viernes, 26 de agosto de 2011

Felicidades, Julio

En la última semana me he "perdido" un par de cumpleaños, y es que posiblemente hasta mediados de septiembre este blog y yo, vuestro seguro servidor, no volveremos a ser lo que éramos. Las obligaciones mandan, pero os aseguro que daré salida a través de mis dedos a las decenas de entradas que se agolpan en mi mente e inundaré vuestros lectores RSS de artículos (no sé si por suerte o por desgracia para vosotros, je, je). 

Entretanto, además de recordar a Borges, nacido un 24 de agosto, a Lovecraft, que vio la luz -es un decir- un 20 de agosto y a Lorca, fallecido un día 18 (os envío a visitar a Alienor), aunque sea haciendo un poco de trampa por mi parte, aprovecho para felicitar a mi querido Julito, que nació un día como hoy de 1914 y os dejo con uno de los cuentos más hermosos que he leído jamás. Espero que lo disfrutéis tanto como yo.

"Graffiti", de Julio Cortázar.

Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar un dibujo al lado del tuyo, lo atribuiste a una casualidad o a un capricho y sólo la segunda vez te diste cuenta que era intencionado y entonces lo miraste despacio, incluso volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las precauciones de siempre: la calle en su momento más solitario, acercarse con indiferencia y nunca mirar los grafitti de frente sino desde la otra acera o en diagonal, fingiendo interés por la vidriera de al lado, yéndote en seguida.

Tu propio juego había empezado por aburrimiento, no era en verdad una protesta contra el estado de cosas en la ciudad, el toque de queda, la prohibición amenazante de pegar carteles o escribir en los muros. Simplemente te divertía hacer dibujos con tizas de colores (no te gustaba el término grafitti, tan de crítico de arte) y de cuando en cuando venir a verlos y hasta con un poco de suerte asistir a la llegada del camión municipal y a los insultos inútiles de los empleados mientras borraban los dibujos. Poco les importaba que no fueran dibujos políticos, la prohibición abarcaba cualquier cosa, y si algún niño se hubiera atrevido a dibujar una casa o un perro, lo mismo lo hubieran borrado entre palabrotas y amenazas. En la ciudad ya no se sabía demasiado de que lado estaba verdaderamente el miedo; quizás por eso te divertía dominar el tuyo y cada tanto elegir el lugar y la hora propicios para hacer un dibujo.

Nunca habías corrido peligro porque sabías elegir bien, y en el tiempo que transcurría hasta que llegaban los camiones de limpieza se abría para vos algo como un espacio más limpio donde casi cabía la esperanza. Mirando desde lejos tu dibujo podías ver a la gente que le echaba una ojeada al pasar, nadie se detenía por supuesto pero nadie dejaba de mirar el dibujo, a veces una rápida composición abstracta en dos colores, un perfil de pájaro o dos figuras enlazadas. Una sola vez escribiste una frase, con tiza negra: A mí también me duele. No duró dos horas, y esta vez la policía en persona la hizo desaparecer. Después solamente seguiste haciendo dibujos.

Cuando el otro apareció al lado del tuyo casi tuviste miedo, de golpe el peligro se volvía doble, alguien se animaba como vos a divertirse al borde de la cárcel o algo peor, y ese alguien como si fuera poco era una mujer. Vos mismo no podías probártelo, había algo diferente y mejor que las pruebas más rotundas: un trazo, una predilección por las tizas cálidas, un aura. A lo mejor como andabas solo te imaginaste por compensación; la admiraste, tuviste miedo por ella, esperaste que fuera la única vez, casi te delataste cuando ella volvió a dibujar al lado de otro dibujo tuyo, unas ganas de reír, de quedarte ahí delante como si los policías fueran ciegos o idiotas.

Empezó un tiempo diferente, más sigiloso, más bello y amenazante a la vez. Descuidando tu empleo salías en cualquier momento con la esperanza de sorprenderla, elegiste para tus dibujos esas calles que podías recorrer de un solo rápido itinerario; volviste al alba, al anochecer, a las tres de la mañana. Fue un tiempo de contradicción insoportable, la decepción de encontrar un nuevo dibujo de ella junto a alguno de los tuyos y la calle vacía, y la de no encontrar nada y sentir la calle aún más vacía. Una noche viste su primer dibujo solo; lo había hecho con tizas rojas y azules en una puerta de garaje, aprovechando la textura de las maderas carcomidas y las cabezas de los clavos. Era más que nunca ella, el trazo, los colores, pero además sentiste que ese dibujo valía como un pedido o una interrogación, una manera de llamarte. Volviste al alba, después que las patrullas relegaron en su sordo drenaje, y en el resto de la puerta dibujaste un rápido paisaje con velas y tajamares; de no mirarlo bien se hubiera dicho un juego de líneas al azar, pero ella sabría mirarlo. Esa noche escapaste por poco de una pareja de policías, en tu departamento bebiste ginebra tras ginebra y le hablaste, le dijiste todo lo que te venía a la boca como otro dibujo sonoro, otro puerto con velas, la imaginaste morena y silenciosa, le elegiste labios y senos, la quisiste un poco.

Casi en seguida se te ocurrió que ella buscaría una respuesta, que volvería a su dibujo como vos volvías ahora a los tuyos, y aunque el peligro era cada vez mayor después de los atentados en el mercado te atreviste a acercarte al garaje, a rondar la manzana, a tomar interminables cervezas en el café de la esquina. Era absurdo porque ella no se detendría después de ver tu dibujo, cualquiera de las muchas mujeres que iban y venían podía ser ella. Al amanecer del segundo día elegiste un paredón gris y dibujaste un triángulo blanco rodeado de manchas como hojas de roble; desde el mismo café de la esquina podías ver el paredón (ya habían limpiado la puerta del garaje y una patrulla volvía y volvía rabiosa), al anochecer te alejaste un poco pero eligiendo diferentes puntos de mira, desplazándote de un sitio a otro, comprando mínimas cosas en las tiendas para no llamar demasiado la atención. Ya era noche cerrada cuando oíste la sirena y los proyectores te barrieron los ojos. Había un confuso amontonamiento junto al paredón, corriste contra toda sensatez y sólo te ayudó el azar de un auto dando vuelta a la esquina y frenando al ver el carro celular, su bulto te protegió y viste la lucha, un pelo negro tironeado por manos enguantadas, los puntapiés y los alaridos, la visión entrecortada de unos pantalones azules antes de que la tiraran en el carro y se la llevaran.

Mucho después (era horrible temblar así, era horrible pensar que eso pasaba por culpa de tu dibujo en el paredón gris) te mezclaste con otras gentes y alcanzaste a ver un esbozo en azul, los trazos de ese naranja que era como su nombre o su boca, ella así en ese dibujo truncado que los policías habían borroneado antes de llevársela; quedaba lo bastante como para comprender que había querido responder a tu triángulo con otra figura, un círculo o acaso un espiral, una forma llena y hermosa, algo como un sí o un siempre o un ahora.

Lo sabías muy bien, te sobraría tiempo para imaginar los detalles de lo que estaría sucediendo en el cuartel central; en la ciudad todo eso rezumaba poco a poco, la gente estaba al tanto del destino de los prisioneros, y si a veces volvían a ver a uno que otro, hubieran preferido no verlos y que al igual que la mayoría se perdieran en ese silencio que nadie se atrevía a quebrar. Lo sabías de sobra, esa noche la ginebra no te ayudaría más a morderte las manos, a pisotear tizas de colores antes de perderte en la borrachera y en el llanto.

Sí, pero los días pasaban y ya no sabías vivir de otra manera. Volviste a abandonar tu trabajo para dar vueltas por las calles, mirar fugitivamente las paredes y las puertas donde ella y vos habían dibujado. Todo limpio, todo claro; nada, ni siquiera una flor dibujada por la inocencia de un colegial que roba una tiza en la clase y no resiste el placer de usarla. Tampoco vos pudiste resistir, y un mes después te levantaste al amanecer y volviste a la calle del garaje. No había patrullas, las paredes estaban perfectamente limpias; un gato te miró cauteloso desde un portal cuando sacaste las tizas y en el mismo lugar, allí donde ella había dejado su dibujo, llenaste las maderas con un grito verde, una roja llamarada de reconocimiento y de amor, envolviste tu dibujo con un óvalo que era también tu boca y la suya y la esperanza. Los pasos en la esquina te lanzaron a una carrera afelpada, al refugio de una pila de cajones vacíos; un borracho vacilante se acercó canturreando, quiso patear al gato y cayó boca abajo a los pies del dibujo. Te fuiste lentamente, ya seguro, y con el primer sol dormiste como no habías dormido en mucho tiempo.

Esa misma mañana miraste desde lejos: no lo habían borrado todavía. Volviste al mediodía: casi inconcebiblemente seguía ahí. La agitación en los suburbios (habías escuchado los noticiosos) alejaban a la patrulla de su rutina; al anochecer volviste a verlo como tanta gente lo había visto a lo largo del día. Esperaste hasta las tres de la mañana para regresar, la calle estaba vacía y negra. Desde lejos descubriste otro dibujo, sólo vos podrías haberlo distinguido tan pequeño en lo alto y a la izquierda del tuyo. Te acercaste con algo que era sed y horror al mismo tiempo, viste el óvalo naranja y las manchas violetas de donde parecía saltar una cara tumefacta, un ojo colgando, una boca aplastada a puñetazos. Ya sé, ya sé ¿pero qué otra cosa hubiera podido dibujarte? ¿Qué mensaje hubiera tenido sentido ahora? De alguna manera tenía que decirte adiós y a la vez pedirte que siguieras. Algo tenía que dejarte antes de volverme a mi refugio donde ya no había ningún espejo, solamente un hueco para esconderme hasta el fin en la más completa oscuridad, recordando tantas cosas y a veces, así como había imaginado tu vida, imaginando que hacías otros dibujos, que salías por la noche para hacer otros dibujos.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Jorge Luis Borges

Felicidades, Jorge Luis.

Alhambra
Grata la voz del agua
a quien abrumaron negras arenas,
grato a la mano cóncava
el mármol circular de la columna,
gratos los finos laberintos del agua
entre los limoneros,
grata la música del zéjel,
grato el amor y grata la plegaria
dirigida a un Dios que está solo,
grato el jazmín.

Vano el alfanje
ante las largas lanzas de los muchos,
vano ser el mejor.
Grato sentir o presentir, rey doliente,
que tus dulzuras son adioses,
que te será negada la llave,
que la cruz del infiel borrará la luna,
que la tarde que miras es la última. 
La imagen de la Alhambra está tomada del blog "Granada en blanco y negro".

sábado, 20 de agosto de 2011

El horror de Dunwich

Tiro de archivo (como los informativos en verano) y recupero una vieja entrada de un viejo blog sobre una antigua y, aunque pudiera parecer justo lo contrario, agradable lectura recuperada gracias a un viejo gran amigo. Todo este arcaísmo en homenaje a Lovecraft que, no obstante, espero en breve nos depare alguna grata y novedosa sorpresa, ya os contaré.

Las sombras dejaron de expandirse hace horas para comenzar a disolverse entre sí, fundiéndose en un todo impenetrable del que a duras penas es capaz de salvarme la luz de la lámpara que reposa sobre la mesilla de noche, junto a la cama, a mi lado. Su ocre luminosidad destila las tinieblas en imposibles siluetas de muebles que ocupan la habitación con sus abigarradas figuras contrahechas, invitándome a regresar a la lectura del volumen que sostengo entre las manos. Años atrás disfruté -si así puede definirse la indescriptible desazón que me acompañó en una primera lectura- de la pluma de Lovecraft narrando los horrores de Dunwich y los ominosos rituales que allí se celebraban. Ahora, cuando el oscuro vuelo de las grajillas toma el relevo al hipnótico cántico del chotacabras anticipando la llegada del ya próximo otoño, vuelvo a sentir cómo un escalofrío me recorre el espinazo. La oscuridad me rodea, y sólo me acompaña la voz de Nick Holmes como aquel entonces, casi quince años atrás. Lovecraft resulta más terrorífico que nunca en la exquisita edición ilustrada que edita Libros del Zorro Rojo -cuán distinta de aquella otra de Alianza Cien que leí antaño-, un ejemplar que sólo regalaría un amante de los libros a otro Homo libris.


Vuelvo a la lectura… Mas cuidado si visitáis Dunwich, sus pobladores os estarán esperando:
Los vecinos de Dunwich han llegado a constituir un tipo racial propio, con estigmas físicos y mentales de degeneración y endogamia bien definidos. Su nivel medio de inteligencia es increíblemente bajo, mientras que sus anales despiden un apestoso tufo a perversidad y a asesinatos semiencubiertos, a incestos y a infinidad de actos de indecible violencia y maldad. La aristocracia local, representada por los dos o tres linajes familiares que vinieron procedentes de Salem en 1692, ha logrado mantenerse algo por encima del nivel general de degeneración, aunque numerosas ramas de tales linajes acabaron por sumirse tanto entre la sórdida plebe que sólo restan sus apellidos como recordatorio da origen de su desgracia.

sábado, 6 de agosto de 2011

La luna se ha puesto

La primera vez que leí a Steinbeck tendría doce o trece años y fue gracias a un libro tan particular como maravilloso: Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros, una obra atípica respecto al resto de sus escritos pero que animó en mí una pasión por el ciclo artúrico que llega hasta hoy: es una novela que os recomiendo fervorosamente, para qué vamos a engañarnos. 


Después de esta llegarían Las uvas de la ira, De ratones y hombres o La perla, y lo cierto es que con su lectura el autor norteamericano terminó de ganarme por completo, muy especialmente con las dos primeras. Así es que cuando hace unos meses me encontré con un par de libros suyos en la librería de Torremolinos de la que alguna vez os he hablado (y sobre la que, por cierto, aquí he encontrado un par de entradas con fotos de su nueva ubicación y de la antigua) me hice con ellos. Eran Al este del Edén, que aún tengo pendiente, y La luna se ha puesto, una obrita breve -por su extensión, ya que apenas abarca 150 páginas- pero que realmente me ha calado muy hondo.
Veinte años antes había estado en Bélgica y en Francia, y procuraba no pensar en lo que sabía: que la guerra es traición y odio, y torpezas de generales ineptos, tortura, y muerte, y náusea, y cansancio; y que cuando todo ha pasado, lo único que queda son nuevos desalientos y nuevos odios. Se decía a sí mismo que él era un soldado a quien le daban órdenes que tenía que cumplir, y que no esperaban de él que las analizara, ni que pensara, sino que las cumpliera; y procuraba apartar los recuerdos de la otra guerra y la idea segura de que ésta sería igual. Ésta será distinta, se decía cincuenta veces al día; ésta será distinta.
Cuando el coronel Lanser invadió con sus hombres el pequeño pueblo del doctor Winter sabía lo que iba a ocurrir en lo sucesivo. En el pueblito todos viven en paz y no recuerdan la última vez que fueron invadidos o que invadieron a alguien, pero en cuanto se descubre que algunos de los suyos han ayudado a perpetrar la invasión, como el traidor de Corell, comienzan a surgir sospechas entre ellos; por ejemplo, el viejo Intendente Orden, amigo del doctor Winter, y su esposa se ven obligados a acoger bajo su techo a los mandos militares que llegan al pueblo, algo que podría ser entendido como una colaboración por su parte. Poco a poco se irá conformando una resistencia ciudadana que dará al traste con el ideal de conquista de los invasores. Con la llegada del invierno la moral caerá en picado, como bien sabía Lanser, y los hombres dejarán de serlo para convertirse en fantasmas de lo que fueron o hubieron poder sido. 

Steinbeck construye en La luna se ha puesto un verdadero alegato contra la guerra y la barbarie que supone esta, con algunas frases más que memorables. La novela está escrita con ternura y cuenta con algunos pasajes que nos arrancarán una sonrisa (rayana en lo amargo en ocasiones) mientras que otros, los más, nos harán reflexionar sobre la condición humana. 

En resumen, una lectura más que recomendable que apenas os llevará una tarde de verano disfrutar. Os dejo con un par de canciones que, inevitablemente, me vinieron a la mente mientras leía el libro: "Ourense-Bosnia", del grupo gallego Los Suaves y "One", de Metallica.






Feliz lectura.

viernes, 22 de julio de 2011

Nuevo IMM veraniego

Algunas próximas lecturas, fruto de las visitas a las librerías de viejo que tanto adoro y a Uniliber, todo hay que decirlo. Tradición y modernidad unidas, y poco más que decir. Tres cosas simplemente: el libro de Luismi se adelantó al IMM, Lupi y Obi no sufrieron daño alguno (a la vista está) en la realización de esta entrada y del resto de libros daré cumplida cuenta en breve, si os place (atención a la joya de la segunda foto, a la izquierda, de ese no se libra el blog ;) ).

Por lo demás, os deseo un feliz fin de semana y que disfrutéis del puente quienes lo tengáis.




¡Feliz lectura!

martes, 19 de julio de 2011

Diario de un naturalista distraído

Tierra nuestra, vida nuestra se ha introducido subrepticiamente en mis lecturas veraniegas viniendo a ocupar mi tiempo de ocio durante el pasado fin de semana. Hacía tiempo que deseaba leerlo, así que cuando lo vi a precio de saldo en una librería cuya web suelo visitar con frecuencia decidí hacerme con él, no solo por el precio sino porque una vez dentro de la categoría de «descatalogados» resulta cuestión de tiempo que sea difícil, por no decir imposible, conseguir un libro. Están ahí, como algunas veces hemos mencionado, los libros en peligro de extinción, los que habrá que buscar en bibliotecas públicas para, con suerte, llegar a encontrarlos. El caso es que no me ha dado tiempo a preparar una entrada IMM y el libro que abrí apenas para echar un ojo al prólogo, ya que tenía pensado leerlo en un par de meses, me atrapó por completo.

Luis Miguel Domínguez, Luismi para los amigos –y creo poder llamarle así porque compartimos pasión y devoción por una naturaleza cada vez más castigada pero siempre maravillosa–, hace gala en esta, su particular autobiografía plagada de anécdotas y humor, de una sencillez y claridad expositivas apabullantes. Escribe tal y como habla, por lo que devorando páginas le he escuchado narrar sus aventuras y desventuras naturalistas con esa voz cálida y rotunda que le caracteriza. Este naturalista distraído, como él mismo se define, podrá serlo a ojos de sus semejantes, esos que levantan la ceja al verle buscar grillos en la Puerta del Sol o pasar la tarde charlando con algún anciano en un pueblecito perdido de nuestra geografía, pero nunca es ajeno al paisaje y paisanaje que pasa ante los suyos, como demuestran las páginas repletas de anécdotas y observaciones de Tierra nuestra, vida nuestra.

Piensa en negro sobre blanco y comparte con nosotros recuerdos de infancia, de aquella en la que –como a tantos de nosotros– nos picó el bicho de la observación de la naturaleza, de la conservación del patrimonio natural, del respeto hacia los mayores y las costumbres que antaño hacían al hombre más humano y más cercano a lo que le rodeaban. No todas eran de tal guisa, por supuesto, pero desgraciadamente muchas de ellas perviven entre nosotros, como el malhadado azote del furtivismo. En otros aspectos hemos crecido, y buena parte del respeto y la comprensión del mundo natural vino de la mano de Félix Rodríguez de la Fuente, a quien Luismi respeta y admira y del que, con cariño, habla siempre que tiene oportunidad.


Posiblemente sea, de cuantos divulgadores cuenta nuestro país a día de hoy, el que mejor ha sabido coger el relevo al burgalés universal. Luis Miguel Domínguez habla con vehemencia, abstrae a su auditorio del entorno y, como los mejores narradores de historias de la prehistoria, nos reúne en torno a una imaginaria fogata para descubrirnos lo que tantos ojos no saben ver. Sus palabras rezuman sabiduría, denotan pasión por su profesión y suponen un más que necesario impulso para las vocaciones que encuentran, hoy día, un alto muro que saltar: hay que comer, y en esta tierra la investigación y las letras puras, mucho me temo, no se valoran como es debido.

Este año he tenido la oportunidad de escuchar a Luismi en tres ocasiones. La primera, hace unos meses, durante un homenaje a Félix Rodríguez de la Fuente que se llevó a cabo en un pueblo de Granada, clausurando un año repleto de recuerdos al padre moral de tantos de nosotros y biológico de Odile, la hija de este que le acompañaba en el acto. La segunda fue un mes después, en las jornadas zoológicas de otro pueblo, esta vez malagueño, donde presentó su último trabajo cinematográfico sobre las especies invasoras, un documental que recomiendo vivamente: "Invasores". La tercera y última, hasta el momento, ha sido leyendo su libro, escuchándole de nuevo, disfrutando de cada salida al campo y de cada rapaz avistada, de los viajes estivales al pueblo de su madre y los chapuzones en una clara poza del río. De esta Tierra nuestra que nos parió, que tanto nos quiere y a quien, errare humanum est, tantos disgustos damos cada día.

Nota: La fotografía de Luismi la he tomado prestada de esta web.

miércoles, 13 de julio de 2011

Making books

Un curioso vídeo visto en Microsiervos y que a buen seguro os resultará interesante y divertido. El que subo aquí es ligeramente distinto al que presentan estos chicos, por eso os recomiendo pasar por su entrada.


Mucho han cambiado las cosas desde que el vídeo fue grabado. Aun así, todavía es posible visitar talleres de encuadernación artesanales, tal vez uno de los mejores lugares para acercarse a conocer la anatomía de los libros. Os invito, finalmente a utilizar alguno de los preciosos fondos de escritorio que, desde hace mucho, nos ofrecen en El bibliófilo enmascarado.