lunes, 23 de agosto de 2010

Desmintiendo a Keats


There was an awful rainbow once in heaven:

We know her woof, her texture; she is given
In the dull catalogue of common things.
Philosophy will clip an Angel’s wings,
Conquer all mysteries by rule and line,
Empty the haunted air, and gnomed mine -
Unweave a rainbow, as it erewhile made
The tender-person’d Lamia melt into a shade.

John Keats, fragmento de Lamia.

¿Alguien dijo que ciencia y poesía son incompatibles? Richard Dawkins en Destejiendo el arco iris se dispone a demostrarnos cuán equivocados estaríamos si acaso lo pensáramos. Con estas palabras, que el autor se reserva como epitafio, da comienzo el libro:

We are going to die, and that makes us the lucky ones. Most people are never going to die because they are never going to be born. The potential people who could have been here in my place but who will in fact never see the light of day outnumber the sand grains of Arabia. Certainly those unborn ghosts include greater poets than Keats, scientists greater than Newton. We know this because the set of possible people allowed by our DNA so massively exceeds the set of actual people. In the teeth of these stupefying odds it is you and I, in our ordinariness, that are here.
Vamos a morir, y esto es una suerte. La mayoría de gente no tendrá oportunidad de morir porque nunca habrá nacido. Las personas que podrían haberse encontrado aquí en mi lugar y que nunca verán la luz del día son más numerosas que los granos de arena de Arabia. Estos fantasmas no nacidos seguramente incluyen poetas más grandes que Keats y científicos más grandes que Newton. Podemos asegurarlo porque el conjunto de individualidades posibles que permite nuestro ADN excede con mucho el de personas reales. Entre las incontables posibilidades que podrían haberse materializado, somos usted y yo, en nuestra normalidad, los que estamos aquí.

martes, 17 de agosto de 2010

Recuerdos entomológicos

Hay libros que, de intentar catalogarlos de algún modo, no podríamos encajar en la categoría de ficción porque los hechos narrados acaecieron en un momento determinado pero a su vez están narrados de forma tal que nos sumergen en su lectura de forma tal que podrían enfrentarse en un mano a mano o, mejor aún, enzarzarse en una batalla de palabras, con cualquier novela y no perecer en el intento de divertirnos y maravillarnos a un tiempo. Todo dependerá, por supuesto, del interés que despierte en nosotros aquello que nos es contado y del buen hacer del autor que, con tino, sepa encandilarnos con sus palabras. Libros que podrían encajar en lo expuesto podrían ser los de viajes, donde el autor nos lleva de la mano a lugares conocidos o apenas entrevistos o soñados, así como los que me llevan a escribir la entrada de hoy (rompiendo una vez más, no sé si con fortuna o no, esperemos que sí, la palabra dada). Se trata de libros en los que el autor desgrana algunas de sus vivencias pero que no son en modo alguno autobiográficos –o no necesariamente- sino que, de algún modo, nos transmite su pasión por un determinado asunto. Por ejemplo, podría citar (estos sí con cariz marcadamente biográfico) la trilogía de Corfú de Gerald Durrell (Mi familia y otros animales, Bichos y demás parientes y El jardín de los dioses) o algunos de sus libros sobre andanzas naturalistas por el mundo, como Atrápame ese mono o Un zoológico en mi azotea, por nombrar siquiera un par de ellos. Otros libros de este tipo que hayan aparecido por el blog podrían ser El naturalista, de Edward O. Wilson, por ejemplo, o Entre hombres y pájaros. Andanzas de un naturalista, de Tito Narosky que, como podéis apreciar, comparten temática, algo que no extrañará en absoluto a quienes me conozcan un poco o hayan seguido las andanzas del personaje singular que protagoniza este, mi otro blog.


Hace unos días traía a Homo libris un fragmento de un libro que estoy disfrutando de lo lindo. No tendréis que hacer mucho esfuerzo para imaginar una calurosa tarde de verano (agosto, para más referencias, en el hemisferio norte) o una noche no mucho menos tórrida en la que sea complicado conciliar el sueño. Tendríais que verme entonces, departiendo con el padre Saz sobre la necesidad que tienen las avispas del género Eumenes (avispas alfareras) de construir las vasijas que albergarán a su progenie del modo en que lo hacen y que, precisamente, ilustra la fotografía superior, obtenida durante mi última visita a Granada poco antes de hacerme con el libro Costumbres de insectos observadas en plena naturaleza. Es más, como habría sido de esperar por la temática del libro, Eugenio Saz se inspiró para escribirlo en la monumental obra de Jean Henri Fabre, al que podríamos considerar padre de la entomología moderna, y que tantos y tan buenos ratos nos ha dado a los aficionados al estudio de los insectos, Souvenirs Entomologiques (Recuerdos entomológicos), del que cité un párrafo hace apenas unos días en Andanzas de un Trotalomas al recordármelo un vídeo que estuve viendo.

Sin embargo, nada tiene que ver Fabre en la búsqueda del libro del padre Saz. Fue simplemente por casualidad, buscando información sobre mirmecología (la rama de la entomología encargada del estudio de las hormigas) que me topé con una serie de comentarios sobre "curas y hormigas" o la relación entre los sacerdotes y el estudio de la naturaleza y, entre ellos, con un fragmento del segundo tomo de Costumbres de insectos observadas en plena naturaleza del que sencillamente me enamoré (lo reproduciré en una próxima entrada, porque creo que a más de uno le va a encantar). Busqué los libros por Internet (realmente compilaciones de artículos de la Revista Ibérica) y me encontré ante varias ediciones, generalmente incompletas, de los mismos. En una librería localicé los tres primeros pero, tras consultarles, resulta que no tenían el catálogo actualizado y los libros ya no se encontraban disponibles. Finalmente en otra encontré los dos primeros y me hice con ellos en su edición de 1930. Hay que leerlos prácticamente sobre un atril o apoyándolos en una superficie estable, con mimo y cuidado, lo que constituye una experiencia realmente singular de "bibliofilia entomológica", tratando a los libros como ejemplares de insectos que pudieran desmembrarse al menor descuido.

No termina aquí la cosa, ya que de Fabre poseo una edición de La vida de los insectos, una selección de artículos de sus Recuerdos entomológicos, tal y como fue traducida y editada aquí en España. Realmente constituye una serie de textos bastante pequeña respecto a la obra original del autor francés pero que fue uno de los libros que, ya en aquellos remotos tiempos de la E.G.B. despertó en mí la pasión por el estudio de los insectos (del sentimiento del naturalista no guardo memoria de su origen, parece que me acompañase desde siempre) y el comienzo de una particular afición al coleccionismo amateur que trajo por la calle de la amargura a mi sufriente madre durante algunos años. Pues bien, tras conseguir el libro de Saz y recuperar de la estantería el que poseía de Fabre me dediqué a buscar alguna que otra edición antigua (pues están descatalogados desde hace lustros) del resto de volúmenes de las selecciones de Recuerdos entomológicos y esta misma mañana llegaban a casa Costumbres de los insectos y Maravillas del instinto en los insectos, procedentes de un expurgo realizado en la Biblioteca Pública de Puebla de Montalbán, provincia de Toledo (una verdadera lástima para los fondos de la biblioteca y motivo de inmensa alegría para un servidor).


Para terminar con el cúmulo de casualidades, precisamente tenía pensado escribir una entrada en septiembre sobre insectos y literatura, y estos encuentros me están motivando aún más a “volver” y hacerlo, a ver qué os parece. Además, si os resulta de interés podría traer al blog algo más de información sobre J. H. Fabre, ya que sus obras van más allá del tratamiento científico de la entomología y tienen una visión verdaderamente poética del tema.

Sin más, me despido deseándoos una feliz lectura (y esperando, de paso, haber dado cumplida cuenta al comentario de Ascen en la anterior entrada y es que, si bien quería escribir esta, no sabía si publicarla aquí o en mis particulares Andanzas…).

viernes, 13 de agosto de 2010

De cómo la zorra se quita las pulgas

Me consta, me consta que la anterior entrada era una "despedida" hasta septiembre, pero basta y sobra que haga una declaración de intenciones para que surja algo que provoque un cambio de rumbo inesperado. Si digo que quiero escribir cada poco tiempo, todo se tuerce para que no sea así y si, como es el caso, intento apartarme del blog unas semanas para dedicar el tiempo a otros menesteres y volver con fuerzas renovadas, llega a mis manos un libro buscado (realmente se trata de los dos primeros tomos de una publicación de la Imprenta Revista "Ibérica" sobre costumbres de los insectos) y, al comenzar a leerlo con suma delectación, no puedo evitar traeros aunque sea parte del prólogo que avance una de las entradas que tengo pendientes desde hace tiempo y que quiero que sea una de las que vuelvan a abrir el blog dentro de unas semanas.


No me extiendo más. Os dejo con los pensamientos del padre Eugenio Saz y su lectura de Fray Luis de Granada.
En el salón de estudio del Colegio del Salvador, de Zaragoza, estaba yo vigilando a los alumnos de la primera brigada un domingo en tiempo de visitas, cerca del mediodía. Parece muy natural que a aquellas horas no convenga obligar a estudiar a los pobres muchachos, que no tienen sus familias cerca, para poder recibir cada domingo la visita, los regalos y los besos de sus queridos padres. Así que, con muy buen acuerdo, en nuestros colegios se les suele permitir durante aquel tiempo la lectura de algunos libros amenos. 

Frecuentemente se ve ir y venir por el salón a varios alumnos. Unos del pupitre a la estantería, donde están los libros, llevando en la mano el consabido billetito, donde está anotado el título de la obra que desean leer; lo entregan al bibliotecario y éste, una tras otra, va despachando las peticiones con toda solicitud: otros vuelven a su sitio con el libro adquirido, para entregarse a su lectura. Todo esto tiene lugar en medio del más absoluto silencio, a que los buenos colegiales están ya tan acostumbrados.

En estas idas y venidas me llama la atención entre todos uno de los más pequeños, que lleva abrazado un gran mamotreto de tapas de pergamino, que pesa casi tanto como él. Al llegar a su sitio, se sienta muy formal, pone el libro sobre el pupitre, lo abre por el principio, por el fin, por el medio y por un lado y por otro varias veces, sin encontrar, por lo visto, lo que desea. En seguida veo que me mira y que me hace la consabida señal de levantar la mano para pedir algún permiso.

Yo, un poco prevenido, pues aunque se trata de un chico de muy buen corazón y muy piadoso, como es de un natural que parece un manojo de nervios, me pongo en guardia, temiendo no se proponga hacer un poco el payaso, para hacer reír a sus compañeros, y con el rostro algo severo le indico con la cabeza que puede venir.

Él me trae el libro, que pone sobre mi pupitre, y me dice: “Padre, deseo el P. Granada”. – “Pues ya lo tiene V. aquí”, le digo yo, abriendo la portada; porque, efectivamente, aquel libro era un tomo de las obras del P. Fray Luis de Granada. –“Pero aquí no encuentro lo de los animales”, me contesta él, con aire contrariado. –“Yo busco aquello… de cómo la zorra se quita las pulgas… que, según me ha dicho el Sr. Castillo, es tan bonito”. –“Pues vaya, y que el Sr. Bibliotecario le dé otrotomo, aquel que tenga escrito en la portada: Introducción del símbolo de la Fe, y vuelva con él”.

Al poco rato se me presenta muy ufano con el tomo, en el que están las historias de los animales, lo extiende sobre mi mesa, buscamos y encontramos muy pronto aquello “de cómo la zorra se quita las pulgas”, que parece tenía como fascinado a Ricardo Navascués, pues así se llama mi interlocutor.

En la parte primera, capítulo XIV, párrafo primero, comenzamos por leer cómo el cangrejo caza las otras, echándoles una piedrecita para que no puedan cerrar las valvas antes de que llegue el ladrón.

En seguida, mi compañero exclama: “Ya viene la zorra”, al leer esta palabra al lado de la segunda columna: “Cómo la zorra caza los cangrejos y se limpia las pulgas”.

Leemos lo siguiente:

“El cangrejo hurta la carne de la ostra, y la raposa hurta la dese cangrejo, y no con menor artificio. Testigo desto es un monte, que hay en Vizcaya, que entra un pedazo en el mar, en el cual hay muchas raposas. Y la causa desto es la comodidad, que ellas tienen allí para pescar. Mas, ¿de qué manera pescan? Imitan a los pescadores de caña, y no les falta ingenio ni industria para ello. Porque meten casi todo el cuerpo en la lengua del mar; y extienden la cola, que les sirve de caña y de sedal para pescar. Y como los cangrejos, que andan por allí nadando, no entienden la celada, pícanla en ella: entonces, ella sacúdela a gran priesa, y da con el cangrejo en tierra, y allí salta, y lo despedaza, y come. Pues, ¿quién pudiera descubrir esta nueva invención y arte de pescar?”.

Después leemos cómo la zorra sabe también proveerse de mantenimiento para otro día, cuando mata muchas gallinas de una vez; pues sabe enterrarlas, para comérselas cuando le venga el hambre. Y… por fin, viene lo de las pulgas.

“Tiene pues artificio este animal, para despedir de sí las pulgas, cuando le molestan. Mas, ¿de qué manera? Toma en la boca un ramillo, y metiéndose en el agua de algún río o de la ribera de la mar, y tirándose del agua poco a poco hacia atrás, las pulgas, huyendo de la parte del cuerpo, que se está mojando, a la que está enjuta; proceden de esta manera metiéndose ella poco a poco en el agua, hasta llegar a ponérsele todas en la cabeza, la cual ella también de tal modo zambulle en el agua, que no le queda más que los ojos y la boca fuera. Entonces, saltando ellas en el ramillo, que dijimos tener en la boca, suelta el ramo, y salta fuera del agua, libre ya de los enemigos que la fatigaban. Este artificio tan exquisito, ¿quién lo puede enseñar a un animal bruto, sino el Criador? Pues, Señor, ¿qué se os da a Vos que las pulgas sean molestas a una zorra, pues ella es a nosotros tan molesta? Sí da mucho (dirá Él); porque, aunque se me da poco por ese animalejo, va mucho en que los hombres por este y por otros ejemplos entiendan cuán perfecta y cuán universal es mi providencia; pues no hay cosa tan pequeña, a que no se extienda y a que no provea de remedio, aunque sea tan pequeña como esa”.


(P. Eugenio Saz, S. J. Costumbres de insectos observadas en plena naturaleza.)

martes, 10 de agosto de 2010

Vacaciones Santillana


Llegó el calor, el sol brilla más alto y sus rayos nos llegan con más intensidad que nunca. Por delante, dos semanas de vacaciones... Pero, como no podía ser de otro modo tras el complejo año vivido, son unas "Vacaciones Santillana"; con los libros por delante intentando minimizar el impacto que tuvieran el resto de obligaciones sobre el curso escolar (del que no puedo quejarme, por otro lado). Después de estas, otro par de semanitas de trabajo y los exámenes. Desgraciadamente no pude cantar lo mismo que el bueno de Alice Cooper:

Son muchas las entradas que tengo pendientes, algunas de ellas pensadas y repensadas, más otras que apenas se me pasaron por la cabeza y que ni tan siquiera ahora consigo sentarme a escribirlas. ¿Será el bloqueo "de la pantalla el blanco"? ¿O tal vez la ruptura en la continuidad de sentarme a escribir o a leer acaso algo que no tenga que ver con el ámbito académico? En vistas de que sois muchos los que también en estas fechas estáis ausentes he pensado que lo mejor sería ponerme al día en la lectura de entradas de blogs amigos, dedicarme a estudiar a pleno rendimiento y descansar, en lo posible, para volver en septiembre con fuerzas renovadas.

Hasta entonces, que tengáis un feliz verano. Disfrutad, pasadlo bien e id por la sombra...

jueves, 29 de julio de 2010

Relatividad de valores

En los últimos meses y, más aún, en los días pasados, se ha dicho mucho y variado sobre la fiesta de los toros (el pan y circo de días no tan lejanos, hasta que el fútbol le quitase protagonismo en esta "tierra de conejos" que es España), politizándose el discurso por parte de quienes pretendían abolirlas en Cataluña y más aún, a mi parecer, por el resto de grupos políticos de cualquier parte del territorio nacional. Tanto unos como otros han pecado, a mi parecer, de lo mismo; no recuerdo un revuelo de esta magnitud cuando  se levantó la misma prohibición en Canarias hace dos décadas, pero claro, ahora hay nacionalismos (a todos los niveles, que naciones hay muchas, casi tantas como sentires) en ambos bandos. 

Obvia decir, para quienes me conocéis siquiera un poco, cual es mi forma de pensar a este respecto. En el plano político todos me parecen igualmente interesados, partidarios y poco dispuestos al diálogo. en el cultural, me aterra pensar en cómo se levantan campanas al vuelo hablando de la pérdida del toro de lidia (una raza creada por el hombre) y en pleno Año (fallido) de la Biodiversidad, cuando desaparecen miles de especies de animales y plantas, apenas se levante una voz ni despierte alarma por los fracasos continuados en la preservación de la vida sobre la Tierra. Y ya que de cultura estamos hablando, antes de que piense una vez más en trasladar esta entrada a Andanzas de un Trotalomas en lugar de publicarla aquí, os dejo con un texto de un autor tan o más moderno (y, por supuesto, español) que el usado como defensor a ultranza de los toros, Ernest Hemingway. Hablo, cómo no, de Mariano José de Larra, que nos describe en su artículo "Corridas de toros":
Pero si bien los toros han perdido su primitiva nobleza; si bien antes eran una prueba del valor español, y ahora sólo lo son de la barbarie y ferocidad, también han enriquecido considerablemente estas fiestas una porción de medios que se han añadido para hacer sufrir más al animal y a los espectadores racionales: el uso de perros, que no tienen más crimen para morir que el ser más débiles que el toro y que su bárbaro dueño; el de los caballos, que no tienen más culpa que el ser fieles hasta expirar, guardando al jinete aunque lleven las entrañas entre las herraduras; el uso de banderillas sencillas y de fuego, y aun la saludable costumbre de arrojar el bien intencionado pueblo a la arena los desechos de sus meriendas, acaban de hacer de los toros la diversión más inocente y más amena que puede haber tenido jamás pueblo alguno civilizado. 
Así es que amanece el lunes, y parece que los habitantes de Madrid no han vivido los siete días de la semana sino para el día en que deben precipitarse tumultuosamente en coches, caballos, calesas y calesines, fuera de las puertas, y en que creen que todo el tiempo es corto para llegar al circo, adonde van a ver a un animal tan bueno como hostigado, que lidia con dos docenas de fieras disfrazadas de hombres, unas a pie y otras a caballo, que se van a disputar el honor de ver volar sus tripas por el viento a la faz de un pueblo que tan bien sabe apreciar este heroísmo mercenario. Allí parece que todos acuden orgullosos de manifestar que no tienen entrañas, y que su recreo es pasear sus ojos en sangre, y ríen y aplauden al ver los destrozos de la corrida.

lunes, 26 de julio de 2010

IMM Granatensis

Aunque hasta la fecha nunca las he titulado así, ciertamente de cuando en cuando dejo caer alguna entrada con lecturas pendientes o recientes adquisiciones. Me resultan curiosas porque se trata de entradas que tienen un poco de exhibicionismo y dan pie al voyerismo de quienes queremos saber qué andará leyendo nuestro “bloguero” amigo dentro de poco. También hacen gala, a mi parecer, del deseo de compartir con quienes sentimos afines el placer de abrir un nuevo libro y hojearlo, disfrutar de su portada, del peso de sus páginas, del olor de estas… Sí, puede ser que no todo podamos transmitirlo pero, qué duda cabe, el placer del descubrimiento compartido lo compensa.

Así, desde hace un tiempo tengo pendiente escribir estas líneas. Fue hace unas semanas, durante la última visita que hicimos Azote y yo a nuestra querida “librería de Babel” (por la ingente cantidad de títulos que tienen en cualquier idioma conocido del orbe terrestre) en Torremolinos, cuando encontré un libro cuya lectura me está encantando. Se trata de una guía histórico-artística de la ciudad de Granada, editado originalmente en la década de los años treinta del pasado siglo que he conseguido en su séptima edición, de primeros años de los ochenta. Fue este libro el que me dio la idea de escribir una entrada sobre algunos de los libros de Granada con los que me he hecho en los últimos tiempos. Como veréis, los hay de variados tipos, colores y para todos los gustos.

Como los últimos serán los primeros, que sea Granada, guía artística e histórica de la ciudad quien dé comienzo a nuestra andadura por tierras nazaríes. De los granadinos de la época (hablamos de los comienzos del siglo XX, aunque en bastantes aspectos poco cambiaría de la descripción) nos dice que son:
Fogosos y espiritualmente complicados, cerradamente localistas a veces y, a veces también, por paradoja, dejando escapar su espíritu tras todo valor universal, los granadinos, andaluces ariscos, más amantes de la gravedad que del regocijo, más irónicos que alegres y, cuando alegres, sobrios en su alegría, más concentrados que expansivos, de inteligencia ágil y percepción aguda, ponen su acento sutil y grave en el idioma íntimo de Andalucía, como Córdoba viene a dejar en ella un vago eco romano. Acentúa este carácter un matiz de indolencia en el que apoya un concepto fatalista de la vida, lo que les defiende del entusiasmo inmediato y fácil, tendencia manifestada en refranes y modalidades expresivas del lenguaje.

Este libro, tras introducirnos el medio físico de la provincia, en la idiosincrasia de los granadinos y algunas de sus (nuestras) tradiciones, invita a recorrer la ciudad en diversos trayectos en los que se nos irán descubriendo sus rincones y leyendas, así como los innumerables monumentos que acoge y la historia de sus gentes. Como decía más arriba, me está encantando descubrir aspectos desconocidos de la ciudad, los orígenes de algunos de sus edificios más emblemáticos y a quienes estuvieron detrás de su construcción. Sin duda alguna, se trata de la mejor guía histórica de Granada que he podido ver hasta la fecha, cuya lectura es un verdadero placer literario y en la que las fotografías que ilustran el texto son verdaderas preciosidades.


De la mano de Alberto (un amigo cuya presencia en Andanzas de un Trotalomas es bastante recurrente) llegó a las mías El Real Sitio Soto de Roma, un libro que profundiza hasta niveles realmente increíbles en el devenir histórico de la antigua propiedad rural de los reyes nazaríes que, tras el reparto que llevaron a cabo los Reyes Católicos de las tierras de la Vega de Granada entre sus nobles tras  la reconquista de la ciudad, tuvieron buen cuidado de guardarlas para sí para darle los usos de lugar de recreo y coto de caza. Tiempo después, en fecha indeterminada, se construiría en el lugar un palacete que recibiría el nombre de Casa Real (al parecer, en la época de la regencia de Felipe II aún no existía el edificio), rodeado en aquella época de árboles y jardines exóticos según figura en documentos de Pedro de Aguilar almacenados en el Archivo General de Simancas. Delimitando el sur de aquellos parajes una atalaya, denominada Torre de Roma, continúa erguida entre cultivos y choperas en la actualidad. El libro de José Cuevas va desglosando la historia del Soto y de los municipios cercanos, de las gentes que allí vivieron y del uso que se dio a estas tierras feraces, hoy tan castigadas por el urbanismo y las infraestructuras, recordándonos la singularidad de este entorno y lo necesario que ha sido siempre para la subsistencia de los granadinos, aun en tiempos de hambruna. Acompaña al libro un CD-ROM repleto de documentos que hacen aún más valiosa e interesante la lectura de aquel.

De la última "Feria del Libro Antiguo y de Ocasión" a la que pude acudir en Granada traje conmigo una guía sobre los pueblos de la Alpujarra, territorio este compartido entre mi provincia y la de Almería cuya visita os recomiendo fervorosamente si aún no la conocéis. Se trata de un voluminoso ejemplar (dejo la sombra del libro en la fotografía para que podáis apreciarlo, je, je) que tengo conmigo en Málaga desde hace ya cierto tiempo (como ocurre, por otro lado, con todos los libros que aparecen  hoy en el blog) porque me gusta echarle un vistazo, de cuando en cuando, y descubrir algún lugar pintoresco que marcar en el mapa para futuras escapadas por esta comarca. Como buena guía, la ilustran fotografías en color y blanco y negro que amenizan cualquier ojeada que le dediquemos al libro, bastante interesante en sí mismo aunque, en este caso, os invito a descubrir los pueblos alpujarreños por vuestro propio pie.


Ya que nos encontramos visitando la Alpujarra, podemos aprovechar la visita para descubrir las singularidades geológicas de Sierra Nevada. Para ello, qué mejor que una guía de campo como la que tuvo a bien (al igual que ocurrirá con la siguiente) regalarme Alberto hace algún tiempo. En ella se presentan una serie de itinerarios por el magnífico macizo montañoso gracias a los cuales podremos contemplar algunos de los parajes más hermosos de los parques Natural y Nacional de Sierra Nevada. Es un libro que he disfrutado enormemente este año, como complemento a la asignatura de Medio Físico que he estado cursando y que nos recuerda, a quienes disfrutamos en el campo de todo lo vivo, que la materia que subyace inerte bajo nuestros pies guarda en sí misma una historia de maravillas dispuesta a ser narrada a quien sepa escucharla.

Ya que me es posible, independientemente de vuestra ubicación, de este libro sí os voy a regalar un ejemplar. Editado por la Junta de Andalucía, al igual que ocurre con otras de sus publicaciones, existe una edición en PDF que puede descargarse desde la web. Así que, si gustáis, sois libres de tomar vuestra copia de los Itinerarios Geológicos por Sierra Nevada.

Termino de momento el recorrido por Granada con un momento efímero pero hermoso. Es el tiempo de las orquídeas y estas florecen en muchos de nuestros campos. Cuando llegue la próxima primavera fijaos en ellas, en sus delicadas formas, en lo singular de su apariencia. Esta guía de orquídeas hará más interesante, si cabe, la observación.


Me despido recordando a Granada tal y como la describiera en 1337 el geógrafo y Secretario del Estado Egipcio, Ibn Fadl Allah al-‘Umari,
Granada es una gran ciudad de forma circular y encantador aspecto, en la que abundan los árboles, las aguas, los jardines y los frutos, y poco expuesta a los vientos, por estar rodeada por todas partes de montañas. Sus aguas tienen su origen en dos ríos importantes: el Genil y el Darro; el Genil desciende del monte Soleir, al S. de la ciudad, que es un pico elevado, del que nunca desaparece la nieve, ni en estío ni en invierno, que, por consiguiente, es muy frío, de donde resulta que Granada lo es también en invierno, pues no está apartada de aquel pico más que unas diez millas... Tiene fuentes de agua abundantes y árboles de especies variadas; particularmente, las manzanas y cerezas de Balbeck difícilmente pueden encontrarse iguales en el mundo entero, pues son tan bellas y tan dulces que de ellas podrían extraerse miel; también hay nueces, castañas, higos, uvas, fresas, bellotas, etc. en la sierra se encuentran plantas medicinales parecidas a las de la India y una hierba que se emplea como remedio, que los botánicos conocen muy bien, y que no se encuentra ni en la India ni en otras partes.

martes, 20 de julio de 2010

Últimas lecturas

Últimamente siempre llego tarde. Tarde, como el conejo blanco de Alicia, como los “buenos” en la vida real o como las medidas contra la crisis. Comento tarde vuestras entradas, demoro las mías y respondo cuando puedo a los comentarios. No es algo buscado, ciertamente, aunque la verdad es que todo parece alinearse de forma tal que dificulta que pueda sentarme a escribir unas líneas con tranquilidad. La última sorpresa ha sido el “fallecimiento” de mi ordenador. Un portátil con sus seis añitos de edad que, a pesar de su sufrida existencia (la de horas continuadas de trabajo que habrá vivido el pobre), debería haber durado unos añitos más. Así me hallo, sin ordenador, de prestado, pergeñando a vuelapluma una entrada que saque del hastío al blog –y, por qué no, también a mí mismo- y vuelva a estar operativo después de esta prolongada ausencia.

Lo cierto es que en los últimos meses he leído mucho y poco a un tiempo. Como bastantes de vosotros, imagino, por otro lado. Con los exámenes a la vuelta de la esquina no había otra opción que devorar apuntes y libros de texto y dejar un poco de lado los que nos hacen soñar, aunque sea de otro modo (a pesar de que algunos de aquellos, no estrictamente de texto, sí que querría traerlos al blog en algún momento). Sin embargo, algún libro que otro ha caído y, de unos pocos, no quería dejar pasar la oportunidad de decir algo sobre ellos.


De su último viaje a tierras capitalinas, Azote vino con un libro bajo el brazo. Se trataba del último de Labordeta, que aún figuraba como "preventa" en algunas librerías con presencia en Internet. Ya sabéis por alguna anterior entrada de mi buena disposición respecto a las palabras de este multidisciplinar autor. En Regular, gracias a Dios, hace un recorrido autobiográfico desde su infancia hasta la actualidad, cuando se encuentra luchando contra un cáncer que poco a poco le va minando la salud, e incluso las ganas de vivir en una batalla que arrostra con ánimo preñado de algo de resignación. El libro me gustó mucho, y en cierto modo me recuerda a los diarios de Lorenzo, el personaje de Delibes que nos deleitó como cazador, emigrante y jubilado, aunque en este caso se trate de la vida del propio autor y su prosa, aunque ágil y emotiva, quede algo lejos de la llana elegancia del vallisoletano. Un libro, en cualquier caso, recomendable para quienes gusten de conocer un poco más a fondo a Labordeta y, por qué no, para disfrutar reconociendo o aprendiendo sobre la visión que de España y Aragón tiene este hombre comprometido.

Del blog de Alienor salí, como suele ocurrirme cuando visito la mayor parte de vuestros blogs, con la lista del Plan Infinito engrosada en unos cuantos títulos. Uno de los últimos se adelantó a buena parte de mis lecturas ya que los temas que trata me apasionan y justamente acababa de examinarme de una asignatura muy relacionada con aquellos (Medio Ambiente y Sociedad). Estoy hablando de El desajuste del Mundo, de Amin Maalouf, un libro “muy yo”, como acertadamente afirmaba Alienor en los comentarios a su entrada (¿tanto de mí dejo traslucir por aquí, o soy un pesadísimo contertulio? Je, je, je…). Con un estilo claro, muy didáctico y ameno, Maalouf analiza el “choque de civilizaciones” que se ha producido con más fuerza que nunca en las últimas décadas y el abismo que se abre entre oriente y occidente en nuestros días. Las heridas no sanadas del “socialismo real” y un capitalismo que ha permitido crecer a Europa y EEUU casi sin límite (no más que el de una crisis que con cordura se podría haber evitado) y que empieza a ser el motor de una naciente y, a todas luces, imparable China, nos han alejado de un mundo distinto, que tuvo su momento de gloria pero que ha quedado lastrado por los tabúes, los extremismos y la falta de referencias: el del islamismo. Maalouf nos presenta un panorama estremecedor, donde todos podríamos aprender los unos de los otros ya que, en conjunto, nos complementamos a la perfección pero que, en un ejercicio de alarde de escasa visión, nos empeñamos en agravar con nuestras insalvables diferencias. El desajuste del mundo (Cuando nuestras civilizaciones se agotan) es un ensayo imprescindible, que me ha encantado y cuya lectura recomendaría junto a Colapso, de Jared Diamod, como ejercicio de reflexión sobre el estado de nuestras civilizaciones.
Quienes conviven con un felino saben de sus particulares costumbres, de sus filias y fobias y cómo, a pesar de los pesares, terminan haciéndose con un hueco en nuestro corazón comparable únicamente a lo marcado de su personalidad. Muchos de sus hábitos son heredados, instintivos, y bastante alejados de la percepción que, como humanos (tendentes, además, a humanizar también a nuestras mascotas) tenemos de ellos. ¿Por qué se roza nuestro gato con la pierna cuando llegamos a casa, qué le hace rodar sobre sí mismo y mostrarnos su vulnerable barriga o cuál es el motivo de que “amase” nuestra pierna mientras ronronea y de dispone a tumbarse? Las respuestas a estas y otras muchas preguntas que pueden surgirnos cuando vemos a nuestros mininos nos las ofrece Desmond Morris, el zoólogo, en su libro Observe a su gato, un divertido tratado etológico (absolutamente divulgativo, que no os asuste el calificativo) sobre el gato doméstico.

Y ahora, os dejo, pendiente de localizar una próxima lectura y con la esperanza de ponerme al día con las entradas (propias y ajenas).

¡Feliz lectura!