martes, 20 de julio de 2010

Últimas lecturas

Últimamente siempre llego tarde. Tarde, como el conejo blanco de Alicia, como los “buenos” en la vida real o como las medidas contra la crisis. Comento tarde vuestras entradas, demoro las mías y respondo cuando puedo a los comentarios. No es algo buscado, ciertamente, aunque la verdad es que todo parece alinearse de forma tal que dificulta que pueda sentarme a escribir unas líneas con tranquilidad. La última sorpresa ha sido el “fallecimiento” de mi ordenador. Un portátil con sus seis añitos de edad que, a pesar de su sufrida existencia (la de horas continuadas de trabajo que habrá vivido el pobre), debería haber durado unos añitos más. Así me hallo, sin ordenador, de prestado, pergeñando a vuelapluma una entrada que saque del hastío al blog –y, por qué no, también a mí mismo- y vuelva a estar operativo después de esta prolongada ausencia.

Lo cierto es que en los últimos meses he leído mucho y poco a un tiempo. Como bastantes de vosotros, imagino, por otro lado. Con los exámenes a la vuelta de la esquina no había otra opción que devorar apuntes y libros de texto y dejar un poco de lado los que nos hacen soñar, aunque sea de otro modo (a pesar de que algunos de aquellos, no estrictamente de texto, sí que querría traerlos al blog en algún momento). Sin embargo, algún libro que otro ha caído y, de unos pocos, no quería dejar pasar la oportunidad de decir algo sobre ellos.


De su último viaje a tierras capitalinas, Azote vino con un libro bajo el brazo. Se trataba del último de Labordeta, que aún figuraba como "preventa" en algunas librerías con presencia en Internet. Ya sabéis por alguna anterior entrada de mi buena disposición respecto a las palabras de este multidisciplinar autor. En Regular, gracias a Dios, hace un recorrido autobiográfico desde su infancia hasta la actualidad, cuando se encuentra luchando contra un cáncer que poco a poco le va minando la salud, e incluso las ganas de vivir en una batalla que arrostra con ánimo preñado de algo de resignación. El libro me gustó mucho, y en cierto modo me recuerda a los diarios de Lorenzo, el personaje de Delibes que nos deleitó como cazador, emigrante y jubilado, aunque en este caso se trate de la vida del propio autor y su prosa, aunque ágil y emotiva, quede algo lejos de la llana elegancia del vallisoletano. Un libro, en cualquier caso, recomendable para quienes gusten de conocer un poco más a fondo a Labordeta y, por qué no, para disfrutar reconociendo o aprendiendo sobre la visión que de España y Aragón tiene este hombre comprometido.

Del blog de Alienor salí, como suele ocurrirme cuando visito la mayor parte de vuestros blogs, con la lista del Plan Infinito engrosada en unos cuantos títulos. Uno de los últimos se adelantó a buena parte de mis lecturas ya que los temas que trata me apasionan y justamente acababa de examinarme de una asignatura muy relacionada con aquellos (Medio Ambiente y Sociedad). Estoy hablando de El desajuste del Mundo, de Amin Maalouf, un libro “muy yo”, como acertadamente afirmaba Alienor en los comentarios a su entrada (¿tanto de mí dejo traslucir por aquí, o soy un pesadísimo contertulio? Je, je, je…). Con un estilo claro, muy didáctico y ameno, Maalouf analiza el “choque de civilizaciones” que se ha producido con más fuerza que nunca en las últimas décadas y el abismo que se abre entre oriente y occidente en nuestros días. Las heridas no sanadas del “socialismo real” y un capitalismo que ha permitido crecer a Europa y EEUU casi sin límite (no más que el de una crisis que con cordura se podría haber evitado) y que empieza a ser el motor de una naciente y, a todas luces, imparable China, nos han alejado de un mundo distinto, que tuvo su momento de gloria pero que ha quedado lastrado por los tabúes, los extremismos y la falta de referencias: el del islamismo. Maalouf nos presenta un panorama estremecedor, donde todos podríamos aprender los unos de los otros ya que, en conjunto, nos complementamos a la perfección pero que, en un ejercicio de alarde de escasa visión, nos empeñamos en agravar con nuestras insalvables diferencias. El desajuste del mundo (Cuando nuestras civilizaciones se agotan) es un ensayo imprescindible, que me ha encantado y cuya lectura recomendaría junto a Colapso, de Jared Diamod, como ejercicio de reflexión sobre el estado de nuestras civilizaciones.
Quienes conviven con un felino saben de sus particulares costumbres, de sus filias y fobias y cómo, a pesar de los pesares, terminan haciéndose con un hueco en nuestro corazón comparable únicamente a lo marcado de su personalidad. Muchos de sus hábitos son heredados, instintivos, y bastante alejados de la percepción que, como humanos (tendentes, además, a humanizar también a nuestras mascotas) tenemos de ellos. ¿Por qué se roza nuestro gato con la pierna cuando llegamos a casa, qué le hace rodar sobre sí mismo y mostrarnos su vulnerable barriga o cuál es el motivo de que “amase” nuestra pierna mientras ronronea y de dispone a tumbarse? Las respuestas a estas y otras muchas preguntas que pueden surgirnos cuando vemos a nuestros mininos nos las ofrece Desmond Morris, el zoólogo, en su libro Observe a su gato, un divertido tratado etológico (absolutamente divulgativo, que no os asuste el calificativo) sobre el gato doméstico.

Y ahora, os dejo, pendiente de localizar una próxima lectura y con la esperanza de ponerme al día con las entradas (propias y ajenas).

¡Feliz lectura!

martes, 6 de julio de 2010

Canción de Hielo y Fuego

Escuchando las canciones que integran el single de adelanto del nuevo disco de Blind Guardian me he encontrado con que  tanto el título como la letra invitan a pensar en Invernalia, en el perverso Juego de Tronos y, por supuesto, en el Muro de Hielo que nos separa de las salvajes tierras del norte. Habida cuenta del historial de los alemanes en lo tocante a la influencia de otras obras de literatura fantástica lo cierto es que no resulta de extrañar.


"War of Thrones"


Nothing will grow here
Icy fields - blackened sorrow
Legacy of a lost mind
Feed my void
What you're waiting for.


I'm too late,
It is more than a game.
The river reveals
Now I'm in between these lines.
I cannot escape it seems
Sail on, my friend.


[Est:]
All I ever feel is
All I ever see is
Walls they fall
When the march of the others begins.
All I ever feel is
All I ever see is
Rise and fall
When the War of the Thrones shall begin.


While I sit there in silence,
Come and talk to me.
I can't free my mind
It is all I'm begging for.


While I sit there in silence,


Will it ever end?
Will I find what I'm longing for?
Will I ever walk out of shadows so grey?
I'm condemned, I am hallowed
Icy fields they won't hurt anyone


Will you walk with me?
Any further.
There at world's end.
It's me,
I sing.


I cannot escape it seems
Sadly I sing.


[Est.]


Away,
Watch the river it flows.
Now and ever
I cannot believe in more.
And now my time will come
Carry on.


Will I ever learn from the past?
Will I fade away?
Will I ever stay where the shadows will grow?
There is luck at the gallows
I will free my mind
Soon it will show.


Let it rain,
There'll be no spring.
My dream is a mirror
It reveals a matter of lies.


[Est.]


Leave a fee for the tillerman
And the river behind.


Y "A Voice in the Dark", que nos recuerda a Brandon Stark y lo imprudente que resulta espiar a los mayores.


A sense of denial
Come witness my trial,
The crow has turned into a liar.
I’ll live, I may die,
I’ve failed though I’ve tried
But finally I fly.


It is the fool
Who puts faith in false saviors,
The innocent understands
He’s still falling.


And furthermore
He’s now aware,
“Come spread your wings
Awake now”.


The enemy within
Will soon appear.


You’re trapped in my mind,
Ask for the key.
Don’t search for fine lines
There’s no release.


Though I can feel its presence,
There’s a sign to reveal
Then after allm
I’m sure I’ll keep on falling.


They send a sign
When dead winter will come again,
There from the ruins I will rise.


[Est.:]
Fear the voice in the dark,
Be aware now,
Believe in dark wings and dark words.
The shadow returns,
Fear the voice in the dark,
Be aware now.
Black shadows they hide and they wait
But they soon will return.


It will never be the same,
And nothing remains.
I can’t find a way
But I’m facing it
Oh there will be no savior.


I can foresee all the pain,
They are about to creep in.
“Curse me, hate me, hurt me, kill me”
Oh they will rest no longer.


“Paralyzed and frozen,
Free your mind,
You’re broken,
Paralyzed and frozen.
Learn to roam
Don’t look back”


On stunning fields of mayhem,
I will find no relief.
It’s just a dream
I wish that I could tell you.


The vision fades,
There is no sanctuary.
What will go up
Surely comes down.


[Est.]


In vain,
Still I don’t understand.
So talk to me again,
Why do I fear these words?
What keeps holding me back?


I hear a voice,
It comes from everywhere.
“Now find a way
Cause you’re the key
Begin to understand”.


The descending ends.
Now I know I won’t fly again
On through the mist, I’m facing ground.


[Est.]


¿Qué os parece a los sufridos seguidores (por aquello de la tranquilidad de George R. R. Martin a la hora de publicar) de Canción de Hielo y Fuego? Personalmente, además del homenaje a una de las obras de la literatura fantástica actual más grandiosas, el retorno de los Guardian a un sonido con riffs más agresivos pero manteniendo un toque de rock progresivo bastante marcado me ha encantado. En cierto modo me recuerda a las canciones de aquel "Nightfall in Middle Earth" en el que El Silmarillion de Tolkien fue la máxima referencia.

¡Cuidado! Aunque no lo parezca, el invierno se acerca.

¡Felices lectura y audición!

domingo, 4 de julio de 2010

El año de la liebre

“¿Humor negro ecológico?”, me dije a mí mismo tras encontrarme con esta novelita de poco más de 150 páginas. Ya que este año parece ser el de los autores nórdicos, y debido a que no había leído nada de Paasilinna, uno de los escandinavos de mayor renombre en la actualidad (y cuya obra no entra a formar parte del género negro, que parece ser que es el que está haciendo popular a aquellas letras tras la publicación de la “trilogía” de Stieg Larsson) decidí hacerme con El año de la liebre, novela publicada hace ya treinta y cinco años, traducida a 18 idiomas y que tuvo bastante éxito en su día a nivel internacional ya que, de hecho, fue la que lanzó a su autor a la primera línea de los escritores escandinavos. En la novela me esperaba Vatanen, un periodista al que no gusta su trabajo y una curiosa liebre que le cambia la vida, y aproveché los últimos días de junio para hacerme con ella, tras leer alguna que otra crítica interesante sobre la misma y proceder a devorarla.


Comienza la historia con Vatanen regresando de un llevar a cabo un trabajo junto a un compañero y el atropello de la liebre. Nuestro periodista, ignorando los gritos de su colega, se aleja del coche en el que viajaban para buscar el lebrato herido. Tras encontrarlo, decide que no regresará a su hogar, ni al trabajo, ni a llevar la vida que hasta ese momento había constituido todo su mundo. A partir de entonces se dedicará a viajar por Finlandia en compañía de su liebre, trabajando en lo que buenamente puede y protegiéndola de un modo que podría parecer, a priori, irracional, pero que constituye una ventana a través de la cual podemos observar el alma de este hombre independiente, algo huraño, de noble carácter mas difícil trato.

Lo cierto es que, tras leer el libro, aceptaría antes el calificativo de humor negro para definirlo que el de ecológico. Si ya el humor anglosajón, por poner un ejemplo, puede resultarnos ajeno en nuestras latitudes, el finlandés nos resulta casi, casi, tan lejano como el que podría poseer un selenita en el hipotético caso de encontrarnos frente a uno de ellos. No cabe duda de que las aventuras de Vatanen resultan divertidas, algunos de sus encuentros rezuman ironía y vislumbramos tras muchas de sus acciones un peculiar sentido del humor, pero hay momentos ciertamente crudos en los que, por mucho que intente buscarles la gracia no he llegado a encontrársela. Episodios como el del cuervo que roba la comida de Vatanen y la solución que adopta este, tendiéndole una trampa, o la caza del oso negro a través de los bosques y pueblos de la nevada Finlandia poseen un tinte realmente cruel, de dominio del hombre sobre la naturaleza. Bien cierto es que Paasilinna realiza en El año de la liebre una crítica de una sociedad que despoja al hombre de todo rastro de individualismo, que adocena a los seres humanos en un engranaje perfecto (demasiado perfecto) de producción y consumo, pero esos mismos claroscuros aparecen en la figura de Vatanen. La vida que escoge nos es fácil, pero le permite ser él mismo, con sus luces y sus sombras, inclusive con las contradicciones internas que le caracterizan. Tal vez con ello Paasilinna nos invita a huir, a convertir en realidad esa vida que únicamente nos atrevemos a soñar, pero nos advierte de que en el fondo, lo queramos o no, seguimos siendo hombres, con todo lo bueno y malo que esto trae aparejado.

sábado, 26 de junio de 2010

¿Me permite interviuvarle?

Una de los aspectos más interesantes de leer libros publicados hace unas décadas y, en particular, bolsilibros (parte de la literatura popular o paraliteratura, como tan bien la definiese Fulgida hace unos meses en los comentarios de esta entrada) es que podemos encontrarnos con la sorpresa de que, además de estar firmados por autores de gran calidad (como Silver Kane, seudónimo de Francisco González Ledesma, que fue premiado con el Planeta en 1984) nos desvelan una forma de ser y pensar de una sociedad tan cercana y, a un tiempo, tan alejada de la nuestra como es la de la España de mediados del pasado siglo.

Ayer comenzaba a leer Los hombres de Venus, el primer título de la conocida Saga de los Aznar, obra del autor valenciano Pascual Enguídanos y que firmase como George H. White. Había oído bastante y muy bueno sobre ella (no en balde está considerada como la mejor serie europea de ciencia ficción, galardón con que se la premió en la EuroCon de 1978 en Bruselas) y lo cierto es que, aunque no avancé más allá del capítulo tercero, el libro verdaderamente promete. Tiene algunas carencias, el estilo es muy de “novela popular” y sus personajes algo arquetípicos pero parecen mejor construidos y con mayor profundidad que los de otras muchas “novelas de a duro”. Por lo pronto les aquejan problemas muy humanos y la acción transcurre de un modo muy realista. De todas formas no venía a escribir sobre su argumento (dejaré para eso el blog anexo a este “Bolsilibros de Homo libris”), sino sobre otro de los aprendizajes que nos ofrecen estos libros escritos y publicados, como decía antes, décadas atrás.

Ayer leía lo siguiente en el segundo capítulo del libro:
- Un viaje muy largo –comentó Ángel. Y volviéndose hacia el profesor preguntó-: ¿No hubiera sido más cómodo esperar a que el millonario Mitchel llegara a Nueva York para interviuvarle?
¿Interviuvarle? Está claro que es una castellanización de “interview”, el término inglés para entrevista o, en este caso, entrevistar. ¿Por qué utilizar ese extraño término en lugar de “entrevistar”? Es cierto que en aquella época, escribiendo siempre tras un seudónimo con reminiscencias anglosajonas (y, en particular, norteamericanas) los autores de bolsilibros cometían alguna que otra barrabasada de este tipo. Pero no lo es menos que España se abría al mundo poco a poco y comenzaba a recibir contaminaciones de este tipo provenientes del turismo, la televisión y las publicaciones extranjeras. Extrañado, tomé nota de la palabreja para comentarlo con Azote que, cuando la vi, llegada ya la noche, me dijo que posiblemente sí, sería una adopción del inglés (igual que interviú, que sí que viene directamente del verbo entrevistar inglés) y que en cuanto estuviéramos en casa podría consultarlo en el Nuevo tesoro lexicográfico de la lengua española. Finalmente, he sido yo mismo esta mañana quien me he puesto a investigar un poco sobre el asunto y, curiosamente, me he encontrado con que la palabra “entrevista” está recogida en los diccionarios de la RAE (en concreto, en el Diccionario de la lengua castellana compuesto por la Real Academia Española, reducido a un tomo para su más fácil uso) desde 1791 pero, sin embargo, el verbo “entrevistar” entró a formar parte del mismo en 1970. Por completar la información, “interviú” lo haría en 1984, igual que en “interviuvar” (aunque esta última está propuesta para ser suprimida en posteriores ediciones del diccionario).


"Entrevista" en Diccionario Usual de 1791.

"Entrevistar" en Diccionario Usual de 1970.

"Interviú" e "Interviuvar" en el Diccionario Manual de la Academia, Tomo IV, de 1984.

De este modo, y si no estoy equivocado –corregidme si no es así, pues me consta que hay gente con más conocimiento en estos lares que yo sobre estos temas- si bien es cierto que Enguídanos se adelantó a la entrada de la palabra en el idioma “oficial” no lo es menos que posiblemente su uso estaría más o menos extendido y aceptado en España por aquella época. De hecho, he encontrado una edición del ABC de 1927 donde es usada:

Curiosa esta historia de las palabras y, hoy más que nunca, impresionante el nivel de contaminación que sufre el castellano proveniente de otras lenguas (especialmente del inglés), ¿verdad?

viernes, 25 de junio de 2010

Pensamiento crítico

Conocí a Chomsky en la carrera por la jerarquía que lleva su nombre y que clasifica distintas gramáticas formales que generan lenguajes formales. Después pasé de asociarle exclusivamente a la informática (y, en particular a los traductores, compiladores e intérpretes de lenguajes de programación) a vincularlo a la lingüística y, tanto o más interesante, al activismo político y a la dura (mas bien fundada) crítica a la política exterior estadounidense y de otros países, como Israel.

Estoy leyendo, entre otros, un libro que recopila algunas entrevistas y conversaciones con el autor sobre temas tan interesantes como la solidaridad, los canales mediáticos, la creación de la opinión pública o la relación de EEUU con el resto del mundo. Os dejo un párrafo (uno de tantos, la verdad, estoy incluso pensando en crear una entrada colectiva o nunca pondré al día el blog) que me ha llamado especialmente la atención.

Creo que se aprende haciendo las cosas. Soy un admirador de Dewey desde hace mucho tiempo, desde las experiencias de mi infancia y las lecturas. Se aprende a hacer las cosas observando cómo los demás las hacen. Es así como se aprende a ser un buen carpintero, por ejemplo, y como se aprende a ser un buen físico. Nadie puede enseñarte a ser un buen físico. No se dan cursos de metodología en ciencias naturales. Por ello, un seminario típico de licenciados en ciencias consistiría, simplemente, en hacer que la gente trabajara de forma conjunta, lo que no se diferencia en absoluto del artesano que aprende un oficio trabajando con alguien que se supone que es bueno en él.

La forma correcta de hacer las cosas es no intentar convencer a las personas de que tienes razón sino desafiándolas a que piensen por ellas mismas. No hay ninguna cuestión humana de la que podamos hablar con total seguridad. Incluso en las ciencias naturales exactas esta afirmación es bastante cierta. Ene l caso de las cuestiones humanas, los temas internacionales, las relaciones familiares, etc., lo que puedes hacer es recoger pruebas, agruparlas y contemplarlas desde cierta perspectiva. La forma correcta de proceder, dejando aparte lo que una u otra persona haga, es simplemente motivar a las personas a hacer esto.

En concreto, se trata de mostrar el abismo que separa las versiones corrientes de lo que ocurre en el mundo de lo que las evidencias de los sentidos y las averiguaciones de las personas les muestren cuando empiezan a observarlo. Una de las reacciones más frecuentes es que me digan que no se puede creer nada de lo que les estoy diciendo, que se trata de algo que entra en conflicto con lo que han aprendido y con lo que siempre han creído, y que no tienen tiempo de buscar todas esas notas a pie de página. ¿Cómo saber si lo que digo es cierto? Es una reacción muy natural, y por eso les digo que es una reacción correcta, que no deben creer que lo que les digo es verdad. Las notas a pie de página están ahí para que puedan encontrarlas si así lo quieren pero, si no se toman la molestia, no hay nada que hacer. Nadie va a inyectar la verdad en el cerebro de otros. Es algo que hay que descubrir por uno mismo.

(Noam Chomsky, La propaganda y la opinión pública. Conversaciones con David Barsamian.)

viernes, 18 de junio de 2010

"Mi" Saramago

Han transcurrido exactamente 9 años y un mes desde que pude estrechar su mano. Le admiraba desde años atrás, cuando un amigo me lo descubrió de una forma prácticamente casual. Por aquel entonces mantenía, en Granada, una intensa vida cultural. Junto a algunos amigos y compañeros emitíamos desde una emisora local un programa radiofónico sobre música rock y editábamos una revista homónima que trataba sobre la misma temática: Bajo Cuerda. Pasaba el tiempo y nuestras inquietudes, unidas a la colaboración con la Casa de Jaén en Granada, parieron otro par de revistas. Primero, Fronteras, y posteriormente, Al-Margen, que tuvo una vida sensiblemente más corta que las anteriores. Fue entonces, decía, cuando Leopoldo, que ya había publicado un libro de relatos, me presentó el borrador de su primera novela. La leí con gusto, señalándole aquellos aspectos que llamaban mi atención y creía que podían ser sometidos a reconsideración por su parte. Nos encontrábamos en una de nuestras particulares reuniones, hablando de música, cine o literatura, cuando me enseñó uno de los artículos que había preparado para el siguiente número de Fronteras. Era 1998, José Saramago había recibido recientemente el Premio Nobel de Literatura, y el título de la reseña era “Todos los nombres”. Me habló con tal apasionamiento de la novela, él que era (y es) un enamorado de Kafka, de sus funcionarios grises y del trasfondo metafísico de su obra, que no pude hacer otra cosa que conseguir el libro.

Después de cenar frugalmente, como era su costumbre y la necesidad obligaba, don José se encontró con toda una velada por delante sin tener nada que hacer. Durante media hora todavía consiguió distraerse ojeando algunas de las vidas más famosas de la colección, les añadió unos cuantos recortes recientes, pero su pensamiento no estaba allí, andaba vagando por la oscuridad de la Conservaduría, como un perro negro que hubiese encontrado el rastro del último secreto. Comenzó a pensar que no existía peligro alguno en utilizar simplemente las fichas que tenía de reserva, aunque fuesen apenas tres o cuatro, sólo para ocupar un poco la noche y luego dormir tranquilo. La prudencia intentaba retenerlo, sujetándolo por la manga, pero, como todo el mundo sabe, o debía saber, la prudencia sólo es buena cuando se trata de conservar aquello que ya no interesa, qué mal podría acarrearle abrir la puerta, buscar rápidamente tres o cuatro fichas, bueno, cinco, que es número redondo, dejaría las carpetas de los expedientes para otra ocasión, así evitaba tener que servirse de la escalera. Esta idea acabó de decidirlo. Alumbrando el camino con la linterna en la mano trémula, penetró en la caverna inmensa de la Conservaduría y se aproximó al fichero. Más nervioso de lo que creyera antes, giraba la cabeza a un lado y a otro con desconfianza, como si estuviera siendo observado por millares de ojos escondidos en la oscuridad de los pasillos entre los estantes. Todavía no se había rehecho del choque de la mañana. Tan rápido como le permitieron sus dedos tensos, abrió y cerró cajones, buscando en las diferentes letras del alfabeto las fichas que precisaba, equivocándose una y otra vez, hasta que finalmente consiguió reunir los primeros cinco famosos de la segunda categoría. Ya asustado de verdad, volvió a casa corriendo, con el corazón dándole saltos, como un niño que va a la despensa para robar un dulce y vuelve de allí perseguido por todos los monstruos de las tinieblas. Les dio con la puerta en la cara y cerró con dos vueltas la llave, no quería pensar que aún tendría que volver esa noche a la Conservaduría para colocar las malditas fichas en sus lugares. Con la intención de calmarse, bebió un trago de la botella de aguardiente que guardaba para las ocasiones, tanto las buenas como las malas. Por culpa de la prisa y de la falta de costumbre, dado que en su insignificante vida hasta lo bueno y lo malo habían sido raridad, se atragantó, tosió, volvió a toser, casi sofocado, un pobre escribiente con cinco fichas en la mano, creía él que eran cinco, con el esfuerzo de la tos las había dejado caer, y no eran cinco, eran seis, esparcidas por el suelo, como cualquier persona podrá ver y contar, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, un único trago de aguardiente nunca produjo este efecto.

Todos los nombres se convirtió en uno de mis libros de cabecera y Saramago en un autor del que comencé a devorar todas sus novelas. Absolutamente todas. Algunas me gustaron más, otras menos, pero todas transmitían parte de su profunda sabiduría, de su forma de entender un mundo injusto que, no por no poder cambiarlo se resistía a dejar de denunciar. Cuando hace unas semanas transcribía en el blog un párrafo de otra obra que me marcó cuando la leí, no podía imaginar que ahora me encontraría aquí, una vez más, escribiendo sobre él con una profunda pena pesándome en el corazón.

Presté mi ejemplar de Todos los nombres a un amigo que no lo estaba pasando bien (mal de amores) sin saber las vueltas que daría la vida posteriormente (aunque lo que llegó pertenecería antes a una novela de Auster que a una de Saramago) y creé un nuevo adicto a las letras del portugués. Unos años después, el 18 de mayo de 2001, lo llevaría debajo del brazo al asistir a la investidura de José Saramago como Doctor “Honoris Causa” por la Universidad de Granada. Cuando le busqué al terminar el acto por los patios del Hospital Real, su mano firme estrechó la mía y un asomo de sonrisa acompañó la firma del libro. Nos despedimos y se dispuso a prestar atención a sus acompañantes.

El libro sigue ahora conmigo, aunque ya no es mío, y al releer algún fragmento del mismo me viene a la mente nuestra querida Lammermoor. Cambian los tiempos, los libros de manos, pero su lectura permanece con nosotros, viva. Crece y se expande y, al menos en los buenos libros, no se queda en la primera que fue, sino que se enriquece con las vivencias, con las diversas experiencias que, día a día, se nos ofrecen.

Ahora, recordándole, pensando en “el Saramago” que conocí (no porque lo tuviera ante mí unos breves minutos, sino por sus libros, claro está) pienso en cuanto hacen falta personas como él en este mundo. Autores comprometidos, que no dudan en denunciar aquello que les parece injusto y ponerse de lado de quienes más sufren.

Se nos fue Saramago, pero no su legado. Ojalá no lo desaprovechemos.

martes, 15 de junio de 2010

Novísimas aventuras de un detective singular

Aquel día, 3 de septiembre, me dirigía a casa de Sherlock Holmes a una velocidad de 26 toesas por minuto. Desde el primer momento me extrañaron dos cosas: lo mal que me había puesto la corbata y la fruición y la ansiedad con que todos los transeúntes devoraban los periódicos matutinos.
Leer a Jardiel Poncela tras unas semanas de exámenes, al finalizar el año académico (al menos, eso se supone) es recibir con nuevo ánimo los tiempos por venir. Ayer me acercaba, una vez más, a estas Novísimas aventuras de Sherlock Holmes que suponen un anticipo de Los 38 asesinatos y medio del Castillo de Hull y en las que el propio Enrique Jardiel suplanta a Watson para deleitarnos con las numerosas ocurrencias de un Holmes muy particular y las exquisitas ilustraciones del autor.

Ya que se trata de un librito bastante discreto en su extensión -no llega ni al centenar de páginas- me apetecía releerlo para recuperar pronto el ritmo del blog y, por qué no, por echar unas risas con su humor absurdo y algo cándido. Lo que no esperaba era comenzarlo y darle fin en la consulta del dentista. Lo llevé ayer conmigo para amenizar con alguno de sus relatos la espera, mas esta se prolongó demasiado y di cuenta de todo el libro intentando inútilmente que una constante sonrisa se dibujase en mi rostro pero logrando, al menos, no prorrumpir en carcajadas ante la atónita mirada del resto de los que allí permanecían a la espera.

Mientras leía el libro no podía dejar de pensar que entre nosotros contamos con una querida autora capaz de llevarnos a la hilaridad; en efecto, hablo de Loquemeahorro. También recordaba una entrada que AD nos regaló hace unos meses y la reflexión a que allí nos invitaba:
Nunca te olvides de sonreír porque el día que no sonrías será un día perdido.
Podría extenderlo diciendo que los días en que no podemos leer, son días perdidos. Así pues...
- Decía antes que ha habido una cosa que me ha impedido comenzar hoy mismo mis trabajos. Esta cosa es, sencillamente, que carezco de un ayudante. ¿Quiere usted ser el ayudante que necesito?
- ¿Yo?
- Usted, sí. Es usted ágil, sabe jugar al ajedrez, mide un metro sesenta de estatura y se llama Enrique. Necesito un ayudante que reúna esas condiciones.
- ¿Y cómo sabe usted que...?
- Porque lo deduzco todo. Ya se irá usted acostumbrando a mis deducciones. He deducido que se llama usted Enrique porque usa calcetines grises.
Feliz lectura, con una sonrisa en los labios.