que deformase lo que en él se refleja se tratase. Podría decirse que tiene una gravedad propia, un poder de atracción, de embrujo, que ha traspasado el injusto olvido de la obra a la que pertenece.

Mervyn Peake
Tal día como hoy, hace cien años, nacía en China Mervyn Peake, el autor de las novelas de Titus, una no querida trilogía (falleció antes de acabar su obra literaria, dejando apenas tres novelas escritas) denominada en ocasiones como el castillo omnipresente: Gormenghast. Hijo de misioneros británicos, la influencia del país asiático y sus rituales vinculados a una inamovible tradición sobre su obra es evidente. A los doce años viajaría a Inglaterra para acabar la secundaria y marcharse a vivir junto a un grupo de artistas a la pequeña isla de Sark, de apenas cinco kilómetros cuadrados, tan peculiar entonces como hoy día. Hasta hace un par de años se organizaba por el último régimen feudal existente en Europa y, como cuando se mudase Peake allí, sigue estando prohibido usar el coche. Así pues, es uno de esos destinos privilegiados donde la contaminación lumínica aún no ha cegado a sus habitantes impidiéndoles disfrutar de un verdadero cielo estrellado.

Rima del anciano marinero
Volviendo a la vida del bueno de Mervyn, cabría reseñar que durante la época que vivió en Sark fomentó su faceta de ilustrador y que junto a otros artistas llevó a exponer su obra en Londres, lo que le dio bastante renombre. Las ilustraciones que realizaría tiempo después para su “trilogía” o las que preparó para ediciones de Alicia en el país de las maravillas, Casa desolada, la Rima del anciano marinero o La isla del tesoro son verdaderas preciosidades, y os invitaría a visitar su página oficial para deleitaros con ellas.

Durante la Segunda Guerra Mundial Peake fue llamado a filas y sería entonces cuando comenzaría la escritura de Titus Groan, el primero de los libros de Gormenghast. Conforme iba redactando la novela enviaba los textos a su esposa, a la casa que tenían alquilada en Sussex, y esta guardaba los manuscritos para mantenerlos a salvo. Tras una crisis depresiva Mervyn sería dado de baja por invalidez, aunque al final de la guerra volvería a ser llamado esta vez como artista, para reflejar el horror de los campos de concentración.

Tras la guerra llegaría a publicar su Titus Groan gracias a la amistad que le unía a Graham Greene, que trabajaba como editor y que revisó una y otra vez el original hasta que Peake le dio la forma definitiva. Corría el año 1946 y con el dinero obtenido se mudaría un año después nuevamente a Sark, ahora junto a toda su familia. Allí escribió Gormenghast, aunque tendrían que volver a Londres poco después al quedarse sin dinero.

Vista aérea de la isla de Sark
Peake comenzó a enseñar dibujo en las escuelas e intentó publicar obras de teatro sin mucho éxito. A inicios de los años 50 sufriría un ataque y poco después empezó a manifestarse en él el Parkinson que le aquejaba. Escribiría entonces Titus Solo, un curioso y poético final para la obra de su vida, en un estilo que nada tenía que ver con los dos libros que le precedían.

Una década después, en 1968, falleció cuando contaba 57 años.

Página del manuscrito original de Titus Groan
La calidad de su obra literaria, muy singular, fue reconocida por autores como Anthony Burgess o el propio Graham Greene. Hipnótica, embrujadora, llegó a obsesionar a Sting, que compraría los derechos de la obra para llevarla a televisión en un proyecto que terminaría por materializarse en la miniserie “Gormenghast” emitida por la BBC hace poco más de 10 años. A mí mismo me atrapó su castillo hace décadas, incluso antes de lanzarme a leer Titus Groan y adentrarme por sus pasillos. Me recuerdo en la librería leyendo y releyendo la breve reseña que figuraba en la sobrecubierta de la edición de Minotauro. Sin embargo, la editorial tardaría lustros en publicar la traducción del segundo de los libros y poco tiempo después los descatalogaría inexplicablemente.

Aunque podría haber recurrido a alguna biblioteca pública o, qué remedio, a alguna edición electrónica no autorizada, lo cierto es que la maldición de Gormenghast pesaba sobre mí: tenía que hallar el libro. Y lo hice, tras dos años de búsqueda y alguna que otra incidencia que ya conté en su día, para poder hoy, en el centenario de su nacimiento, dejarme atrapar de nuevo por su encanto.

Os dejo con la música del disco de rock progresivo de 1970 “Titus Groan” y con  uno de los poemas de Peake.


I CANNOT GIVE THE REASONS

I cannot give the reasons,
I only sing the tunes:
the sadness of the seasons
the madness of the moons.

I cannot be didactic
or lucid, but I can
be quite obscure and practic-
ally marzipan

In gorgery and gushness
and all that's squishified.
My voice has all the lushness
of what I can't abide

And yet it has a beauty
most proud and terrible
denied to those whose duty
is to be cerebral.

Among the antlered mountains
I make my viscous way
and watch the sepia mountains
throw up their lime-green spray.
¡Feliz lectura!

lunes, 4 de julio de 2011

Hallad el reloj

Descubrí a Harry Stephen Keeler gracias a la entrada que Enrique Altés dedicó al autor en su interesantísimo blog “Acotaciones de un lector de folletines”. Keeler, autor de pulps, novelas detectivescas llevadas al desenfreno por mor de hilarantes situaciones y tramas imposibles, llamó mi atención de inmediato. Por un lado, su vida no pudo ser más afín a las historias que inventaba: internado en un manicomio durante un año por su madre cuando cumplió los veinte, a la salida del mismo estudió electricidad y empezó a trabajar en una fundición de acero, dedicando todo su tiempo libre a escribir. Llegaría a publicar 37 novelas en apenas 15 años, y muchas de ellas no llegarían a publicarse en inglés pero sí en castellano gracias a la amistad que le unía a su editor español, Reus.

Con semejante currículum (os invito a disfrutar, además de la entrada de Altés, con el artículo que le dedicaron en el Heraldo de Aragón, “Harry S. Keeler, el escritor más bizarro del mundo”) y mi manifiesta afición por la novela popular, pulp, bolsilibresca o paraliteraria, no es de extrañar que me pusiese manos a la obra a fin de encontrar alguna de sus ídems.

Aparte de Noches en Sing-Sing, que ha sido reeditada, el resto de sus libros hay que buscarlos en el mercado de segunda mano. Como resultado de mis pesquisas conseguí hacerme con Hallad el reloj, título que presentaba hace unos días en mi último IMM y que acabé de leer la pasada semana con gran satisfacción. Su argumento en forma de telaraña (el proceso narrativo que el autor definiese como webwork plot) no resulta demasiado enmarañado salvo durante el desenlace, y tendré que leer otros de sus libros para encontrarme con algo similar a la madeja que muestra en La voz de los siete gorriones, por ejemplo.

Hallad el reloj parte de la extraña propuesta del profesor Victor Landrau a Lily, “el lirio de Manchester”, de asumir la personalidad ficticia de la joven Diana St. John y frecuentar el círculo social de cierto hombre. Gracias a ello podrá hacerse con una cuantiosa suma de dinero.

Entretanto, el periodista especializado en sucesos Jeff Darrell, es desplazado de su puesto por la nueva estrella del Call, el diario donde trabaja. Se trata de Marvin Feldock, un insufrible reportero con ínfulas de grandeza que trata despóticamente a sus subordinados. En tanto Feldock conoce la ciudad y establece su red de contactos habrá de ser Darrell, obligado por el draconiano contrato que le vincula al Call, el que tendrá que buscar información sobre los sucesos que acontezcan en la ciudad y redacte la información que será firmada por Feldock.

Será buscando la noticia en el barrio chino cuando llegue a las manos de Darrell un extraño mensaje escrito en un pañuelo depositado junto a un hato de ropa sucia en la lavandería de Foy Yi, más conocido como Napoleón Foy. En el mensaje se explicita que quien lo ponga en manos de Rita Thorne, actualmente en la ciudad, será recompensado con 50 $. Darrell se encarga de hacerlo, intrigado por el mensaje, indicando a la señorita Thorne que sea Foy Yi quien reciba la cantidad señalada. Sin embargo, esta encargará a Darrell que busque cierto reloj mencionado en el texto del pañuelo, perteneciente a un familiar. Y aquí comenzará la aventura para Darrell, una aventura de peligrosas e inciertas consecuencias.

Los elementos que componen Hallad el reloj no pueden ser más sencillos ni tampoco más efectivos cuando se mezclan con sabiduría o cierto toque de locura: el afán de búsqueda de la noticia periodística, los barrios bajos chinos de Chicago, un nazi huido de la justicia, una bella dama en apuros… Mi bautismo en la obra Keeleriana no pudo ser más divertida y, aunque fue llamado el Ed Wood de las novelas de misterio, lo cierto es que algunos de sus recursos narrativos, como los relatos dentro del relato (cual si de una matrioska literaria se tratase) se dan con bastante frecuencia en el cine de hoy día.

Y ya que hago mención al séptimo arte, antes de despedirme señalaré que también la obra de Keeler fue llevada al celuloide. Mientras leía Hallad el reloj vi también la película protagonizada por Bela Lugosi “El misterioso Mr. Wong”, basada en el relato “The Twelve Coins of Confucius”. De bajo presupuesto, discreta en sus pretensiones, resulta, no obstante, entretenida.

En resumen, Harry Stephen Keeler resulta un autor más que recomendable si queremos enfrentarnos a novelas de misterio poco al uso, sin otro objetivo que entretener al lector y ofrecerle un buen rato de diversión. Definitivamente, la lectura ideal para las tórridas tardes de verano.

Notas: 

miércoles, 29 de junio de 2011

Día Mundial del Árbol

Algo rezagado llego a este 28 de junio, Día Mundial del Árbol. El día se me pasó volando y aunque tenía intención de escribir algo para Andanzas de un Trotalomas finalmente no pude hacerlo. Fue a través del blog de Silvia que recordé mi "obligación", y al menos quería traer un par de fragmentos de Delibes donde plasma con hermosura lo vinculados que han estado siempre los árboles a la vida de los pueblos, de sus gentes, y recordar lo olvidados que les tenemos hoy día.
El tendido de luz desciende del páramo al llano y, antes de entrar en el pueblo, pasa por cima de la nogala de la tía Bibiana. De chico, si los cables traían mucha carga, zumbaban como abejorros y, en estos casos, la tía Marcelina afirmaba que la descarga podía matar a un hombre y cuanto más a un mocoso como yo. Con la llegada de la electricidad, hubo en el pueblo sus más y sus menos y a la Macaría, la primera vez que le dio un calambre, tuvo que asistirla don Lino, el médico de Pozal de la Culebra, de un acceso de histerismo. Más tarde el Emiliano, que sabía un poco de electricidad, se quedó de encargado de la compañía y lo primero que hizo fue fijar en los postes unas placas de hojalata con una calavera y dos huesos cruzados para avisar del peligro. Pero lo más curioso es que la tía Bibiana, desde que trazaron el tendido, no volvió a probar una nuez de su nogala porque decía que daban corriente. Y era una pena porque la nogala de la tía Bibiana era la única del pueblo y rara vez se lograban sus frutos debido al clima. Al decir de don Benjamín, que siempre salía al campo sobre su Hunter inglés seguido de su lebrel de Arabia, semicorbato, con el tarangallo en el collar si era tiempo de veda, las nueces no se lograban en mi pueblo a causa de las heladas tardías. Y era bien cierto. En mi pueblo las estaciones no tienen ninguna formalidad y la primavera y el verano y el otoño y el invierno se cruzan y entrecruzan sin la menor consideración. Y lo mismo puede arreciar el bochorno en febrero que nevar en mayo. Y si la helada viene después de San Ciriaco, cuando ya los árboles tienen yemas, entonces se ponen como chamuscados y al que le coge ya no le queda sino aguardar al año que viene. Pero la tía Bibiana era tan terca que aseguraba que la flor de la nogala se chamuscaba por la corriente, pese a que cuando en el pueblo aun nos alumbrábamos con candiles ya existía la helada negra. En todo caso, durante el verano, el autillo se asentaba sobre la nogala y pasaba las noches ladrando lúgubremente a la luna. Volaba blandamente y solía posarse en las ramas más altas y si la luna era grande sus largas orejas se dibujaban a contraluz. Algunas noches los chicos nos apostábamos bajo el árbol y cuando él llegaba le canteábamos y él entonces se despegaba de la nogala como una sombra, sin ruido, pero apenas remontaba lanzaba su «quiú, quiú», penetrante y dolorido como un lamento. Pese a todo nunca supimos en el pueblo dónde anidaba el autillo, siquiera don Benjamín afirmara que solía hacerlo en los nidos que abandonaban las tórtolas y las urracas, seguramente en el soto, o donde las chovas, en las oquedades del campanario.
[...]
Al pie del cerro que decimos el Pintao -único en mi pueblo que admite cultivos y que ofrece junto a yermos y perdidos redondas parcelas de cereal y los pocos majuelos que perviven en el término- se alzan los chopos que desde remotos tiempos se conocen con el nombre de los Enamorados. Y no cabe duda, digan lo que quieran los botánicos, que los árboles en cuestión son macho y hembra. Y están siempre juntos, como enlazados, ella -el chopo hembra- más llena, de formas redondeadas, recostándose dulcemente en el hombro de él -el chopo macho-, desafiante y viril. Allí, al pie de esos chopos, fue donde la exhalación fulminó a la mula ciega de Padre el año de los nublados. Y allí, al pie de esos chopos, es donde se han forjado las bodas de mi pueblo en las cinco últimas generaciones. En mi pueblo, cuando un mozo se dirige a una moza con intención de matrimonio, basta con que la siente a la sombra de los chopos para que ella diga «sí» o «no». Esta tradición ha terminado con las declaraciones amorosas que en mi pueblo, que es pueblo de tímidos, constituían un arduo problema. Bien es verdad que, a veces, de la sombra de los Enamorados sale una criatura, pero ello no entorpece la marcha de las cosas pues don Justo del Espíritu Santo nunca se negó a celebrar un bautizo y una boda al mismo tiempo. En mi pueblo, digan lo que digan las malas lenguas, se conserva un concepto serio de la dignidad, y el sentido de la responsabilidad está muy aguzado. Según decía mi tía Marcelina, en sus noventa y dos años de vida no conoció un mozo que, a sabiendas, dejara en mi pueblo colgada una barriga. Pocos pueblos, creo yo, podrán competir con esta estadística.
Miguel Delibes, Viejas Historias de Castilla la Vieja.

Me gustaría también compartir con vosotros una hermosa escena del episodio "El águila perdicera (II)" de la serie documental "El hombre y la Tierra", del gran amigo de Delibes, Félix Rodríguez de la Fuente. En particular, id al minuto 19:35 del vídeo y disfrutad.

lunes, 27 de junio de 2011

Últimas lecturas y novedades

Aproveché la época previa a los exámenes para ir adelantando algunas de las lecturas livianas que vendrían a preceder a las que me proponía emprender en verano. Quienes seguís el blog habitualmente habréis podido ver que ha sido una época de sequía en lo tocante a escritura, con apenas alguna que otra entrada, en ocasiones redactada en apenas unos momentos o trayendo a colación algún párrafo que me había gustado o llamado la atención. No ha sido este un mal endémico de este blog, sino que ha enraizado también en el resto de los que escribo. De ahí que no hace tanto plantease aquí mis dudas existenciales sobre si sería mejor unirlos o no, sobre si merecía la pena continuar en estas circunstancias. No quiero, ni lo merece el blog ni quienes lo leéis, que languidezca durante un largo periodo hasta ser abandonado finalmente. No es mi intención tampoco esa y de algún modo tendré que encontrar el tiempo necesario para dedicarle la atención que merece.

Por lo pronto, y por dar zanjado el periodo previo e ir avanzando el estival, junto a la anterior entrada donde presentaba algunas de mis próximas lecturas os traigo esta, dedicada a unas pocas de cuantas me han acompañado estos meses.

Andaba releyendo a Thoreau cuando surgió el movimiento en torno al 15M que tanta tinta ha hecho correr. No podría haber hecho una elección mayor, y en varias ocasiones traje aquí o dejé en Andanzas de un Trotalomas algunos fragmentos de su obra, y hoy dejo uno final, que quise reproducir semanas atrás y para el que no encontré el momento:
Después de todo, la autentica razón de que, cuando el poder está en manos del pueblo, la mayoría acceda al gobierno y se mantenga en él por un largo período, no es porque posean la verdad ni porque la minoría lo considere más justo, sino porque físicamente son los más fuertes. Pero un gobierno en el que la mayoría decida en todos los temas no puede funcionar con justicia, al menos tal como entienden los hombres la justicia. ¿Acaso no puede existir un gobierno donde la mayoría no decida virtualmente lo que está bien o mal, sino que sea la conciencia? ¿Donde la mayoría decida sólo en aquellos temas en los que sea aplicable la norma de conveniencia? ¿Debe el ciudadano someter su conciencia al legislador por un solo instante, aunque sea en la mínima medida? Entonces, ¿para qué tiene cada hombre su conciencia? o creo que debiéramos ser hombres primero y ciudadanos después. Lo deseable no es cultivar el respeto por la ley, sino por la justicia. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en cada momento lo que crea justo. Se ha dicho y con razón que una sociedad mercantil no tiene conciencia; pero una sociedad formada por hombres con conciencia es una sociedad con conciencia.
[...]
Las votaciones son una especie de juego, como las damas o el backgammon que incluyesen un suave tinte moral; un jugar con lo justo y lo injusto, con cuestiones morales; y desde luego incluye apuestas. No se apuesta sobre el carácter de los votantes. Quizás deposito el voto que creo más acertado, pero no estoy realmente convencido de que eso deba prevalecer. Estoy dispuesto a dejarlo en manos de la mayoría. Su obligación por tanto, nunca excede el nivel de lo conveniente. Incluso votar por lo justo en no hacer nada por ello. Es tan sólo expresar débilmente el deseo de que la justicia debiera prevalecer.
Henry D. Thoreau, Desobeciencia civil.
Con el devenir de los acontecimientos, y habiendo leído el alegato de justicia de Stephane Hessel, ¡Indignáos!, me dispuse a leer un libro que recopila artículos de varios pensadores y periodistas. Se trata de Reacciona, una obra colectiva promovida por Rosa María Artal y que cuenta en su haber con autores de la talla de Hessel (el ilustre prologuista), José Luis Sampedro, Federico Mayor Zaragoza, Ignacio Escolar… Pienso que a nuestros desaparecidos Saramago y Sábato les habría gustado estar ahí, y que desde su recuerdo nos instan a reaccionar, a actuar.

Reacciona se lee con avidez, no aburre a fuerza de dar datos y más datos e invita a seguir investigando, a profundizar en los orígenes de la situación en que nos encontramos actualmente y a ponerle remedio. Somos muchos los que llevamos pidiendo este cambio, intentando hacer que la gente despierte y vea el inmenso poder que tiene en sus manos gracias a su capacidad de decisión. La del 15M fue una chispita pero hay que conseguir que el fuego prenda, que la sociedad desee decidir sobre su futuro y ejerza su derecho a hacerlo (sin menoscabar el de quienes están por venir, por supuesto).

También estuve terminando en esos días el último libro de artículos de Pérez-Reverte, Cuando éramos honrados mercenarios. Lo comencé, creo, durante los exámenes de febrero, y me ha venido acompañando durante todo este tiempo. Con los libros de artículos de don Arturo me ocurre siempre así: devoro de un tirón un año completo de artículos o dejo el libro olvidado y voy leyendo un par de ellos o tres de cuando en cuando. Me ha gustado, no obstante, y lo recomendaría sin dudar por la mala baba que rezuma y lo irónico de su pluma. Algo demagoga en algunas ocasiones, sí, pero siempre afilada y dispuesta a zaherir a politicuchos de poca altura y gentes de dudosa honra. Eso sí, he notado que con los años Pérez-Reverte se ha vuelto más oscuro, que sus artículos muestran, si cabe, un mayor desencanto hacia el hombre, aunque siga arrancándonos una sonrisa cuando, con la aguda mirada del que vivió informando, nos invita a compartir pequeños momentos con los personajes singulares que va conociendo en sus andaduras.

Por último, y aunque dejo alguna lectura en el aire, terminé con el libro de Misha Defonseca, Sobrevivir con lobos. Me lo prestó, hace ya demasiado tiempo como para que sea digno hacerlo público, mi amigo Alberto. Ya me avisaba de que a él no le había gustado demasiado pero, como somos amigos de cuanto tiene que ver con el hermosísimo cánido, quería leerlo también. Lo cierto es que el libro es emotivo y nos lleva a la infancia de una niña que, caída en desgracia cuando los nazis invaden su país, ha de sobrevivir sola en el bosque con lobos que son más humanos que quienes se expanden por Europa aquellos días. Tiempo después se demostró que la historia que la autora nos quiso hacer creer real no era más que una ficción, una novela que habría sido curiosa pero que queda en una farsa que busca el éxito (que lo tuvo, y mucho, en su día) a expensas del holocausto.

Y poco más. Tras esta última entrada rápida espero zanjar un periodo. No sé con qué periodicidad publicaré entradas aquí o en el resto de blogs, pero voy a intentar (aunque a veces me pueda la impaciencia y aproveche cualquier hueco para publicar algo) que las entradas vuelvan a ser más elaboradas, más cuidadas, y releerlas al menos antes de “entregarlas a imprenta”.

¡Feliz lectura!