martes, 26 de mayo de 2009

Por favor, ¿me presta su toalla?

Ayer se celebró el Día del Orgullo Friki y, por ende, el excelso Día de la Toalla. ¿De qué estoy hablando? Bueno, os pongo en antecedentes.
[…] una toalla es el objeto de mayor utilidad que puede poseer un autoestopista interestelar. En parte, tiene un gran valor práctico: uno puede envolverse en ella para calentarse mientras viaja por las lunas frías de Jaglan Beta; se puede tumbar uno en ella en las refulgentes playas de arena marmórea de Santraginus V, mientras aspira los vapores del mar embriagador; se puede uno tapar con ella mientras duerme bajo las estrellas que arrojan un brillo tan purpúreo sobre el desierto de Kakrafun; se puede usar como vela en una balsa diminuta para navegar por el profundo y lento río Moth; mojada, se puede emplear en la lucha cuerpo a cuerpo; envuelta alrededor de la cabeza, sirve para protegerse de las emanaciones nocivas o para evitar la mirada de la Voraz Bestia Bugblatter de Traal (animal sorprendentemente estúpido, supone que si uno no puede verlo, él tampoco lo ve a uno; es tonto como un cepillo, pero voraz, muy voraz); se puede agitar la toalla en situaciones de peligro como señal de emergencia, y, por supuesto, se puede secar uno con ella si es que aún está lo suficientemente limpia.
El fragmento pertenece a la Guía del Autoestopista Galáctico, un hilarante libro de Douglas Adams que tuvo su origen en una serie radiofónica del mismo autor, y que terminó siendo trasladada a la literatura tiempo después en una “trilogía de cinco libros”, transformada en película; llegó incluso llegó a convertirse en un juego de ordenador (una aventura conversacional o ficción interactiva, algún día hablaré sobre ellas).

La historia se inicia cuando a Arthur Dent intentan expropiarle la casa para derribarla. El Gobierno ha proyectado construir una autopista que pasa justo sobre la casa de Arthur, y cuando éste intenta evitar el derribo tumbándose frente a la máquina excavadora, recibe la visita de su amigo Ford Prefect, que en realidad es un extraterrestre perteneciente a un pequeño planeta en la órbita de la estrella Betelgeuse, y que le insta a animarse bebiendo su última pinta de cerveza: al fin y al cabo, lo que va a ocurrirle a su casa es una nimiedad en comparación con el destino que le espera a la Tierra; situada en medio del trazado de una nueva autopista intergaláctica, los Vogones, constructores del espacio, van a destruirla en breve. Así que tomando su toalla y pocos adminículos más, Arthur Dent parte al espacio exterior en compañía de Ford Prefect y de la insustituible Guía Intergaláctica, compendio del saber de todos los planetas del Universo.

Los libros de Adams son ciertamente surrealistas, críticos como ellos solos y realmente divertidos. Os los recomiendo encarecidamente. Anagrama los tiene en su catálogo editorial, y de hecho está reeditándolos dentro de la colección Compactos a un precio interesante (aunque con una calidad de encuadernado ligeramente inferior al de la edición anterior). Algunos blogs tienen incluso enlaces para su descarga, por si queréis echarles un vistazo antes.

En cuanto al Día de la Toalla, con el que comenzaba la entrada de hoy, se celebra dos semanas después de la fecha de la defunción de Adams, el 11 de mayo de 2001, y constituye un homenaje a su memoria. Todo esto que os cuento tiene un interés mayor al poder anunciaros que cuento con una particular versión de la Guía. Me la regaló ayer mi querida, maravillosa, magnánima e incomparable pareja (creo que hago bien en mencionarlo, so pena de sufrir una tanda de azotes en los comentarios… que no, que en el fondo es muy buena ;) ).


¡Sí! ¡Un Papyre!

Ya os iré contando mis impresiones al respecto, aunque de momento he de admitir que me encanta cómo se ven las letritas en el cacharro este. ¡Qué ilusión!

Pronto… más. ;)

lunes, 25 de mayo de 2009

La Puerta de los Cordeleros

"Después dijeron que aquel hombre había venido desde el norte por la Puerta de los Cordeleros. Entró a pie, llevando de las riendas a su caballo. Era por la tarde y los tenderetes de los cordeleros y de los talabarteros estaban ya cerrados y la callejuela se encontraba vacía. La tarde era calurosa pero aquel hombre traía un capote negro sobre los hombros. Llamaba la atención."
Geralt de Rivia, el personaje creado por el autor polaco Andrej Sapkowski, ha venido a revolucionar la concepción popular existente en torno a la literatura fantástica. Aunque el personaje nació hace más de dos décadas, no ha sido hasta hace poco más de un lustro que el brujo albino campa a sus anchas por nuestro país, de la mano de la editorial Bibliópolis, que tanto ha estado haciendo por renovar la que parecía cansada voz de la fantasía, recogiendo el testigo de la que hasta entonces fuera la editorial de referencia en este género, Minotauro (de Timun Mas, salvo alguna que otra honrosa publicación, mejor ni hablamos). En mi caso descubrí al brujo en la edición que Círculo de Lectores dedicó a sus dos primeros libros de cuentos (El último deseo y La espada del destino). El resto lo seguí en Bibliópolis, una serie de cinco libros -del que falta por publicar el último, que cierra las aventuras de Geralt- que constituyen una única novela (una novela río con todas las letras). Desgraciadamente, debido a una extraña maniobra editorial de Alamut, que está recogiendo prácticamente todo el fondo editorial de Bibliópolis, la publicación de este último título, La dama del lago, se está posponiendo hasta límites realmente vergonzosos, pero evitaré entrar al trapo con este tema.

La prosa de Sapkowski ha venido a traer a las letras polacas la voz de la calle, plasmada singularmente en sus continuos, chispeantes y divertidos diálogos. Claro está, con la traducción este matiz se pierde, pero no deja de permitir entrever la genialidad de los mismos. Desde que comenzó a ser reconocido por la crítica y sus lectores a crecer como la espuma, la obra más famosa de Sapkowski ha inspirado una película, una serie de televisión (no muy buenas, por cierto), un juego de rol y el videojuego The Witcher. En su país se le compara al clásico Stanislaw Lem, lo que dice mucho a su favor, y cuenta con una ferviente masa de seguidores.

El mundo en el que Geralt, de profesión matador de monstruos (el brujo o, en polaco, wièdzmin, un neologismo acuñado por el propio Sapkowski y que ha pasado al habla común, ya que antes de su obra sólo existía en polaco la palabra bruja, en femenino), se desenvuelve, está plagado de referencias a la mitología polaca en particular, y eslava en general. Tomando elementos del western, la novela negra, la fantástica y el mundo real, Sapkowski realiza una labor de introspección que le lleva a desensamblar los añejos cuentos de hadas y referencias populares, para hacerlas más reales y temibles, en un ejercicio de reconstrucción posmodernista. Así, para matar a un dragón, ¿quién llamaría al tonto del séptimo hijo de un viejo labrador? Llamaría a un matador profesional de dragones, y si encima el necesitado es el alcalde, intentaría escamotearle al cazador unas cuantas monedas, lavándose las manos de paso por si algo sale mal. Aquí Caperucita no es tan inocente, ni el lobo tan malo, y en la ciudad, la mayor preocupación para el tabernero son los impuestos que deberá pagar a final de mes.

En este entramado social y político, Geralt sitúa a un brujo, a un mutante matador de monstruos. Geralt, inhumano para todos, posee el corazón más humano de cuantos le rodean. Y sus decisiones no son siempre las mejores ni, obvia decirlo, acertadas. Pero son las suyas, y las toma como lo haría cualquiera. Tolkien, el maestro moderno de la fantasía épica, fue un creador de mitos, llevando a cabo la labor de la Historia de todo un pueblo. Sapkowski, en cambio, recrea a seres tan humanos como nosotros, desdeñando las frases grandilocuentes para acercarnos a una fantasía tan real como necesaria.

A Geralt le acompañará Jaskier, el bardo, un buen amigo metomentodo que en más de una ocasión le pondrá en un brete, y sus andanzas no le llevarán nunca demasiado lejos de la hechicera Yennefer, con la que Geralt mantiene una interesante y tormentosa relación amorosa. Ciri, la “Niña Sorpresa” de Geralt, a la que educará como a un brujo, constituirá un elemento clave en el desarrollo de una trama que, como apuntaba más arriba, aún está por descubrir en el último libro de la serie.

En cierto modo (y esto es una adenda al artículo que escribí sobre Geralt de Rivia hace casi dos años, y que ha servido como base a éste), el libro que ando leyendo en estos momentos, A punta de espada, me recuerda lejanamente a los de Sapkowski. Salvando el estilo, que en Kushner es mucho más elaborado y descriptivo, sus personajes resultan tan cercanos como Geralt, y las intrigas están a la orden del día. Si os sentís cómodos en La Ribera, posiblemente también lo estéis en compañía del brujo. ¿Venís?

Referencias:


viernes, 22 de mayo de 2009

Érase que se era…

Existen fórmulas establecidas sobre cómo debería comenzar un cuento infantil; “érase que se era…” o “hace mucho, mucho tiempo, en un reino lejano…” son, precisamente, dos de estos comienzos típicos. En el caso de las narraciones para adultos, el inicio de la historia, que nos predispone para prestar atención a lo que nos van a contar, no se da de una forma tan encorsetada, y esto es más cierto aún en el caso de la novela. Un comienzo atrayente, que capte la atención del lector, es algo fundamental, y puede marcar la diferencia entre que quien lo hojea decida llevarse el libro consigo o lo deje de nuevo sobre la estantería.

En general, no obstante, los comienzos de las novelas no se quedan en la simplificación que estoy llevando a cabo. Escritos o no con esa intención, no sólo llegan a atraparnos como a moscas en una telaraña, impotentes (y gozosos) de escapar de la trama que se desarrolla ante nuestros ojos y en nuestra imaginación, sino que quedan grabados de forma indeleble en nuestra memoria. Su mero recuerdo despierta en nosotros las maravillas que vivimos en el pasado, nos impulsa a departir con quienes nos rodean, compartir con ellos nuestras impresiones sobre el argumento (“¿recuerdas la ascensión por la chimenea del Stromboli sobre un mar de lava?”, “¡te encantaría el momento en que, echando mano al bolsillo, se pregunta qué es lo que tiene dentro!”), los personajes (“te sorprenderá descubrir la perspectiva de Jaime cuando empiece a hablar con su propia voz”, “sí, los de Dickens son un poco estereotipados, pero dime tú si en aquella época podía ser de otro modo”, “¡Ven, Milana! Milana bonita, ven…”) o el mero placer de la lectura (“te encantará, a mí me atrapó y me pasé la noche entera leyendo. ¡Así vengo con estas ojeras!”).
En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad.
Ante tamaña invitación, ¿quién no pasaría al interior, tomaría asiento y se dispondría a maravillarse con las historias que los libros están dispuestos a contarnos? Hacedlo pues, sentaos y contemplad el mágico mundo de las palabras.

En ocasiones, a nuestro narrador no le queda más remedio que tomar pluma y papel, y consignar en él los hechos increíbles que vivió en su juventud. Así le ocurre al ya anciano monje de El nombre de la rosa, y también al bueno de Jim Hawkins:
El Squire Trelawney, el doctor Livesey y los demás señores me han encargado poner por escrito todo lo referente a la «Isla del Tesoro», de principio a fin, sin dejar otra cosa en el tintero que la posición de la isla, y esto porque aún quedan allí riquezas que no han sido recogidas. Tomo, pues, la pluma en el año de gracia de 17... y retrocedo hasta el tiempo en que mi padre era el dueño de la posada del «Almirante Benbow», y en que el viejo navegante, de moreno y curtido rostro, cruzado por un sablazo, se acomodó como huésped bajo nuestro techo.
¿Quién sería capaz de marcharse sin saber si, en un descuido, el joven Jim nos da alguna pista sobre la ubicación de tan singular ínsula? Al quedarnos escuchando su historia, descubriremos nuevos usos para los barriles de manzanas y algunas de las desventuras de Ben Gunn. Lo que no podríamos saber es que, llegando al puerto para embarcar junto a Jim en la Hispaniola, se nos acercaría un joven muy educado, que antes de nada, comenzaría por presentarse.
Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustituto de la pistola y la bala.
Nos vamos, pues, junto a Jim, con el pensamiento ocupado por las palabras de Ismael. Deberíamos, llegado el momento, intentar saber qué fue de él. Nos esperan peligros y aventuras, peleas a muerte y sin tregua, en las que haríamos bien en contar con el acero afilado y el pulso firme de un buen espadachín. Un hombre curtido en mil batallas y de honor, a pesar de lo que pudiéramos imaginar por su destartalado aspecto.
No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente. Se llamaba Diego Alatriste y Tenorio, y había luchado como soldado en los tercios viejos en las guerras de Flandes. Cuando lo conocí malvivía en Madrid, alquilándose por cuatro maravedís en trabajos de poco lustre, a menudo en calidad de espadachín por cuenta de otros que no tenían la destreza ni los arrestos para solventar sus propias querellas. Ya saben: un marido cornudo por aquí, un pleito o una herencia dudosa por allá, deudas de juego pagadas a medias y algunos etcéteras más.
Alatriste es un hombre valiente, ya lo sabemos, y el filo de su espada habrá acabado, sin dudarlo, con la vida de más de uno de sus coetáneos. Sin embargo, a pesar de mantener la calma en un duelo, no tiene la frialdad necesaria como para proclamarse a sí mismo como asesino.
Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona. Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana. La frase "todo tiempo pasado fue mejor" no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que —felizmente— la gente las echa en el olvido.
Y aunque así no fuese, aunque no cayesen en el olvido, lo cierto es que resulta terrible tener constancia del peso de las palabras, que nos transmiten noticias que nos gustaría ser capaces de borrar de nuestra memoria, ya que podríamos saber de ellas antes incluso que la persona que va a sufrir el impacto de la caída, mientras muere, contra el duro suelo.
El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros.
En estos momentos, cuando caemos hacia la tierra y el sueño eterno de la muerte, y justo antes, cuando contemplamos el frío acero que nos ha de matar, ya sea en forma de punzante cuchillo o afilada bala, el tiempo se estira, demuestra que es flexible, y nos concede la gracia de un último momento en el que recrear la vida que disfrutamos y que está a punto de finalizar.
Hace muchos años, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía, habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos.
El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarías con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos.
Afortunadamente, la naturaleza es sabia, y tras el doloroso momento en que acuchillan nuestro cuerpo, todo se vuelve blando, nos preguntamos qué le ocurre a ese cuerpo que yace rodeado de hombres y mujeres que se rasgan sus vestiduras, sus rostros rotos de dolor. Al fin y al cabo, aquí no se está tan mal.
Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.
Y sabemos que no será nuestra última aventura. Que a pesar de que una lágrima asome a nuestros ojos, tristes y tiernos, en otro momento saldremos de nuevo al camino, con un campesino por compañero y amigo de aquel desgarbado personaje que vemos venir hacia nosotros, con el desaliño y la mirada perdida de los cuerdos.
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera.
Me consta que son muchos más de los que están, por lo que os invito a hacer memoria. ¿Qué comienzos de novela os han marcado de forma tal que seríais capaces de devolver a la mente toda la historia con recitar unas pocas palabras de aquéllos?

miércoles, 20 de mayo de 2009

Pájaro de celda

Vivimos momentos aciagos en los que la luenga sombra de la crisis económica se cierne sobre nuestras cabezas mortales. Podría parecer predestinado, pero lo cierto es que me he acercado ahora y no antes a este libro, que llevaba reposando el sueño de los justos unos años, ya que lo adquirí en una librería de viejo, poco tiempo después de leer Matadero Cinco, del mismo autor –Kurt Vonnegut–, por recomendación de Azote Ortográfico, y que tras sucesivas mudanzas ha visto la luz en las baldas de mi estantería.
E incluso ahora, a la triste edad de sesenta y seis años, noto que aún me tiemblan las rodillas cuando encuentro a alguien que aún piensa que es posible que llegue el día en que habite la tierra una gran familia feliz y pacífica: la Familia del Hombre. Si me conociese ahora a mí mismo tal como era en Milnovecientos Treintaitrés, me desmayaría de respeto y de lástima.
Pájaro de celda narra las desventuras de Walter F. Starbuck, ex consejero de Nixon e implicado en los escándalos de Watergate. Tras abandonar sus ínfulas de comunista al ser nombrado Consejero de Juventud de Nixon, y siendo implicado de forma casual en el caso Watergate, Walter abandona la cárcel para reencontrarse casualmente con un antiguo amor de la adolescencia. Entretanto, nos contará su vida, el devenir de la Norteamérica desde algo antes de la mitad del siglo pasado hasta los años setenta, y todo tipo de tejemanejes políticos y sindicales en el nacimiento de los derechos de los obreros. Todo ello, eso sí, salpicado de las entrañables peripecias de personajes secundarios, familiares de Walter e historias de ciencia ficción escritas por Kilgore Trout, una caracterización-homenaje de Theodore Sturgeon (del que os recomiendo Los cristales soñadores), que ponen en relieve la calidad artística y moral de Kurt Vonnegut, nominado en dos ocasiones al Premio Nobel, aunque falleció sin que le fuese concedido tal galardón. Vonnegut, como autor de ciencia ficción, no tiene precio, ni tampoco parangón. Escribe sus novelas posmodernas con un estilo entrañable, divagando entre diversos temas que, finalmente, confluyen en un argumento sólido que elimina de un plumazo todo atisbo de incongruencia que, en principio, pudiera antojársenos.

Como apuntaba, el libro está plagado de citas memorables. Alguna de ellas viene dada por relatos del propio Kilgore Trout, y sin miedo a desvelaros nada en particular de la trama, os dejo algunos fragmentos de uno de sus cuentos, que me ha encantado, titulado Dormido en el cambio de vía. En él, Vonnegut, perdón, Trout, nos narra la llegada el periplo de Albert Einstein tras su defunción.
No podías entrar en el cielo hasta haber pasado por una revisión completa de lo bien que habías aprovechado las oportunidades financieras que Dios, por mediación de sus ángeles, te había ofrendado en la Tierra.
El relato en sí es un despropósito sobre la llegada de Einstein al cielo, y la narración de cómo pudo hacerse millonario (¡ay, el materialismo exacerbado!) y no aprovechó su momento.
Einstein podría haberse hecho multimillonario si hubiese puesto una segunda hipoteca sobre su casa de Berna, Suiza, en Milnovecientos Cinco y hubiese invertido dinero en depósitos de uranio antes de decirle al mundo que E=mc2.
El gran físico, un poco desganado, asiente ante el funcionario que tiene ante sí. En todo tienen razón, no ha aprovechado su momento, pero lo que más desea es descansar. Así las cosas, le dejan pasar al cielo, y lo hace con una única pertenencia: su querido violín. Sin embargo, estando allí comienza a encontrarse con almas muy afectadas por lo que les ha dicho el auditor, a la entrada del cielo. Le da por cavilar, y se dedica a formular una serie de cálculos.
Einstein calculaba que si todos los habitantes de la Tierra hubiesen aprovechado al máximo todas sus oportunidades, y se hubiesen hecho millonarios y luego multimillonarios, etcétera, la riqueza dineraria del pequeño planeta habría sido superior al valor de todos los minerales del universo en cosa de unos tres meses. Además, no quedaría nadie para hacer trabajo útil.
Einstein cree que los auditores están estafando a la gente, y dirige una carta a Dios pidiéndole audiencia. Éste no le recibe, pero a cambio le envía una notificación a través de un arcángel loco de remate diciéndole que si no dejaba las cosas estar, le quitaría el violín para toda la eternidad.
Así que Einstein nunca volvió a hablar con nadie de los auditores. Aquel violín significaba mucho para él.
El libro está plagado de historias similares: nos hacen reír, nos estremecen por su crueldad, máxime si tenemos en cuenta que Vonnegut está reflejando una realidad no muy distinta a la que realmente se vivía hace unos decenios entre la clase obrera americana (y no digamos la de otros países). Os lo recomiendo encarecidamente. Como otras obras de Vonnegut, está escrita con un estilo bastante peculiar, pero a poco que os hagáis con él, os encantará.

Por último, a la imagen del libro le acompaña el segundo en discordia: Obi-Wan (sí, es una frikada, ¿y?), otro de nuestros felix libris silvestris, con una gran afición al posado fotográfico, que no quería ser menos que su querido amigo Lupi.

martes, 19 de mayo de 2009

El homo y los libris

El Felix libris catus guarda un gran parecido externo con la especie Felix silvestris catus, pero a diferencia de ésta, su actividad física se ve reducida a la mínima expresión, pasando entre 19 y 22 horas al día en estado de reposo, y repartiendo el resto del tiempo en partes iguales entre alimentarse a base de pienso light y lecturas variadas. En la imagen podemos contemplar a uno de estos ejemplares capturado por una trampa fotográfica en el momento de devorar una de sus presas más preciadas: el libro de bolsillo.
En nuestro estudio, el ejemplar mostrado ha recibido el nombre de Lupi, aunque nos consta que recibe otros similares en diversas culturas, en las que ha llegado a ser mitificado como un verdadero dios. Ñuqui, Ñuquiférico, Puppy, Pupillo, Colombo o Claxon son algunos de estos nombres, habiendo recibido otros tan pomposos como Aquiles, Hemisferio e incluso Lupo Chigliak (el que reza su cartilla de vacunación).

Como puede comprobarse, las bibliotecas no son únicamente el hábitat ideal para los ratones y ratas “modelo Firmin”, así como para otros roedores, sino que las más diversas especies coexisten en relativa paz en tan idílico entorno.

Nota: Aunque hacía tiempo que tenía ganas de publicar la fotografía, ha terminado por decidirme el leer la entrada de Fuego con Nieve, haciéndome comprobar la increíble expansión que está viviendo la especie ;) 

lunes, 18 de mayo de 2009

Otro cielo

Se fue el fin de semana y lo hizo dejando a su paso un regusto agridulce y una sensación de vacío. Por un lado, recibí una grata noticia por parte de Elwen, desde su Midnight Eclipse me hacía partícipe de un premio a la amistad entre blogs y entre bloggers. Es todo un honor recibir dicha condecoración, máxime si viene acompañada de tan hermosas palabras, por lo que lo recibo con toda humildad. Homo libris nació, tras mucho tiempo de espera (iba acumulando bitácoras, y quedaba pendiente siempre el correspondiente a una de mis grandes pasiones: la literatura), y en estos escasos meses de existencia me ha deparado enormes satisfacciones. La mayor de ellas ha sido permitirme conocer a gente como vosotros, quienes leéis el blog y lo enriquecéis con vuestros comentarios o meramente con vuestra presencia.



Ante lo inesperado de la noticia, y adoptando una postura un tanto ecléctica, lo comparto con todos vosotros (mi preferencia por la corrección lingüística no pretende obviar a género o condición alguna, únicamente las actitudes son sexistas, que no la Lengua, por lo que os hago a vosotras tan partícipes como a ellos de este premio). Me consta, en cualquier caso, que estos premios perviven gracias a ser compartidos entre la comunidad. Realmente, lo mereceríais muchos pero, por suerte, buena parte de quienes podríais recibirlo de mis manos ya lo habéis disfrutado desde las de Elwen. En pocas palabras, y citando al gran Bilbo Bolsón,

No conozco a la mitad de ustedes ni la mitad de lo que querría, y lo que yo querría es menos de la mitad de lo que la mitad de ustedes merece.
Convoco precisamente a la suerte porque gracias a ella hemos ido conociéndonos y conformando una pequeña gran familia de blogs con un nexo común, basado en el amor a los libros. A la familia querría unir a Azote Ortográfico, que es más que una amiga, ella bien lo sabe, y que con sus artículos nos enseña que los gazapos y errores ortográficos son una pesadilla hasta para los más grandes, y que la Lengua es un tesoro y un patrimonio que debemos cuidar. También me gustaría compartirlo con Mundo de K, que me demostró que nuestra pasión por la literatura supera incluso las diferencias idiomáticas. Y, por no tomarme demasiadas licencias en torno al premio, por último a El Txoko de Lonifasiko, un magnífico blog que os descubrirá, a quienes tengáis inquietudes por la informática, sus últimos experimentos en torno a esta disciplina.

También me refería, al comienzo de la entrada, a un vacío, a que el fin de semana se marchó dejando una sensación no del todo placentera. Es la desazón que nos queda ante la ausencia de Mario Benedetti, el grandísimo autor uruguayo que falleció ayer, domingo 17 de mayo, tras una prolongada enfermedad. De Benedetti me gustaban especialmente sus cuentos y poemas, aunque novelas como La Tregua me marcaron profundamente. Se marchó una de las grandes voces de la literatura latinoamericana, pero nos quedaran, para siempre, sus palabras.

Me gustaría compartir con vosotros uno de sus poemas, que plasma a la perfección la postura reivindicativa y luchadora, hasta el final, de Benedetti.
Con su ritual de acero
sus grandes chimeneas
sus sabios clandestinos
su canto de sirenas
sus cielos de neón
sus ventanas navideñas
su culto a dios padre
y de las charreteras
con sus llaves del reino
el norte es el que ordena

pero aquí abajo abajo
el hambre disponible
recorre el fruto amargo
de lo que otros deciden
mientras que el tiempo pasa
y pasan los desfiles
y se hacen otras cosas
que el norte no prohíbe
con su esperanza dura
el sur también existe

con sus predicadores
sus gases que envenenan
su escuela de chicago
sus dueños de la tierra
con sus trapos de lujo
y su pobre osamenta
sus defensas gastadas
sus gastos de defensa
son su gesta invasora
el norte es el que ordena

pero aquí abajo abajo
cada uno en su escondite
hay hombres y mujeres
que saben a qué asirse
aprovechando el sol
y también los eclipses
apartando lo inútil
y usando lo que sirve
con su fe veterana
el sur también existe

con su corno francés
y su academia sueca
su salsa americana
y sus llaves inglesas
con todos sus misiles
y sus enciclopedias
su guerra de galaxias
y su saña opulenta
con todos sus laureles
el norte es el que ordena

pero aquí abajo abajo
cerca de las raíces
es donde la memoria
ningún recuerdo omite
y hay quienes se desmueren
y hay quienes se desviven
y así entre todos logran
lo que era un imposible
que todo el mundo sepa
que el sur también existe.
Por último, ya que al fin y al cabo esta entrada ha revoloteado en torno a la amistad, os dejo con un pequeño regalo. Se trata de una de las más bellas poesías de Benedetti, hecha canción por Serrat en su disco El sur también existe. Su título, Hagamos un trato.



Descanse en paz, maestro.

sábado, 16 de mayo de 2009

Viajando

Llevaba la mochila entre las piernas, y permanecía sentado con el cuerpo inclinado hacia el frente. Su largo flequillo le caía sobre el rostro de vez en cuando, y él se lo apartaba con indolencia, como si estuviese espantando a una mosca. Su mirada permanecía fija, en todo momento, en el lector electrónico que tenía en sus manos.

Marta le observaba desde hacía un buen rato. Acababa de terminar Tormenta de Espadas, y su mente aún no había desconectado del todo: le inquietaba saber qué ocurriría con Jon Nieve, que imaginaba tan parecido al chico del gadget, con Tyrion y con Arya, su personaje preferido. Miró el enorme ejemplar que reposaba en sus rodillas, y volvió a contemplar al chico. Era guapo, con los rasgos marcados bajo una pelusa incipiente. El libro electrónico le intrigaba… ¿qué estaría leyendo? A Marta le gustaba adivinar lo que estarían leyendo los ocupantes del vagón, y en ocasiones tenía la ocasión de comprobarlo, en un pase de página, en el momento de cerrar el libro, o cuando su lector, apercibiéndose de su curiosidad, sonreía y levantaba un poco el ejemplar para que ella pudiese leer el título. En momentos así, Marta se sonrojaba, leía apresuradamente los caracteres de la portada, y bajaba la vista.

A Marta le gustaría tener un lector electrónico. ¡La cantidad de libros que podría leer! Era objetiva, y sabía bien que leer no era como escuchar música, o ver series en el iPod. Posiblemente, de poseer uno de esos cacharros, terminaría por convertirse en toda una Diógenes Digital. Por otro lado, le encantaban los libros tradicionales: su olor, el propio peso, el desgaste que marcaba sus páginas con sucesivas lecturas… ¿Qué estaría leyendo el chico? Volvió a mirarle, para encontrarse con que él la miraba a ella. Giró la cabeza tan rápido que no llegó a ver que él hacía otro tanto. Última parada.

Marta se levantó y se acercó a la puerta. Agarrada para no caer, volvió la cabeza antes de salir. El chico miraba su Tormenta de Espadas y sonreía. Bajó la mirada al dispositivo, y ella lo hizo del vagón, con una sonrisa asomando a los labios.

Siempre he preferido usar el transporte público por varios motivos: es más ecológico, desde el punto y hora en que mediante un mismo recurso se permite viajar a más personas, habitualmente puedes viajar más relajado, en tu burbuja, haciendo caso omiso a los problemas de circulación –máxime si se trata del sistema ferroviario o aéreo, en casos de tratarse de mayores desplazamientos- y, gracias a todo ello, puedes ir tan tranquilo, leyendo el último libro que se tiene entre manos.

Lo cierto es que Málaga, la ciudad donde vivo actualmente, no es la panacea en lo que se refiere a la promoción de este medio de transporte frente al privado. Como si no tuvieran poco con los coches, las bicicletas sufren ahora el acoso de los gobernantes, y se planean carriles-bici en zonas donde barrunto que se les va a dar poco uso, pero posiblemente haya que justificar subvenciones y ayudas a la inversión. Vamos, la película de siempre. Sin embargo, hay momentos, en los trenes de cercanías, donde el vaivén del vagón no imposibilita echar un vistazo alrededor en tanto no se halle literalmente saturado de cuerpos en la hora punta, o en el autobús –y especialmente en el metro, cuando estoy en una ciudad más grande-, donde puedo observar a los lectores que me acompañan. Entendedme, es una sana curiosidad por saber qué lee cada cual, por ver hasta qué punto habría imaginado a aquella viejecita leyendo a Kafka, o si el chaval que tengo al lado se está riendo con una novela del Mundodisco, con alguna sátira mordaz de Mendoza, o con la inigualable La conjura de los necios. En no pocas ocasiones pueden llegar a sorprendernos, aunque cuando vemos un voluminoso ejemplar en manos de cualquiera, posiblemente se trate de alguna de las novelas de Harry Potter, de cualquiera de Stieg Larsson o del bestseller de turno; hasta la fecha, nadie llevaba El Quijote en sus manos. Ah, y por qué no, descubrir que nos pica el gusanillo de saber de qué tratará el libro que acabamos de ver, y que nos lleve a leerlo.

Y por vuestra parte, ¿compartís esta sana curiosidad por descubrir qué leen quienes os rodean? ¿Soléis usar el transporte público, y leer en él?