sábado, 27 de marzo de 2021

Si quisiéramos, les apagaríamos los ojos


El eco de los pasos se superponía al ruido de las pisadas, acompasadamente, como una melodía en sordina, rebotando contra los muros de ladrillo y hollín de la calle, y resonando entre las temblorosas farolas de gas que apenas eran capaces de magnificar la húmeda neblina en la invisibilidad de la noche. Al fondo oímos un ruido y, conforme avanzamos, una sombra se hizo cada vez más oscura, más tangible.

Tenía, pudimos verla al llegar a su altura, el mismo rostro anodino de todas las anteriores, y la fofa barbilla temblaba sobre el amorfo montón de trapos que constituía su vestido. Yo, abrigado por del caro paño, envuelto en cinco vueltas de blanca bufanda, no sentía el frío ante la expectación que sentía por aquello que estaba por venir.

En la cara pintarrajeada se abrió un pozo con el brocal medio derruido y volcó sobre nosotros su aliento de pútridas palabras. Repitió la propuesta ante el silencio de mi amo. Por única respuesta éste me sacó a mí, y fue gozoso ver cómo al contemplarme sus ojos se deshacían de su etílica turbidez y parecían despertar por última vez a la vida. Venida de la nada, los periódicos os dirían al día siguiente quien era. Sobre hacia dónde iba, yo mismo se lo dije, me hice entender tras una lucha intestina, desentrañando sus más íntimas pulsiones.

Terminado el trabajo, muerto el placer, la gamuza me acaricia deshaciéndome de los pegajosos e infectos humores, y regreso al bolsillo sintiendo cómo mi amo desliza junto a mí un paquete de papel encerado, blando y cálido. Nos alejamos varias calles y aguzamos el oído hasta que la noche nos trae remotos gritos, el silbato delator, las carreras que no buscamos esquivar, que tratamos de atajar volviendo sobre nuestros pasos.

—Soy médico—dice entonces mi amo con voz de autoridad. Esta noche, he de reconocerlo, su temple me despierta admiración.

—Gracias a Dios. Venga, venga, por favor. Han encontrado a otra. Necesitamos confirmar el fallecimiento antes de que se llegue la prensa.

Benditas linternas que apartan la vaporosa niebla, que la constriñen y destierran fuera de los muros de ladrillo y de las oquedades reparadas con ripios, que arrojan las tinieblas hasta los márgenes de la escena a la que hemos vuelto para contemplar nuestra obra dibujada sobre los adoquines cubiertos de negro. Sin ellas, aunque nos abalanzásemos a la vía, ¿cómo íbamos a ver?


La imagen original puede encontrarse aquí.

lunes, 1 de febrero de 2021

Entre retos anda el juego

Después de muuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuucho tiempo sin escribir por aquí, vuelvo (o trato de hacerlo) comenzando con dos retos para marcar un poco de ritmo y retomar el  hábito de escribir. El primero de ellos, los 52 retos de escritura para 2021 que nos propone Literup por aquí:

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021

Aunque no creo que vaya a escribir los 52 microrrelatos (máxime cuando empiezo en febrero), voy a tratar al menos de cumplir con el reto mínimo de uno al mes, recuperando el de enero en unos días. Los retos de escritura son los siguientes:

  1. Inventa un cuento que suceda en las estrellas.
  2. Escribe un relato protagonizado por tres reinas magas.
  3. ¡Sueña! Inventa una historia corta de fantasía onírica.
  4. Escribe un relato de amor entre dos especies fantásticas.
  5. Inventa un cuento basado en alguna de las metamorfosis de Ovidio.
  6. Haz una historia que suceda íntegra bajo el subsuelo.
  7. ¡Feliz Año Nuevo chino! Esta semana escribe un relato protagonizado por un buey.
  8. Tus protagonistas estaban en una fiesta de Carnaval y de pronto se han convertido en sus disfraces. ¡A ver esa originalidad!
  9. Haz una historia en la que la antagonista sea una mantis religiosa.
  10. Escribe un cuento sin usar la letra «y».
  11. Escribe un relato que pase de un flashback a un flashforward y haz que el enlace tenga sentido.
  12. Tu protagonista es una delfina humanoide que pasa la mitad del relato en tierra y la otra mitad en el mar.
  13. Tu protagonista es de tu color favorito. ¿Qué implica eso en su mundo?
  14. El solarpunk está en auge. Escribe un relato optimista sobre el futuro de nuestro planeta.
  15. Haz que tu cuento acabe con: «Eso fue lo último que vi antes de morir».
  16. Escribe un relato que solo tenga diálogos.
  17. Escribe un retelling de la historia de Sant Jordi.
  18. Inventa una historia de terror en segunda persona en el que el/la protagonista sea un asesino/a, y justifica su condición.
  19. Crea un relato en el que aparezca una madre terrorífica.
  20. Escribe un fanfic de tu película de animación favorita.
  21. Haz un cuento de ciencia ficción rural.
  22. Ambienta tu relato en Sudáfrica.
  23. Crea una historia en la que aparezca una artista gráfica.
  24. Inventa una historia que acabe con un cliffhanger.
  25. Escribe un cuento en el que tu protagonista vea el cielo por primera vez.
  26. La personalidad de tu protagonista es la de tu animal favorito. Crea un relato sobre su vida en sociedad.
  27. Escribe una historia en la que el protagonista es un cadáver que habla, pero no se puede mover.
  28. Haz un cuento en el que en la primera frase de cada párrafo haya una aliteración.
  29. Crea un relato en el que alguien recibe una videollamada sospechosa.
  30. Describe el proceso creativo de un cuadro y haz que los elementos pictóricos sean parte de la historia. Por ejemplo, si sale un bosque, que sea relevante en la trama.
  31. Escribe una historia protagonizada por una bandolera ligona.
  32. Inventa un cuento en primera persona sobre alguien que observa a otra persona. Intenta que sea lo más subjetivo posible.
  33. Relata una historia de amor platónico.
  34. Utiliza las palabras «quebrar», «óleo» y «extinción» en tu relato.
  35. Inventa una historia de amor que, antes del primer beso, se ve interrumpida por el fin del mundo.
  36. Narra la batalla entre una maga que domina la electricidad y otra que invoca demonios.
  37. Crea un cuento que suceda en un futuro posapocalíptico gobernado por cucarachas gigantes.
  38. Inventa una historia en la que un armadillo viaja a Plutón y crea su propia cultura.
  39. Narra un cuento en primera persona protagonizado por una persona sorda.
  40. Relata una historia de amor a distancia.
  41. Ambienta tu cuento en Osaka.
  42. Escribe una historia protagonizada por una jinete sin cabeza.
  43. Piensa qué habría pasado si los dinosaurios no se hubiesen extinguido. Puedes sumergirte en una ucronía si quieres.
  44. Mezcla en una misma narración a un duende volador, una medusa fantasma y un elemental de hielo y fuego.
  45. Escribe una historia de terror en la que los animales domésticos se rebelen contra sus dueños.
  46. Escribe un relato en el que uses un epíteto cada tres párrafos.
  47. Unas rocas que se comunican con telepatía llegan del espacio exterior. ¿Cómo interactúan con los humanos?
  48. Escribe una historia en la que existan árboles de Navidad humanoides que decoran personas de plástico.
  49. Plantea cómo sería una historia de amor que suceda dentro de un videojuego.
  50. Escribe una historia de amor entre una giganta y una montaña.
  51. Crea un relato protagonizado por una abuela con superpoderes.
  52. Escribe una historia en la que la gente tiene como mascotas gatos que disparan láseres por los ojos.

y las bases completas, por si os interesa u os llama la atención participar, están en el enlace que incluí más arriba. Los iré publicando identificados con la etiqueta "#52RetosLiterup".

El otro apartado son los 24 retos de lectura que nos propone la misma web:

https://blog.literup.com/24-retos-de-lectura-para-2021 

Enero

1) Un clásico de la literatura española escrito por una mujer.

2) Dos cuentos escritos originalmente en inglés.

 Febrero

3) Un poemario indie escrito en español.

4) Una novela romántica.

Marzo

5) Un ensayo escrito por una autora.

6) Una obra que haya sido llevada al cine o adaptada a serie.

Abril

7) Un libro indie ganador de un premio.

8) Un libro experimental.

Mayo

9) Un cómic/manga autoconclusivo.

10) Una space opera.

Junio

11) Un clásico de la fantasía.

12)  Una obra metaliteraria.

Julio

13) Una obra escrita por un autor/a chino/a.

14) Una obra de ciencia ficción escrita por una autora.

Agosto

15) Un libro de género bizarro.

16) El inicio de una saga o de una trilogía.

Septiembre

17) Un libro de relatos de una sola autora.

18) Una novela en la que los animales sean importantes en la trama.

Octubre

19) Una novela corta de terror.

20) Una novela en la que haya viajes en el tiempo.

Noviembre

21) Un libro autoconclusivo de fantasía oscura o grimdark.

22) Un relato que tenga más de cincuenta años.

Diciembre

23) Un libro de humor.

24) Un libro sobre el fin del mundo, pero que sea esperanzador.

Al igual que con el reto de escritura, trataré de recuperar el tiempo perdido y reseñar algún título correspondiente al mes de enero. Por cierto, en la web podréis encontrar algunos ejemplos de títulos para cada uno de los retos y más información sobre los mismos.

Bueno, alea iacta est, con esta entrada me comprometo a revivir el blog. ¿Lo conseguiré? Lo iremos viendo durante este año.

¡Salud!

martes, 2 de abril de 2019

Día internacional del libro infantil y juvenil

Vuelvo al blog tras más de dos años sin escribir. Tras casi cinco sin que haya mucho reseñable por aquí. Pero quería compartir el manifiesto #DILI y enlazaros una entrada de mi otro blog:

“¡Voy con prisa!”, “¡No tengo tiempo!”, “¡Adiós!”… Expresiones semejantes pueden oírse quizá a diario, no solo en Lituania -en el centro mismo de Europa-, sino en muchas partes del mundo. Y con frecuencia parecida se oye decir que vivimos en la edad de la abundancia de información, la prisa y la precipitación.
Sin embargo, tomas un libro entre las manos y, de alguna manera, te sientes distinto. Y es que los libros tienen una estupenda cualidad: te inspiran serenidad. Con un libro abierto y sumergido en sus tranquilas profundidades, ya no temes que todo te pase de lado a toda velocidad, sin llegar a apreciar nada. Empiezas a creer que no será preciso lanzarse como loco a tareas de dudosa urgencia. En un libro todo sucede sigilosamente, en orden y según una secuencia. ¿Será tal vez porque sus páginas están numeradas y las hojas al pasar crujen tranquilamente y con un suave efecto relajante? En un libro los acontecimientos pasados se encuentran plácidamente con los que han de venir.
El mundo del libro es muy abierto; su realidad sale al encuentro amistoso con el ingenio y la fantasía, y a veces ya no sabes muy bien dónde -si en un libro o en la vida- has notado de qué manera tan bella caen al derretirse las gotas del tejado nevado, o de qué forma tan encantadora cubre el musgo la cerca del vecino. ¿Ha sido en un libro o en la realidad donde has experimentado que las bayas del serbal no son sólo bellas, sino amargas? ¿Acaso sucedió en el mundo de los libros, o de verdad estabas tumbado sobre la yerba en verano, y después sentado con las piernas cruzadas, contemplando las nubes que surcaban el cielo?
Los libros ayudan a no acelerarse, enseñan a observar; los libros invitan, incluso obligan a acomodarse, pues casi siempre los leemos sentados, poniéndolos en la mesa o en el regazo, ¿no es así?
¿Y acaso no habéis experimentado otra maravilla: que cuando leéis un libro, el libro os lee a vosotros? Sí, sí, los libros también saben leer. Os leen la frente, las cejas, las comisuras de los labios, que ahora suben, ahora bajan; sobre todo, por supuesto, os leen los ojos. Y por los ojos entienden… adivinan… Bueno, ¡vosotros mismos sabéis qué!
No tengo duda de que a los libros les parece muy interesante estar sobre vuestro regazo, pues una persona que lee – sea niño o adulto – solo por eso ya es bastante más interesante que la que se resiste a tomar un libro entre las manos, que la que -siempre con prisa- no llega a sentarse y no tiene tiempo de fijarse en casi nada. Este es mi deseo para todos en el día internacional del libro infantil: ¡Que existan libros interesantes para los lectores y lectores interesantes para los libros! 
Escrito por Kęstutis Kasparavičius
Traducido del lituano por Carmen Caro Dugo
Y, de paso, como os decía, enlazo una entrada en Andanzas de un trotalomas que he escrito recomendando algunos libros infantiles relacionados con la naturaleza y el medio ambiente, titulada "Mi patria es la infancia". Espero que la disfrutéis y os invito, por supuesto, a compartir lecturas infantiles y juveniles que os gusten o recordéis. 

¡Feliz juego y lectura!

viernes, 19 de agosto de 2016

La noche del lobo

Me acerqué a esta obra de Javier Tomeo de forma casual, tomando el libro entre otros suyos del estante de la biblioteca pública donde descansaba desde la última fecha estampada en su ficha. Una lectura sucinta, de breves capítulos, ideal para este periodo que estoy viviendo, en el que no siempre puedo dedicar todo el tiempo que desearía a la lectura (y menos de forma continuada), gracias al cual estoy recuperando el gusto por el relato y la novela corta. 

Comencé su lectura en una noche de vigilia y la fui espaciando durante varias más hasta acabar por devorarla como si yo me hubiese convertido también en un licántropo, deseoso de saber más sobre las desventuras (ya que no andanzas, ahora conoceremos el motivo) de Mario, un poeta que todo lo sabe gracias a Internet y a pesar de su vida de retiro a las afueras de un pueblo, e Ismael, agente de seguros que pasaba por allí cuando, ya anochecido, ambos sufrieron una torcedura de tobillo, quedando a unas decenas de metros de distancia, tan cerca y sin poder verse ni ayudarse más allá de la mutua compañía que les ofrecía su diálogo en una oscuridad sólo rota por la luna llena que asomaba de cuando en cuando entre las nubes. 

Acompañados por la cambiante voz de un cuervo y el eco de otro diálogo nocturno, el de dos grillos que no deberían estar allí en esa época del año, toda la novela se impregna de una sensación de irrealidad que nos alcanza y que comienza a sembrar en nosotros la sombra de una duda. ¿Qué hay de verdad en lo que cuentan nuestros protagonistas? ¿Qué podemos creer de cuanto narra el autor? ¿Qué pensar del cambiante graznido del cuervo, del chirriar intermitente de los grillos?

En el diálogo perenne de la novela, Mario se presenta ante Ismael de una forma distinta a como le conocimos páginas atrás: como un bohemio que se marchó de la ciudad voluntariamente a este retiro de la compañía de los hombres donde, irónicamente, está más en contacto con su cultura que en ningún otro lugar gracias a su conexión a Internet. Mario memoriza todos los datos que lee, profundiza en foros, en blogs, en redes sociales, participando de esa sensación de posesión de la cultura, del conocimiento, que tenemos actualmente en nuestra sociedad moderna e industrializada, a un clic de la Wikipedia y del saber. A dos de poder editarlo y cambiarlo a nuestro antojo. A una vida de aprehenderlo, de hacerlo nuestro y convertirlo en verdadera cultura.

Ismael, por el contrario, es un hombre de ciudad, de su casa, amante fiel de su esposa que, gracias a las palabras de un Mario licántropo con dentadura postiza pero afilada lengua, podría no guardar, en igualdad, la misma fidelidad a su esposo. O sí, pero en su continuo devenir de pueblo en pueblo vendiendo seguros, no estaría en condiciones de afirmarlo, de poner por ella la mano en el fuego.La luna llena no viene a apartar las sombras de duda, pero sí a alimentar la sospecha.

Mario e Ismael son dos hombres solitarios, en definitiva, aislados en la incomunicación por más que entre ellos se establezca un diálogo en el que, en algunas ocasiones, únicamente se están escuchando a sí mismos; Su única cercanía es la física, pues toda la novela podría representarse en teatro (y creo que sería una gran obra teatral) y ambos quedarían presentes en todo momento sobre las tablas, pero les separa una inmensa distancia espiritual.

La novela, como decía, atrapa sin remedio. Con una construcción que apenas notamos, ligera pero poderosa, nos invita a adentrarnos en una realidad que comienza, poco a poco, a parecernos una pesadilla, irreal pero estremecedora. Javier Tomeo me ha ganado para su causa y estoy deseando leer más libros de este autor. Pronto, muy pronto, en cuanto amanezca el día y el sol aleje, hecha jirones, la lobuna oscuridad.

lunes, 23 de mayo de 2016

Los problemas crecen

Cuando somos padres (o vamos camino de serlo), creo que una de las preguntas de mayor calado que nos hacemos es, al margen de las que puedan llegar en tumultuosa avalancha sobre la crianza y educación de los infantes, qué ocurrirá con la pareja. Si es el primer hijo el que llega la situación familiar cambia drásticamente: seremos tres y no solo dos, y las decisiones que tomemos tendrán que tener en cuenta la presencia de ese ser tan dependiente en un principio. Si con nosotros vive nuestro perro, gato o cualquier otra «mascota», posiblemente nos hayamos enfrentado a algunos de los problemas de logística que ahora tengamos que resolver con el pequeño, pero tampoco nos convalidará el «carné de padre» (o de madre) correspondiente. De ahí mi guiño a la entrañable serie de televisión que en España conocimos con el nombre de «Los problemas crecen» (Growing Pains).


La psicóloga Rocío Ramos-Paul (conocida por su papel de «supernanny» en televisión) y su colega Luis Torres presentan en su libro La pareja en familia un compendio de situaciones, las más de ellas estresantes, ante las que puede encontrarse la pareja con el devenir de los años, especialmente desde la llegada de los hijos hasta que estos abandonan el hogar. Así, mediante el uso de ejemplos prácticos y la presentación de situaciones reales, Rocío y Luis nos llevan de la mano en la resolución de conflictos de pareja: los problemas de comunicación que desembocan en discusiones y falta de entendimiento; la gestión del tiempo, siempre tan escaso y que deberemos organizar como un equipo si queremos salir victoriosos; el papel del resto de la familia, permitiéndoles participar del gozo de la llegada de un nuevo miembro sin que sea traumático para los padres; las relaciones sexuales, tan necesarias en la pareja y que deberemos trabajar si no queremos que se diluyan entre las obligaciones y el cansancio cotidianos; incluso la separación, si a pesar de todos los consejos que nos brindan los autores y del empeño de la pareja, esta no es capaz de resolver los problemas y acortar la distancia que les va separando. 

Me ha parecido un libro de fácil lectura, ameno y que, aunque tal vez hace demasiado hincapié en situaciones cuya resolución parece de Perogrullo, viene a recordarnos, en definitiva, que las relaciones hay que cuidarlas (y no solo las de pareja, ya que lo que nos explica podría aplicarse a buena parte de las relaciones sociales que mantenemos en nuestro día a día, con los matices que correspondan a cada cual). Tal vez lo más interesante es la presentación de ciertas reglas para ayudar a determinar la gravedad del problema al que nos enfrentamos, así como trazar un camino, una serie de pautas que seguir, para buscar una solución consensuada, a largo plazo y que trate de atajarlo de raíz sin pretender hacerlo desde un principio, por la vía rápida, sino preparando el terreno para que el cambio sea estable. Aunque los actos que plantea el libro puedan parecer forzados en un principio, como admiten los propios autores, si nos dejamos llevar por ese rol que estamos configurando estoy seguro de que lo llegaremos a interiorizar y a desarrollar finalmente de forma natural, pues no es otra cosa la que (a mi humilde parecer) plantean estos psicólogos. 

En resumen, una lectura interesante, que posiblemente habría dejado pasar de largo si no fuera porque el libro llegó a mis manos de una forma un tanto inusual (que os describo en las notas al final de la entrada). Lo elegí por el curioso momento en el que llegó a mi vida y lo cierto es que posiblemente vuelva a él más adelante, pues se presta a releerlo o a consultarlo de forma esporádica cuando nos encontremos algo perdidos frente a algunas de las situaciones planteadas. Sin descubrir nada nuevo o que no resulte evidente cuando se ven las cosas con perspectiva, desde fuera o cuando no hay conflicto, posiblemente el libro nos transmite el tipo de mensaje necesario para centrarnos y buscar soluciones cuando nos encontramos dentro de una vorágine destructiva de la que no sabemos salir; ni más ni menos que cuando más necesario nos resulta.

Ficha del libro:
Título: La pareja en familia.
Autores: Rocío Ramos-Paúl y Luis Torres.
Editorial: AGUILAR
PVP: 9,99 € (e-book) 16,90 € (papel)
Fecha de publicación: 04/2016
Páginas: 300
ISBN: 9788403515611
Temáticas: Consejos para padres.
Nota: Conseguí este libro a través de la plataforma Edición anticipada y les agradezco el envío de este ejemplar. No obstante, como cualquier otra reseña del blog, refleja únicamente una opinión personal (e intransferible :) ) que no pretende complacer a nadie; la idea principal del blog es compartir lecturas y pensamientos en torno a los libros y, por supuesto, disfrutar departiendo y compartiendo con otros bibliófilos de pro. 

lunes, 2 de mayo de 2016

Préstamos

Hace ya casi año y medio anunciaba en una entrada del blog que me disponía a dar buena cuenta de tres libros que acababa de sacar de la pequeña biblioteca pública del barrio. Durante 2015 apenas llegué a escribir nada por aquí, aunque lo cierto es que recuperé un ritmo lector que, si bien se alejaba del que mantenía años atrás, sí que venía a ser esperanzador en cuanto a lo que había sido capaz de leer en los últimos tiempos. El blog, como decía, no vino a hacerse eco de estas lecturas, pero sí que fui reseñándolas, o al menos valorándolas, en Goodreads

El tiempo, siempre relativo, está devorando un 2016 en el que estoy manteniendo un ritmo algo más discreto y eligiendo lecturas de lo más variopintas. Tanto que si llegase a reseñarlas os podríais preguntar qué me estaba pasando, je, je. Lo cierto es que he continuado con la buena práctica de dar uso a la biblioteca pública, un hábito que tenía casi olvidado y que ciertamente no debería haber dejado de lado nunca. Y son estos encuentro e improvisaciones lectoras los que me dan pie a escribir esta entrada; a recuperar otra buena costumbre que tampoco tendría que haber abandonado. 

Con un sistema de préstamos informatizado es cada vez más frecuente encontrar bibliotecas donde, junto a los libros retirados en préstamo, nos entregan un pequeño recibo impreso en el que figuran los títulos de los libros y la fecha para su devolución. Estos tiques han venido a sustituir a aquellas fichas de préstamo tan entrañables en las que figuraban los datos del libro junto a una cuadrícula en la que, con mayor o menor acierto, el bibliotecario de turno trataba de acertar en uno de los recuadros con un sello de caucho de dígitos rotatorios que imprimiría la fecha límite de nuestra lectura. Sobra decir que raramente acertaba a grabar la fecha limpiamente en él. 

Recuerdo con cariño los libros que pedía en préstamo en la biblioteca del colegio en que cursé la ya casi olvidada EGB y donde contábamos con una ficha de lector que se intercambiaba con la del libro en cuestión cuando lo solicitábamos. En aquel caso, siguiendo el sistema Newark, nuestra ficha era sustituida en el fichero de libros por la del libro retirado y la de este introducida en la bolsita de papel destinada a tal efecto y que permanecía pegada a las guardas del libro. En ella, como decía, se imprimiría la fecha de devolución. 

Otro tanto ocurría con los libros de la biblioteca pública del pueblo, aunque como allí podíamos sacar incluso dos títulos por aquél entonces y la ficha de lector ya no era tal, sino un flamante carné, los datos del préstamo se copiaban en un mamotreto de folios grapados donde se resumían los datos de la operación: Fulanito de Tal, con n.º de lector cual, retira el libro con signatura equilicual con su correspondiente título. Y en la ficha de préstamo del libro, o incluso en la correspondiente bolsita de papel, que solía llevar impresa también la cuadrícula, ¡plaf!, se estampaba la fecha. 

Ya lo hacía por aquél entonces y vuelvo a hacerlo ahora, cuando saco libros de una biblioteca pública que permite leer su historia. Porque, al igual que ocurre con los libros de segunda mano, los libros de las bibliotecas tienen su historia y se nos permite fantasear con ella cuando tenemos suficientes datos para hacerlo. La mala costumbre de doblar las esquinas nos permiten saber si los lectores pretéritos detenían su la lectura entre capítulos o si los leían ordenadamente y solo finalizaban la lectura al acabar uno de ellos. La no mucho mejor costumbre de subrayar o anotar libros que no son nuestros nos permitía saber si algo llamó su atención especialmente. Yo, he de confesarlo, en ocasiones corregí alguna errata anotando la letra, tilde o palabra correctas; eso sí, con lápiz, si sirve en descargo de mi persona. 


Una de mis ensoñaciones preferidas cuando de libros de biblioteca se trata viene dada precisamente por las fichas de préstamo o, en su defecto, por las bolsitas de préstamo, si están presentes y siguen siendo usadas. En ellas podemos ver la historia del libro y saber si fue muy demandado en una determinada época —habitualmente cuando fue publicado, cuando estrenaron la película basada en él, cuando murió su autor...— o si durmió en su balda durante años el sueño del olvido, de la inapetencia o del desconocimiento. 

Por ejemplo, a mi lado tengo el libro La loca de la casa, de Rosa Montero (a él pertenece la fotografía que acompaña esta entrada), y puedo ver que en 2003 —fecha de su lanzamiento— fue retirado con cierta frecuencia, una vez al mes salvo en diciembre, y que en 2004 aún todavía lo sacaban con cierta asiduidad, incluso varias veces al mes; puede que en alguna ocasión debido a una renovación, al mediar un par de semanas entre las fechas, y otras desde luego que no, al estar más o menos espaciadas. Después el ritmo lector menguaría, pasando a dos lecturas en 2005 y otras dos en 2006 para acabar en una única en 2007. En 2010, por ejemplo, no lo sacó nadie de la biblioteca, al igual que en 2014. Y este año soy su primer lector. 

La frecuencia de los préstamos dependerá mucho del libro, por supuesto. Recuerdo los días en los que la bibliotecaria de Santa Fe arrancaba uno de estos sobres, repleto completamente de fechas, y pegaba sobre el lugar en el que se adivinaba la marca de pegamento una nueva para comenzar de nuevo con una historia de lecturas que imaginar. Ahora, que estoy disfrutando de esta suerte de ensayo autobiográfico repleto de amor por el oficio de escribir, me decido a recuperar el placer de imaginar —porque «la imaginación es la loca de la casa», como dijera Santa Teresa de Jesús— con él y su historia de lecturas, y de escribir sobre ello.

¡Feliz lectura!

viernes, 8 de mayo de 2015

El club de las buenas lecturas

En los últimos meses he llegado a sentirme relativamente satisfecho con el ritmo que he llegado a imprimir a mis lecturas. No es una satisfacción plena, en absoluto, pero sí que puedo considerar meritorio haber vuelto a leer como no lo hacía desde tiempo atrás.

Algo de mérito tiene la red social Goodreads, un punto de encuentro entre libros y lectores que ha servido para organizarme y no abarcar demasiadas lecturas a la vez y ha supuesto el aliciente que necesitaba para retarme a mí mismo y para ir descubriendo nuevas lecturas a partir de las actualizaciones que realizan otros lectores.

A lo anterior ha venido a sumarse la iniciativa de hacer uso de la biblioteca pública de un barrio aledaño al que ahora nos acoge. Cierto es que tengo en casa numerosos libros esperando ser leídos. ¿Qué puede aportarme entonces una biblioteca pública? Muchas cosas, en verdad. La obligación de no empezar demasiados libros a la vez, tanto por el límite de préstamos como por la fecha límite para devolverlos; la frescura de ir de caza a la aventura, algo que tenía muy olvidado, y que no consiste en otra cosa que dejarse llevar entre los estantes, acariciar los lomos, observarlos, sacar ese libro que te llamó la atención por su título, color o tamaño, observar su portada, hojearlo y, finalmente, volver a dejarlo en su lugar o, por contra, tomarlo y llevarlo con nosotros.

Sin embargo, nada de esto lo he venido a trasladar al blog. Sigo, no termino de encontrar el motivo, en dique seco. Me apetece escribir, tengo historias que me gustaría contar, se me ocurren ideas pero no termino de encontrar el momento de plasmarlas ni la voz con las que contarlas. De hecho, la primera entrada del año Así que me he planteado enlazar desde aquí mi perfil de Goodreads por si os interesa, por si queréis saber  qué derroteros siguen mis lecturas y, sobre todo, por si os interesa la red social o, si ya formáis parte de ella, queréis decírmelo por si no os he encontrado y agregado como amigos antes.

Y, con esto, os deseo un fin de semana repleto de buenas y felices lecturas.

jueves, 1 de enero de 2015

Año nuevo, entrada nueva

Alguna vez he hablado en el blog de la «caza» de libros. Recorrer librerías tratando de encontrar ese título que tenemos en busca y captura desde hace tanto. Rastrear Internet en un desesperado intento de localizar un libro que deseamos leer y que aparece como descatalogado desde hace tanto tiempo. También hemos tratado en alguna ocasión sobre el instinto que nos hace fijarnos en una determinada portada, en un título, en esa sinopsis que leemos en la contraportada o en las solapas de un libro que vemos en un estante, que tomamos en nuestras manos y que sabemos que vendrá con nosotros lo queramos (y, en verdad, lo queremos) o no. 

Creo, sin embargo, que no he hablado antes por aquí de una forma ciertamente errática, azarosa, que ponía en práctica hace tiempo, para elegir algunas de mis lecturas. Tiempo atrás solía ir mucho más a la biblioteca pública de lo que lo hago ahora. Un hábito que deseo recuperar, por otra parte, ya que creo que nuestras bibliotecas merecen todo nuestro apoyo y que requieren de los lectores para seguir abiertas. El caso es que, con esto de vivir relativamente lejos de la Biblioteca Provincial de Málaga, únicamente de cuando en cuando me animo a acudir a la misma para sacar algunos libros, casi siempre previa consulta del catálogo bibliográfico en línea. A tiro hecho, como suele decirse. Cuando vivía en Granada solía ir a la biblioteca de mi pueblo y a la provincial de Granada, pero es cierto que aquí, en Málaga, teniendo un par de barrios con biblioteca cerca, no tengo perdón a este respecto. 

Volviendo al hilo principal de esta entrada, que, para ser la primera de 2015, ya estoy desvariando demasiado, os decía que tenía una forma particular de elegir algunas lecturas. Se trataba, simplemente, de deambular erráticamente entre las estanterías de la biblioteca, sacando libros al azar, echándoles un ojo, leyendo su argumento, o la breve reseña biográfica del autor, o algunas páginas al azar. Si el libro me llamaba la atención por un motivo u otro, se venía conmigo a casa. Si no, lo devolvía a su sitio y proseguía con mi práctica. De esta forma, podía encontrarme con lecturas abominables o descubrir maravillosas historias. Incluso algún filón-autor habré descubierto así. ¿Y vosotros? ¿Os dejáis llevar por el instinto a la hora de elegir lecturas de algún modo similar?

El caso es que hace unos días acudí a la biblioteca de la Colonia de Santa Inés. Una biblioteca de barrio pequeñita, ubicada en un edificio encantador de tejas azules y verdes, con apenas una sala de lectura donde, en las estanterías apoyadas contra sus cuatro paredes, podemos encontrar todos los fondos que posee. Pero, incluso así, tiene una interesante diversidad que ofrecer a sus lectores. De esa visita traje conmigo tres libros que constituyeron las últimas lecturas de 2014 y que darán pie a las tres primeras reseñas de 2015 en el blog. En los próximos días las tendréis por aquí, deseando animar esta bitácora que, durante el año pasado, estuvo demasiado silenciosa.


Mientras tanto, os dejo en buena compañía. La de la lectura que hayáis elegido para iniciar este día. 

¡Feliz Año Nuevo!

martes, 26 de agosto de 2014

La mirada, el gato y el reloj

Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan. 
«Un siglo», dos breves palabras para designar un largo periodo de tiempo, al menos en la escala de vida humana. Un siglo, decía, ha transcurrido desde que un 26 de agosto naciese en Bélgica el autor argentino y ciudadano universal Julio Cortázar. Aterra medir el paso de un tiempo que vuela, que se escurre entre nuestros dedos como si fuese agua, especialmente si lo hacemos con el inmortal reloj que nos regaló en sus cuentos, instrucciones y garantía de por vida incluidas, pero reconforta el vínculo que mantenemos con el autor, con su obra, su singular visión del mundo y su rompedora literatura. 

En mi caso, podría afirmar que conocí a Cortázar gracias a sus Historias de cronopios y de famas o a ese maravilloso librojuego para adultos que es y no es Rayuela, pero estaría mintiendo. Conocí a Cortázar sin saber que estaba leyéndole a él, pues fue gracias a su genial traducción de los cuentos de Edgar Allan Poe, uno de mis autores de cabecera, uno de mis preferidos durante la infancia. 

La labor de Cortázar como traductor de Poe fue ingente. Vivía por aquel entonces en París, y el encargo de la Universidad de Puerto Rico suponía un alivio a las penurias económicas por las que pasaba. Tanto fue así que decidió trasladarse a Roma mientras realizaba el trabajo. Tras pasar varios meses traduciendo los originales, Cortázar envió el fruto de su trabajo por barco. En su correspondencia se dirige a Damián Bayón para afirmar: «¡No sabes qué suspiro di al enterarme por tu carta que los paquetes habían llegado! Todo este tiempo estuve temiendo vagamente que alguno de los paquetes se perdiera, y se pusiera verde por la humedad, o una rata se comiera un pedazo… la sola idea de tener que rehacer un pedazo me daba nausea». Transcurría julio de 1954, y por aquel entonces no existía ni tan siquiera la fotocopiadora con la que preservar su trabajo, aunque se me pasa por la cabeza cómo no usó el papel carbón para salvaguardar una copia de tan ingente labor. 

Pero el envío llegó incólume a su destino y, gracias a ello, los lectores en español tenemos una traducción tan digna de la obra de Poe como la que Baudelaire vertió al francés, además de un Cortázar curtido en la traducción y que tanto aprendió del maestro estadounidense: «traducir a Poe es una gran experiencia, y me he divertido mucho», llegaría a afirmar, aunque su amor por él venía de mucho antes. «Yo desperté a la literatura moderna cuando leí los cuentos de Poe, que me hicieron mucho bien y mucho mal al mismo tiempo. Los leí a los 9 años y por Poe viví en el espanto, sujeto a terrores nocturnos hasta muy tarde, en la adolescencia. Pero Poe me enseñó lo que es la gran literatura y lo que es el cuento». A los nueve años, como yo. Gloriosa coincidencia… 

Hablando de coincidencias, me llama poderosamente la atención lo que llegó a afirmar sobre Poe y Baudelaire. Durante su labor de traducción, contó con el texto de la de Baudelaire como referencia. Conocía su figura, su particular visión sobre la vida y la literatura, y así lo deja a las claras en el libro de conversaciones con Ernesto González Bermejo: 
Baudelaire se obsesionó bruscamente con los cuentos de Poe a tal punto que la famosa traducción que hizo fue un tour de force extraordinario, ya que no era nada fuerte en inglés y en la época no había diccionarios con modismos norteamericanos.
Sin embargo Baudelaire, con una intuición maravillosa, jamás falla. Incluso cuando se equivoca en el sentido literal, acierta en el sentido intuitivo; hay como un contacto telepático por encima y por debajo del idioma. Y todo esto lo he podido comprobar porque cuando traduje a Poe al español siempre tuve a mano la traducción de Baudelaire.
Pero hay más: si usted toma las fotos más conocidas de Poe y de Baudelaire y las pone juntas, notará el increíble parecido físico que tienen; si elimina el bigote de Poe, los dos tenían, además, los ojos asimétricos, uno más alto que otro.
Y además: una coincidencia sicológica acentuadísima, el mismo culto necrofílico, los mismos problemas sexuales, la misma actitud ante la vida, la misma inmensa calidad de poeta.
Es inquietante y fascinante pero yo creo -y muy seriamente, le repito- que Poe y Baudelaire eran un mismo escritor desdoblado en dos personas. 
Lo curioso es que yo pensé lo mismo... y fui más allá. Hace tiempo me rondaba por la cabeza un cuento que no llegué a escribir finalmente. Era, más allá de un relato sobre la doble personalidad, sobre nuestro yo en otros, una historia sobre la figura reencarnada, sobre la literatura como canal de comunicación y de vida más allá de la vida. Porque si para Cortázar Poe y Baudelaire eran una misma persona, para mí Cortázar constituía una nueva vuelta de tuerca a esta idea.


El parecido es más que evidente, ¿verdad? Esa mirada penetrante, esos ojos asimétricos, extraños, llamativos. Genios de las letras que llegaron a tocar las fibras más sensibles en nuestro interior y exploraron como nadie los vastos territorios de la literatura fantástica. Unidos para siempre por unos cuentos y poesías (los de Poe, autor y traductores) que a muchos nos han embelesado y atrapado para siempre.

En ese cuento mío que no llegó a ser, el escritor, que era uno y todos a un tiempo, adoraba a los gatos. Las miradas felinas pueden no ser tan asimétricas, pero parecen capaces de ver más allá de lo que solemos observar por mor de esta miopía que nos impone la realidad. Imagino a Cortázar con un gato negro con una mancha blanca en el pecho. Acaricia su cuello mientras el gato ronronea sobre sus rodillas, los ojos entrecerrados y lo que podríamos tomar por una sonrisa en los labios. En la muñeca del escritor asoma un reloj, puede que un regalo por su centésimo cumpleaños, marcando siempre la misma hora, como si no le hubiesen dado cuerda, como si no transcurriese el tiempo.

Como él mismo dijo en «El perseguidor»,
Si encontráramos la manera podríamos vivir mil veces más de lo que estamos viviendo por culpa de los relojes, de esa manía de minutos y de pasado mañana...
Leed, leed a Cortázar; parad el tiempo con sus textos, leedlos como si no hubiera un mañana aunque seguirán vivos por siempre.

Os dejo con tres textos, con tres escritores y con una idea.

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Julio Cortázar, en Historias de cronopios y de famas.
 L'Horloge

Horloge! dieu sinistre, effrayant, impassible,
Dont le doigt nous menace et nous dit: «Souviens-toi!
Les vibrantes Douleurs dans ton coeur plein d'effroi
Se planteront bientôt comme dans une cible;
Le Plaisir vaporeux fuira vers l'horizon
Ainsi qu'une sylphide au fond de la coulisse;
Chaque instant te dévore un morceau du délice
À chaque homme accordé pour toute sa saison.
Trois mille six cents fois par heure, la Seconde
Chuchote: Souviens-toi! — Rapide, avec sa voix
D'insecte, Maintenant dit: Je suis Autrefois,
Et j'ai pompé ta vie avec ma trompe immonde!
Remember! Souviens-toi! prodigue! Esto memor!
(Mon gosier de métal parle toutes les langues.)
Les minutes, mortel folâtre, sont des gangues
Qu'il ne faut pas lâcher sans en extraire l'or!
Souviens-toi que le Temps est un joueur avide
Qui gagne sans tricher, à tout coup! c'est la loi.
Le jour décroît; la nuit augmente; Souviens-toi!
Le gouffre a toujours soif; la clepsydre se vide.
Tantôt sonnera l'heure où le divin Hasard,
Où l'auguste Vertu, ton épouse encor vierge,
Où le Repentir même (oh! la dernière auberge!),
Où tout te dira Meurs, vieux lâche! il est trop tard!»
Charles Baudelaire

It was in this apartment, also, that there stood against the western wall, a gigantic clock of ebony. Its pendulum swung to and fro with a dull, heavy, monotonous clang; and when the minute-hand made the circuit of the face, and the hour was to be stricken, there came from the brazen lungs of the clock a sound which was clear and loud and deep and exceedingly musical, but of so peculiar a note and emphasis that, at each lapse of an hour, the musicians of the orchestra were constrained to pause, momentarily, in their performance, to hearken to the sound; and thus the waltzers perforce ceased their evolutions; and there was a brief disconcert of the whole gay company; and, while the chimes of the clock yet rang, it was observed that the giddiest grew pale, and the more aged and sedate passed their hands over their brows as if in confused reverie or meditation. But when the echoes had fully ceased, a light laughter at once pervaded the assembly; the musicians looked at each other and smiled as if at their own nervousness and folly, and made whispering vows, each to the other, that the next chiming of the clock should produce in them no similar emotion; and then, after the lapse of sixty minutes, (which embrace three thousand and six hundred seconds of the Time that flies,) there came yet another chiming of the clock, and then were the same disconcert and tremulousness and meditation as before.

«La Máscara de la Muerte Roja», Edgar Allan Poe.
Podéis encontrar más información en los siguientes enlaces:


En cuanto a los textos usados, podéis encontrar originales y traducciones en:

domingo, 24 de agosto de 2014

Las manos del padre

Las manos de mi padre tienen un tacto de madera serrada: hace nada las mías eran engullidas por su recio apretón como los cabritillos blancos del cuento en las fauces del lobo. Las manos de mi padre son anchas, oscuras, de dedos muy gruesos y uñas grandes, con los filos muchas veces rotos. Escarban la tierra recién removida por un golpe del azadón hasta sacar de ella un racimo de patatas. Arrancan cebollas con sus cabelleras de raíces y de barro, palpan delicadamente entre las hojas de una mata de tomates buscando los que ya están maduros y con cuidado de no dañar los largos tallos quebradizos de los que ya se han henchido en la sombra fragante de las hojas pero todavía no empiezan a adquirir color. Las manos de mi padre aprietan la cincha sobre la panza del mulo para que la albarda y el serón no vuelquen con el peso de la carga y tiran sin esfuerzo aparente de la soga de la que cuelga un gran cubo de estaño rebosante de agua, sobre el brocal del pozo. Empuñan hoces, atan con hilos de esparto grandes haces de espigas, palpan el peso y la textura de una sandía para saber si estará roja y reluciente cuando se abra por la mitad con un crujido de la cáscara, arrancan malas hierbas sin que las hieran los pinchos de los cardos ni el líquido venenoso de las ortigas. Las manos de mi padre se juntan en un cuenco del que rebosa el agua cuando se inclina para lavarse en el corral sobre una palangana, y luego se restriegan sobre su cara con un fragor vigoroso, y parecen todavía más oscuras por contraste con la toalla blanca con la que está secándose. Y sin embargo se vuelven torpes, lentas, premiosas, cuando sujeta un bolígrafo o un lápiz entre sus dedos y tiene que firmar algo o que escribir una lista de números, y apenas aciertan a marcar un teléfono, las pocas veces que ha tenido que hacerlo: el dedo índice demasiado grueso no cabe bien en el círculo hueco del dial, y la mano tan poderosa se queda acobardada y retraída ante los botones de cualquier aparato, o se enreda en el momento de pasar las hojas de un periódico o de un libro. Incluso cuando el trabajo y la intemperie las han fortalecido, mis manos no se parecen nada a las de mi padre, igual que mi figura que se ha vuelto desgarbada y flaca en los últimos tiempos no tiene nada que ver con la suya, recia, ancha, sólidamente aposentada sobre la tierra. De pronto soy más alto que él, y mis manos y las suyas hace ya mucho que dejaron de encontrarse. Debería uno conservar el recuerdo de la última vez que caminó de la mano de su padre.
Antonio Muñoz Molina, El viento de la Luna.
La fotografía de las manos está tomada del blog Redtree Times.

sábado, 23 de agosto de 2014

Balada del que nunca se fue de Granada

Afirmaba Miguel Delibes que una novela se construye en torno a un hombre, un paisaje y una pasión, y justamente nos encontramos con estos elementos en la última novela de Luis García Montero, Alguien dice tu nombre. León Egea, un joven estudiante de Filosofía y Letras, permanece en Granada tras acabar el curso gracias al trabajo de comercial de enciclopedias que consigue en una pequeña editorial. Lejos quedarán las imágenes de su pueblo natal, sustituidas por las del paisaje de la tórrida ciudad que acusaba una pertinaz sequía en el verano de mil novecientos sesenta y tres, y que veremos a través de sus ojos y de su pluma. Porque la pasión de León es la literatura, y su profesor Ignacio, que le brindó la oportunidad de trabajar en la editorial que publicara tiempo atrás alguno de sus libros, le insta a observar cuanto le rodea, a desarrollar la mirada del escritor y a conseguir plasmar con lenguaje literario sus experiencias estivales. 


A través del cuaderno de León conoceremos las instalaciones de la editorial, sita en la calle Lepanto de Granada, justo sobre el bar homónimo donde un calendario cambió su función de actuar como notario del paso del tiempo por la de mudo testigo de una fecha pasada. Nos presentará a Vicente, el comercial que introducirá a León en el mundo de las ventas de una singular enciclopedia que les llevará a recorrer capital y provincia, paisaje y paisanaje. Conoceremos a Consuelo, una eficaz secretaria que brindará a León la oportunidad de realizar un viaje iniciático sin retorno y que constituirá su mayor desvelo. Recorreremos las calles de una ciudad que enamora a quienes la conocen, la Granada de hace cincuenta y un años, tan distinta y tan parecida a un tiempo a la que recuerdo de mi propia época de estudiante, de mi vida en ella. Pero no será Granada el único paisaje de la novela, sino que acompañaremos a León a su pueblo para recordar sus enfrentamientos con el cacique local, así como conocer a Pedro el Pastor, a sus padres y a su tía Rosario, su más íntimo refugio. 

Alguien dijo que quien lee vive muchas vidas, no una sola, y que con cada lectura nos adentramos en un mundo distinto, en un universo propio. Más que eso, pienso que con cada libro que leemos sumamos una pequeña neurona a nuestro cerebro literario personal. Incluso varias, si es un buen libro, si tiene múltiples lecturas o volvemos a él con frecuencia. Estas neuronas no están aisladas las unas de las otras, sino que van entretejiendo entre ellas una maraña de sinapsis, de axones que nos guían de una lectura a otra, que evocan lecturas pasadas, que nos invitan a lecturas futuras. Cuanto más leemos, más enriquecemos este cerebro, más eficiente se torna, más conexiones se establecen entre sus neuronas y más disfrutamos con la lectura. 

Alguien dice tu nombre ha dejado en mi cerebro literario una brillante neurona que se ha conectado de inmediato con Baroja, con Ganivet, con Marsé. Con la Granada literaria de Irving y con la de Lorca, con la poesía de este y con la de Alberti. Alguien dice tu nombre es una novela que, os lo aseguro, no deberíais dejar pasar de largo. 
Buscar libros, leer y estudiar son modos muy útiles de participar en una resistencia. Depende de las páginas que seleccionemos y de las ideas que seamos capaces de defender. Las costumbres imperantes son tan penosas como una comisaría saturada de detenidos. Necesitamos buscar otras palabras, otras miradas, otros sentimientos, aunque después haya que quemarlo todo.
Os dejo invitándoos a leer la novela acompañados por la poesía de Alberti y la voz de Paco Ibáñez.


Las fotografías de Granada las he obtenido de la página de la policía de la ciudad, aunque desconozco quién es el autor. El fragmento pertenece a la novela reseñada.

viernes, 15 de agosto de 2014

Subrayados fragmentos estivales...


Subrayar o no subrayar, he ahí la cuestión. Debatida una y mil veces, nunca nos ponemos de acuerdo. Algunos amigos subrayan siempre, mientras que otras amigas no lo hacen nunca. Y al revés, amigas que subrayan de cuando en cuando frente a amigos que preferirían cortarse un brazo a trazar con mano temblorosa una línea que macule la página de un libro. Bueno, tal vez sea un poco exagerado, pero el debate está abierto, hay argumentos válidos en cada bando y yo mismo no tengo muy clara mi postura (aunque siempre he sido reacio a subrayar los libros, últimamente hay se dan cada vez más las ocasiones en las que la lectura me impele a hacerlo: Walden es un buen ejemplo de ello, y no soy el único al que le ocurre con este libro. Si no, echad un vistazo por aquí o por aquí).

Pero bueno, esta entrada no quería ser más que un subrayado virtual de otro fragmento del libro al que pertenece el de la fotografía: Alguien dice tu nombre, la preciosa novela de Luis García Montero que no tardaré en reseñar por aquí. He coincido en el tiempo aunque no en la época. El agosto de hace cincuenta y un años durante el puente que divide en dos la monotonía de la, durante este mes, desierta Granada, que tanto contrasta con el bullicio que vivimos en Málaga. Os dejo con el fragmento de esta deliciosa coincidencia.
Unas vacaciones dentro de otras vacaciones son demasiadas vacaciones. Sin clases en la Universidad, sin trabajo en la oficina, sin valor para presentarme en casa de Consuelo, las pareces de mi habitación se han convertido en una cárcel. Puedo salir, andar por el piso, entrar en el cuarto de Jacobo, espiar los cajones de Jesús, pero la cárcel sigue conmigo. Puedo hundirme en una novela rusa, disponer de la estepa, de una batalla, de una historia de amor, pero la cárcel sigue conmigo. Puedo abrir la puerta, bajar las escaleras, salir a la calle, cruzar la ciudad, moverme con el descaro de un perro salvaje, pero la cárcel sigue conmigo. Vaya donde vaya, sigue conmigo. Aplazar el encuentro que se teme o que se desea, romperle el tiempo a una obsesión, supone cerrar cada minuto con los barrotes de una celda.
La virgen de la asunción no es una fecha grande en mi pueblo. En Villatoga quemamos todo nuestro fervor el día de santiago. La misa solemne, el sermón de don Bartolomé, la procesión, la banda de música que llega de Jaén y la verbena visten de fiesta el calor del verano. Pero el quince de agosto es un día sin fuerza y sin espuma, entre otras cosas porque don Bartolo va siempre a León hacia la mitad del mes para pasar dos semanas de vacaciones con su familia. Alguien que lleva el nombre de mi ciudad debe portarse de forma muy correcta, mejor que nadie, me exigía cuando era niño. Al principio le caí simpático al párroco de Villatoga gracias a mi nombre. Después también empezó a mirarme con precaución, como a todo el mundo. La verdad es que le gusta regañar, imponer respeto, pero tiene corazón, se porta bien con los desgraciados. Mi madre siempre repite que mira y habla con más prudencia que el alcalde. Cuando se va, mandan a un sustituto desde el obispado, un cura de quita y pon, un adorno para los vecinos. Los fieles acuden a misa el domingo por cumplir y después olvidan los compromisos con la iglesia. El miedo al pecado se marcha de vacaciones en el mismo autobús que don Bartolo y regresa con él, doblado entre las sotanas de su maleta. 
¡Salud!

martes, 12 de agosto de 2014

Lectura canicular


Afirma García Montero en su última novela que las tardes de verano son de los niños; que,​ mientras los padres duermen una merecida siesta, los infantes dedican su tiempo a explorar los alrededores de la casa o del lugar de veraneo, o ​bien ​de un extraño peñasco que se yergue en pleno centro de una remota selva virgen, esto último gracias a las páginas de un libro. En definitiva, ocupan sus soledades, cada cual la que le tocó vivir, de la mejor forma que pueden. 
En verano y a la hora de la siesta, los lugares sólo pertenecen a los niños. Yo he vagado mucho por el corral, por el almacén de la tienda, por los olivos, por las esquinas y los campos solitarios mientras mis padres dormían la siesta. Otros niños se acercan a los muelles, saltan por las rocas del espigón, espían las bibliotecas de sus casas o las salas de máquinas y los camarotes de los barcos. Cada soledad depende de las condiciones de su mundo. 
Si me retrotraigo a mi (cada vez más lejana) infancia, encuentro diversas formas de ocupar ese tiempo que nunca me gustó dilapidar en tierras de Morfeo. Antes bien, lo dedicaba a coger la bicicleta y darme un paseo por las choperas de la Vega, a espiar las desiertas calles donde el sol cegador imprimía en nuestra retina, como si de una fotografía quemada se tratase, calles en las que el calor dibujaba vibrantes espejismos de agua corriente. Por la refracción del aire, sí; no tardaría en buscar explicación a tan curioso fenómeno por el amor que profesaba a la ciencia. 

De cualquier forma, lo más habitual es que intentase escapar al calor sumiéndome en la gustosa penumbra de una persiana bajada, de una cortina corrida, de un libro abierto. Pocas veces eran lecturas profundas ​;​ no está hecho el verano de Andalucía para leer a Dostoievski: 
Y cuanto agoté las fichas, en espera de nuevos encargos, me encerré en los laberintos psicológicos de Dostoievski. ¿No es una novela más propia del invierno?, preguntó Vicente. Yo intenté ponerme pedante pero me dio la risa. Se trataba de una buena ocurrencia. Sí, tenía razón, Dostoievski era una lectura demasiado fuerte para el calor del verano y para un reloj que parecía una oveja ahogada en una poza. 
Recuerdo con especial cariño los cómics (que por aquél entonces seguíamos llamando tebeos) de Mortadelo y Filemón, de Zipi y Zape, de Superlópez y, muy especialmente, de mi querido Agamenón.


También Drácula, Guillermo Brown y sus travesuras, las aventuras de los Mumin, de Jim Botón y Lucas, el maquinista o los misterios de Alfred Hitchcock y los tres investigadores acompañaron aquellas tardes eternas. Todo con tal de combatir el calor y, sobre todo, el aburrimiento de unos días interminables. Ay, el aburrimiento, ¿será un bendito patrimonio de la infancia? Con los años así lo parece. 

Llegarían Verne, Dumas y Salgari, como lo hicieron las novelitas «de a duro» que leía mi abuelo y que empecé a devorar también, aunque me gustaban más las de terror y las de ciencia ficción frente a las suyas, del oeste. Con la ciencia ficción vendrían Asimov y sus incomparables libros de relatos. Cuando empezaba a refrescar (o lo que nosotros entendíamos por eso) y uno podía salir a la puerta de la calle para sentarse en el escalón de la entrada o en una silla, me encanta adentrarme en sus libros de divulgación científica. Guardo con especial cariño su Introducción a la ciencia en dos volúmenes editado por Orbis dentro de la colección «Muy Interesante. Biblioteca de divulgación científica». 

Ahora, mientras el tac, tac, tac, tac, ¡ding! de la máquina de escribir acompaña (no me atrevo a decir que musicalmente) la escritura de este borrador, su sonido me ​traslada a aquellos tiempos en los que también ocupaba mi tiempo escribiendo historias de misterio o de aventuras, posiblemente absurdas y que juiciosamente el tiempo ha sumido en el olvido. Me recuerda quién soy, en qué ocupaba aquel gozoso e irrecuperable tiempo de la infancia, aun con todos mis demonios y mis sueños. Y me invita a no descarrilar, a reencontrarme conmigo mismo y con este blog al que di vida un día y que vuelve a la misma, en sazón, con prometeica voluntad. 

¿Pensáis que existe cierta estacionalidad en la lectura? ¿Qué suponen para vosotros las lecturas veraniegas?

lunes, 21 de julio de 2014

El indestructible

El pasado viernes me encontraba en el autobús releyendo un libro de artículos de Isaac Asimov cuando, inesperadamente, me topé con un viejo conocido. Un texto que recordaba suyo, aunque en una versión más reducida (si mal no recuerdo, uno de esos condensados del Selecciones de Reader's Digest que tenía mi padre en casa, y que no había sido capaz de volver a encontrar). Os dejo con él y después os comento un par de detalles.



El indestructible
Algunos de los cambios más espectaculares que hemos presenciado en el siglo actual tienen que ver con los vehículos para el entretenimiento de los seres humanos.
De las pianolas se pasó a los gramófonos; de «vaudeville» al cine; de la radio a la televisión. A las películas se les añadió sonido; a la radio, imágenes; y a ambas, el color. Y nadie duda de que podamos ir más lejos.
Con el láser y la holografía podemos producir imágenes tridimensionales de mayor definición que la que puede ofrecer cualquier fotografía corriente en dos dimensiones. Las modernas técnicas de grabación en cinta nos permiten editar vídeo-cassettes sobre cualquier tema, de modo que el cliente puede reproducir en cualquier momento lo que le apetezca en su propio televisor.
Cada nuevo invento desplaza a los antiguos en la medida en que el público acude a aquella técnica que le da más. El cine mató al vaudeville, la televisión a la radio y el color al blanco y negro. Las tres dimensiones acabrán sin duda con la bidimensionalidad, y las cassettes puede que maten a la televisión de masas, dirigidas al gran público.
¿Cuál es la tendencia general? ¿A qué se llegará en último término?
En cierta ocasión asistí a una exhibición de cassettes de TV y me saltó a la vista lo voluminoso y caro que era el equipo auxiliar necesario para descodificar la cinta, llevar el sonido hasta los altavoces y proyectar la imagen sobre la pantalla. No hay duda de que las mejoras vendrán por el lado de la miniaturización y de la mayor complejidad, que es el  mismo proceso que en años recientes nos ha proporcionado radios, cámaras, computadores y satélites más pequeños y compactos.
Es posible que el equipo auxiliar disminuya de tamaño y acabe por desaparecer. La cassette se convertirá en un objeto autónomo que contenga la cinta y todos los mecanismos necesarios para producir el sonido y la imagen.
La miniaturización hará que la cassette sea cada vez más manejable y ligera, hasta poderla llevar casi bajo el brazo. Y su funcionamiento requerirá también cada vez menos energía, hasta rozar casi el ideal último de no consumir ninguna.
Una cassette ordinaria produce sonidos y proyecta luz, porque ese es precisamente su propósito. Pero ¿por qué invadir la esfera de otras personas ajenas a ellos? La cassette ideal sería visible y audible para la persona que la está utilizando, y para nadie más.
Las cassettes que existen hoy necesitan, como es lógico, una serie de mandos: un botón de encendido y apagado y otros para regular el color, el volumen, el brillo, el contraste y demás. La dirección del cambio será, naturalmente, hacia una simplificación de los controles. En último término habrá un solo botón... o quizá ninguno.
Cabría imaginar una cassette que estuviese siempre perfectamente ajustada, que empezara a funcionar automáticamente en cuanto uno la mirara, que se parara automáticamente en cuanto uno dejara de mirarla; que pudiera avanzar o retroceder deprisa o despacio, a saltos o con repeticiones, a placer del usuario.
Qué duda cabe que ése es el aparato de nuestros sueños; una cassette que puede contener información sobre infinitos temas, del mundo de la ficción o del real, que es autónoma, manejable, parsimoniosa en el consumo de energía, perfectamente privada y sometida en gran medida al control de la voluntad.
¿Será sólo un sueño? ¿Tendremos algún día una cassette así?
La respuesta es un sí rotundo. No es que la vayamos a tener algún día, es que la tenemos ya; para ser más exactos: existe desde hace siglos. El ideal que he descrito es la palabra impresa: la revista, el libro, el objeto que tiene Vd. en sus manos; un objeto ligero, privado y manipulable a voluntad.
¿Piensa Vd. que el libro, a diferencia de la cassette que he descrito, no produce sonidos e imágenes? Pues se equivoca.
Es imposible leer sin oír las palabras en la mente y sin ver las imágenes que producen. Y con la ventaja de que son sonidos e imágenes propios, no inventados por otros.
Las imágenes y el sonido que ofrecen todos los demás medios de entretenimiento son «congelados», y tienen un nivel de detalle que mejora con el avance de la tecnología. El resultado es que los medios exigen cada vez menos del usuario. Incluso se insertan cuñas musicales y risas pregrabadas para elicitar determinadas emociones en el cliente sin esfuerzo de su parte. La persona a quien le cuesta leer (y a la mayoría le cuesta) recurrirá a estos productos «congelados», y seguirá siendo un espectador pasivo.
La palabra impresa, por el contrario, presenta un mínimo de información. Todo lo demás por encima de ese mínimo tiene que ponerlo el lector: la entonación de las palabras, la expresión de los rostros, la acción y el escenario han de ser extraídos de estas sartas de símbolos en blanco y negro. El libro es una empresa compartida entre el escritor y el lector, como ninguna otra forma de comunicación puede serlo.
Si Vd. pertenece, por tanto, a esa pequeña y afortunada minoría para quienes la lectura es fácil y agradable, el libro, en cualquiera de sus manifestaciones, será para Vd. irreemplazable e indestructible, porque exige participación. Por muy agradable que sea el papel de espectador, participar siempre es mejor.
Isaac Asimov, ¡Cambio! 71 visiones del futuro.

¿Sorprendidos? Conforme leía el artículo (que está fechado a mediados de los años 70 del pasado siglo XX), pensaba en los avances tecnológicos que habían puesto en nuestras manos el walkman, los reproductores MP3 y, recientemente, móviles inteligentes y tabletas que integran todo cuanto este visionario autor reflejaba en el artículo. Todo para llegar al libro, a ese magnífico e irreemplazable instrumento, maravillosa puerta a otros mundos y a todos los saberes. Cuando llegué a ese instante comprendí que había encontrado el texto original que recordaba y que siempre quise compartir en el blog. Un motivo más para sentarme a escribir y recuperarlo (poco ahora, más en poco tiempo), ahora que vuelvo a leer con relativa normalidad y a disfrutar con la lectura, acabando libros, tomándolos por el mero placer de hacerlo.

¡Feliz lectura!

domingo, 23 de febrero de 2014

Reto: Keep calm and read in English 2014


Aunque en la última entrada de mi Andanzas de un trotalomas contaba algunos de los logros que había alcanzado en 2013, lo cierto es que hay una espinita que llevo clavada desde hace años que es más grande y dolorosa que la que aquejaba a Platero en ese memorable capítulo del libro de Juan Ramón Jiménez: mejorar mi pésimo nivel de inglés. Esto, más que un deseo se tornó en necesidad, y lo cierto es que hasta la fecha no he conseguido ni mejorar los suficiente ni romper con la frustrante sensación de que soy un verdadero inútil cuando hablamos de otras lenguas que no son la materna. 

A diario tengo que enfrentarme con el inglés en el trabajo, y lo hago más mal que bien, aunque la lectura no es el mayor de los problemas ya que los textos técnicos no suelen entrañar una gran dificultad ni de vocabulario ni por los tiempos verbales usados. Así que cuando Isi inició sus Readethones pensé en inscribirme a alguno, aunque finalmente no lo hice, pero la edición de 2014 de este reto de lectura decidí no dejarla pasar y comenzar con la variedad cortita, de 10 libros, que para empezar ya está bien.

El caso es que he ido posponiendo el momento y, por el camino, he ido incitando a otros amigos de la red  a inscribirse, como a @mclasartec o a @blogpueblerino (que deberíais seguir en Twitter, igual que a @IsiOrejas, no os digo más) mientras que yo iba dejando pasar el tiempo. Se acabó. Isi me dijo que me daría una colleja si el domingo no estaba aquí esta entrada, así que, dicho y hecho, ha sido lo primero que me he puesto a hacer el domingo, antes incluso de desayunar. 

¿No os animáis a compartir lecturas y sensaciones, esta vez en inglés y con un reto por delante? ¡Venga, decid que sí! Las reglas están en la entrada de From Isi que os dejo enlazada

¡Feliz lectura!

viernes, 22 de noviembre de 2013

El cénit de la vida

Hace 97 años, John Griffith Chaney, más conocido como Jack London, dejaba el mundo de los vivos. Su nombre evoca en mí la aventura en el Klondike, entre buscadores de oro fracasados y lobos hambrientos, lecturas caninas (en todo su espectro semántico) de infancia y juventud. Libros que me marcaron y una forma de ver la vida que, de algún modo, vinculo a las inmensas extensiones que se abren ante nosotros dispuestas a devorarnos o a darnos la oportunidad de nuestras vidas. Son unas tierras como las que Conan, tan individualista como lo fuera London en su juventud, recorre mientras suena esta música en nuestros oídos.


Son las heladas extensiones en las que alguien tan distinto y a la vez tan similar a London, y que marcaría también mi vida, perdió la suya: Félix Rodríguez de la Fuente.




Os dejo con un fragmento de la lectura que me tiene atrapado estos días y que, con toda probabilidad, me traiga de regreso al blog. Recuperando los orígenes, las raíces, para que el sol del mediodía no nos abrase. Rindiendo un cumplido y necesario homenaje a mis maestros; Lobo de mar, de Jack London.
—Pero usted que lee a Spencer y a Darwin, y que no fue a la escuela, ¿dónde aprendió a leer y a escribir?
—Cuando estuve al servicio de la marina mercante inglesa. Grumete a los doce años, aprendiz a los catorce, marinero a los dieciséis, marinero de primera y cabecilla del castillo de proa a los diecisiete, con una ambición y una soledad infinitas; nunca recibí ninguna ayuda, ni la menor muestra de afecto de nadie. Todo lo aprendí por mí mismo: navegación, matemáticas, ciencias, literatura y lo que fuere. ¿Y de qué me ha servido? Soy capitán y propietario de un barco en el cénit de mi vida, como tú dices, cuando empiezo a declinar y a morir. Una lástima, ¿verdad? Cuando el sol llegó al mediodía, me abrasó, y como no tenía raíces, me marchité.
—La historia habla de esclavos que llegaron a los más altos puestos —objeté.
—También habla de las oportunidades que tuvieron esos esclavos —contestó, inexorable—. Ningún hombre crea sus oportunidades. Todo lo que hicieron los grandes hombres fue saber cuándo había llegado su momento. El corso lo supo. Yo he soñado tanto como él. Habría sabido cuál era mi momento, pero nunca se presentó. Las zarzas crecieron y me ahogaron. Ten la seguridad, Hump, de que sabes sobre mí más que cualquier otro ser viviente, con la excepción de mi hermano.
—¿A qué se dedica? ¿Dónde está?
—Es cazador de focas, patrón del vapor Macedonia —dijo—. Posiblemente nos lo encontremos en las costas del Japón. Le llaman Muerte Larsen.
—¡Muerte Larsen! —exclamé involuntariamente—. ¿Se parece a usted?
—Muy poco; es un pedazo de animal sin nada sobre los hombros. Tiene toda mi…
—¿Brutalidad? —sugerí.
—Sí, gracias por la palabra; toda mi brutalidad, pero apenas sabe leer ni escribir.
—Y nunca ha reflexionado sobre el sentido de la vida —añadí.
—Nunca —repuso Lobo Larsen con un indescriptible tono de tristeza—. Por eso es más feliz, porque no se ha preocupado por la vida. Está demasiado ocupado viviéndola para andar reflexionando sobre su sentido. Mi error fue abrir un día un libro.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Libros termómetro

Me ronda la cabeza desde hace mucho un tema que quería tratar en el blog (sí, en este espacio aletargado desde hace ya tanto tiempo en el que nos encontramos), y no es otro que el de los libros y las enfermedades. No libros sobre medicina, no, sino libros que nos acompañaron cuando la enfermedad se hace fuerte en nuestro interior y pasamos algunos días postrados en cama, sin muchas ganas de nada pero, ocasionalmente, con los libros brindándonos una compañía impagable. Por ejemplo, en mi memoria la lectura de Tarzán de los monos se asocia inmediatamente con mi infancia, durante unos días de inverno con mis amígdalas dándolo todo y fiebre elevada. 
Sin embargo, esta prolongada ausencia me ha dado una nueva perspectiva desde la que aproximarme a esta entrada. La del libro o, más exactamente, la de la lectura, como síntoma de la enfermedad, ya no del cuerpo, sino (si se me permite la licencia poética) del alma. Aunque en el pasado me había ocurrido en alguna ocasión que se me atragantaba alguna lectura, nunca me había sucedido como hasta este año. Desde mediados de julio hasta principios de noviembre no he sido capaz de acabar un libro con éxito. Empezaba alguno y lo abandonaba cuando llevaba leídas 20 o 30 páginas. Tomaba otro, e igual. Y así con todo tipo de lecturas y relecturas (pues probé de todo) que no conseguían engancharme, que me dejaban proseguir con mi errático deambular de (no) lector. El desinterés, la desgana, la dispersa actitud mental de tener mil cosas en la cabeza y no aprehender ninguna de ellas que viene dada, en buena parte, por un estado de desánimo provocado por muy diversos factores en los que no entraré ahora pero que, al menos alguno de ellos, me gustaría tocar en Andanzas de un Trotalomas, otro de mis abandonados de este año. 
Curiosamente, hace poco más de un mes pude charlar un rato con uno de los bibliotecarios de la Biblioteca Pública de Granada al que no veía desde hacía mucho. Además de alegrarme de volver a verle tras varios años (y es que, desde que vivo en Málaga, puedo ir mucho menos de lo que me gustaría por esa estupenda y nutridísima biblioteca), estuvimos charlando de la situación del país, ese gran tema de ascensor que ha venido a sustituir a la meteorología. Llevaba conmigo un libro sobre fabricación sostenible y otro de relatos de autores rusos, y me contaba este buen hombre que últimamente procuraba no ver las noticias y, cuando lo hacía, buscaba alguna cadena televisiva o emisora radiofónica que no fuese claramente «del Régimen». Además, me decía, ya no leía novela. Únicamente los relatos conseguían colarse en los intersticios de ese desánimo generalizado que nos invade a los que vemos mala salida de esta crisis de valores en la que estamos sumidos y de la que nadie parece acordarse para ponerle remedio. Justamente en los relatos pensaba yo para intentar combatir mi desidia lectora, aunque tuve que coincidir con él en que la elección de los autores rusos no era demasiado afortunada, por más que sus temas casasen a la perfección con nuestro estado anímico. 
Finalmente, hace un par de semanas, conseguí acabar un libro. Había recurrido a Vázquez Figueroa y a su novela breve El perro, cuya adaptación cinematográfica me gustó tanto cuando la vi de niño. Tras leerlo, he acabado con El amante bilingüe, cuya lectura tenía pendiente desde hacía tanto, con Fugitivo, una novela sobre el mundo del lobo y ahora ando embarcado (nunca mejor dicho) en la lectura de El lobo de mar, de Jack London y deambulando entre animales salvajes con Gerald Durrell. De todo ello os hablaré en una futura entrada, si seguís ahí después de tanto tiempo. 
Entretanto, contadme: ¿cómo os afecta el estado anímico en vuestro quehacer lector? ¿Habéis cambiado últimamente vuestros hábitos lectores? ¿Qué hacéis ahí, insensatos, si llevo meses sin escribir? 
Sea como fuere, muy buenas de nuevo y, como siempre, feliz lectura.