viernes, 2 de marzo de 2012

La juguetería errante

Algo tienen los libros de la editorial Impedimenta que enamoran con solo mirarlos. Es justo lo que me pasó con La juguetería errante; ver el libro y desear tenerlo fue una misma cosa. Lo cierto es que la portada es preciosa, la edición primorosa y el título resulta llamativo, pero el interés va a más en cuanto sabemos un poco de su argumento. En la juguetería que da nombre a libro se comete un asesinato, mas poco después desaparecen las pruebas. No el cuerpo (que también), sino la propia juguetería. Así comienza la aventura del poeta Richard Cadogan cuando decide irse unos días de vacaciones a Oxford tras desoír los consejos del tacaño de su editor y se mete de bruces en este misterio. Cuando consigue avisar a la policía y al ir a visitarla se encuentran con que ya no existe la tienda en cuestión, así que decide hablar con su viejo amigo Gervase Fen, el afamado profesor de literatura inglesa conocido por sus habilidades como detective aficionado. A bordo del descapotable rojo del profesor Fen, Cadogan y él vivirán una aventura repleta de persecuciones (aunque no siempre nos queda claro si actúan como perseguidores o perseguidos), de algún accidente que otro (ya que el coche de Gervase, Lilly Christine III, parece contar con un especial magnetismo que le lleva a precipitarse contra cualquier muro, árbol o edificio existente) y de mucho humor inglés.

Bajando por Woodstock Road, directamente hacia donde estaban ellos, venía pedaleando un hombre de cierta edad, anormalmente delgado, con su escaso pelo blanco al viento y con un rictus de desesperación en la mirada. Inmediatamente tras él, corriendo como si en ello les fuera la vida, venían Escila y Caribdis; tras ellos, una turba trituradora de estudiantes furibundos, con Adrian Barnaby (en bicicleta) a la vanguardia; tras ellos, un ayudante de celador, el alguacil universitario, y dos «bulldogs», embutidos todos en un diminuto Austin y con aspecto formal, grave e inútil; y el último del pelotón, agotado por la persecución, era Hoskins, que venía arrastrando exhausto su desgarbada figura.
Fue una visión que Cadogan jamás lograría olvidar en lo que le quedara de vida.
A diferencia de otros célebres detectives de la historia de la literatura, Gervase Fen no resuelve los casos gracias a seguir el método científico, entre loas y alabanzas a su materia gris o gracias a su intuición. De extrovertido carácter, dado a fabular y a deleitarnos con numerosas referencias literarias (donde, en más de una ocasión agradecemos las notas a pie de página de la edición), la historia se desarrolla sin que sepamos muy bien dónde nos va a llevar en sus investigaciones. Esto, sin embargo, no resulta desazonador, pues es tal el ritmo narrativo y lo adictivo de la historia que no nos paramos siquiera a pensar en ello. Seguimos a nuestros protagonistas con una suerte de sonrisa en los labios que no desaparece en ningún momento, ni siquiera al final de la historia, cuando en una escena repleta de acción no pude evitar recordar la versión cinematográfica dirigida por Hitchcock de Extraños en un tren, de Patricia Highsmith, y a una inolvidable secuencia de la misma.

Salvadas las distancias, y aunque se mencionan los nombres de Wodehouse, Stella Gibbons, Agatha Christie, Chesterton o Conan Doyle para intentar explicar el estilo de Edmund Crispin (seudónimo de Robert Bruce Montgomery tomado, junto al nombre de su detective, de un personaje de la novela de Michael Innes ¡Hamlet, venganza!), lo cierto es que a mí me ha parecido un libro escrito por un Harry Stephen Keeler algo más organizado, con mayor salud mental, mejor estilo literario y buenos referentes culturales. En definitiva, que resulta divertidísimo a la par que recomendable.

Aunque los libros de Crispin son muy populares en Inglaterra, lo cierto es que por aquí en España, que a mí me conste al menos, no era tan conocido. Por eso, por cuanto me ha gustado el libro y por lo precioso de los libros de esta editorial, me congratula saber que La juguetería errante constituye solo el punto de partida para la edición en castellano de la serie de libros protagonizada por Gervase Fen, nueve novelas y un par de libros de relatos, entre los cuales, ordenados cronológicamente por la fecha de escritura, La juguetería errante ocupa el tercer lugar. Aquí cuentan con un seguro lector de los mismos que espera con impaciencia la siguiente aventura de tan singular detective.

¡Por mis patas de conejo, que editen ya el siguiente!

viernes, 24 de febrero de 2012

El club de los parricidas

Pandemonium, s. Literalmente, Lugar de Todos los Demonios. La mayoría de ellos han ido a refugiarse en la política y las finanzas, y el lugar se usa ahora como salón de conferencias del Reformador Vocinglero. Cuando son perturbados por su voz, los antiguos ecos clamorean apropiadas respuestas que halagan mucho su orgullo.
La primera vez que oí alguna de las definiciones que contiene el Diccionario del diablo de Ambrose Bierce fue en la radio. Un compañero del programa de rock “Bajo cuerda” que por aquel entonces emitíamos en directo desde una emisora local lo llevó y fue intercalando alguna que otra entre canción y canción. Tanto nos gustó que recuerdo que busqué el libro y lo encontré en una de las librerías de Granada, ya desaparecida, que más contribuyó a engrosar mi biblioteca particular durante la etapa de estudiante. La librería Urbano de libros de saldo, ubicada en la calle Melchor Almagro, nos esperaba con miles de títulos al pie de sus escaleras. Había que descender por ellas como si nos estuviésemos adentrando en la cueva de Alí Babá, y aparecía, igual que esta, repleta de tesoros, aunque estos de papel. Y al salir, como si de Moria se tratase, en invierno podías ver entre las ramas desnudas de los olmos, al final de la calle, la desafiante silueta de Sierra Nevada. Un placer de dioses, como os contaba.

Volviendo a Bierce, aunque lo cierto es que su más conocida obra es precisamente ese diccionario, no es la única en la que su aguda ironía y, por qué no decirlo, buena ración de mala baba hace acto de presencia. Como os decía en la anterior entrada, la editorial Traspiés muy gentilmente me hizo llegar una copia de El club de los parricidas, y para deleite de propios y extraños he de decir que he disfrutado de su lectura como un enano.


El club de los parricidas comprende una serie de relatos en los que el autor va desgranando el cariño que guardaba hacia sus progenitores. De esta relación nos habla en el prólogo Jesús Aguado, el traductor de la presente edición, y pronto iremos descubriendo hasta qué punto era esta visceral.

En “Aceite de perro”, un niño ayuda a sus padres en sus respectivos trabajos. Comienza a narrarnos su historia con estas palabras:
Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos que ejercían dos de los oficios más humildes: mi padre era fabricante de aceite de perro y mi madre se encargaba de los bebés no deseados en una pequeña habitación adyacente a la iglesia del pueblo. Ellos se encargaron de inculcarme el amor al trabajo, ya que no sólo ayudaba a mi padre a capturar los perros que alimentaban sus calderos, sino que también en numerosas ocasiones, mi madre me pedía que me deshiciera de los desechos frutos de su labor. Puesto que todos los agentes de la ley del lugar, aunque no lo hubieran explicitado en sus programas electorales, se oponían a lo que ella hacía, con frecuencia tenía que emplear a fondo mi natural inteligencia para cumplir con esta obligación. La ocupación de mi padre, fabricar aceite de perro, era, como es lógico, menos impopular, a pesar de que los propietarios de perros desaparecidos le dirigieran miradas reticentes que hacían extensivas a mí.
“Un incendio imperfecto” nos trae la figura de un padre ladrón y un hijo que no le va a la zaga en estas artes. Un desacuerdo en el reparto del botín desata la furia del hijo y el final de su padre en unas circunstancias realmente flamígeras.


“Mi asesinato preferido”, o más bien el del protagonista de esta historia, es el de su tío. Lo narra ante el juez para hacerle ver que el crimen por el que está siendo juzgado —el de su madre— no es realmente tan abominable.

Después de asesinar a mi madre de manera especialmente horrible, fui arrestado y llevado a un juicio que se prolongaría durante siete años. Al exponer sus conclusiones a los miembros del jurado, el juez del Tribunal de Absolución afirmó que el mío era uno de los crímenes más espantosos con los que había tenido que enfrentarse.
Al escuchar eso mi abogado se levantó y dijo:
"Con la venia de su Señoría, los crímenes son espantosos o soportables sólo por comparación. Si usted conociera los detalles del asesinato anterior de mi cliente, el de su tío, sabría ver en este otro delito suyo (si es que puede denominarse así) la dulce indulgencia y la piedad filial que demostró a su víctima. El atroz ensañamiento de ese otro asesinato sí que tenía que haberle ganado un veredicto de culpabilidad. De hecho, difícilmente se habría librado del mismo de no haber sido por la circunstancia de que el honorable juez que presidía el juicio era también el presidente de una compañía de seguros con la que mi cliente había suscrito una póliza contra el ahorcamiento. Si su Señoría tuviera a bien aceptar escuchar, para su propia edificación, el relato de lo entonces acontecido, mi cliente, a pesar del dolor que eso le causaría, no pondría reparos en hacerlo bajo juramento".
En “Una tumba sin fondo”, una madre con pocos escrúpulos y unos hijos algo inocentes entierran a su padre en el sótano se la casa con el fin de seguir cobrando la pensión de este. Lo que no saben es que su secreto puede estar enterrado más profundamente de lo que jamás habrían podido imaginar.


Por último, “El hipnotizador” nos trae a un joven dotado de un poder especial. Ya en el colegio descubre que puede hacer que las personas actúen a su antojo, controlando su cerebro simplemente con mirarlas fijamente y pensar lo que desea que hagan. El abuso que de su poder hacen sus padres les pasará una elevada factura…

En definitiva, este libro de relatos de Ambrose Bierce no resulta apto para mentes delicadas, si bien su agudeza y explícita ironía le encumbran, a mi parecer, a lo más alto de este tipo de literatura. En la edición que nos ocupa, la de la colección Vagamundos, los textos vienen acompañados por las ilustraciones de Pablo López Miñarro y, aunque es una delicia para regalar, no os recomiendo que lo apuntéis para el día de la madre. Ni del padre, claro.

¡Feliz lectura!

lunes, 20 de febrero de 2012

Volver

Posiblemente haya transcurrido más tiempo que nunca sin que escriba, desde el inicio de esta aventura bloguera, en Homo libris o en Andanzas de un Trotalomas. Aunque en los últimos tiempos mi ritmo de escritura había descendido bastante, lo cierto es que diversas circunstancias se han aliado para dificultarme aún más la labor. He dejado pasar efemérides tan queridas para mí como la semana en la que Verne y Dickens cumplían años, he dudado una y mil veces sobre la decisión de cerrar los blogs, dejar de escribir en ellos indefinidamente, hasta que las musas me alcancen (no estoy nada contento con lo que vengo escribiendo últimamente) o unirlos todos en uno solo, personal e intransferible, que denote algo de actividad incluso en estos malos momentos. Pero (¡ay!) como suele ser habitual en mí, sigo sin tomar una decisión al respecto.


No obstante, ahora que algunas de las circunstancias que me apartaban de aquí han desaparecido (si bien no creo que pueda contar con tanto tiempo como antes) he vuelto. Espero que para quedarme, aunque a estas alturas del partido no tengo nada claro. Intentando ver la situación desde una perspectiva positiva, si bien habréis notado quienes tenéis blog que también ando desaparecido del vuestro, he de decir que sigo presente en ellos, si bien de una forma silente. En diciembre del año pasado mi ajado, vetusto y heredado móvil sucumbió, así que me vi “obligado” a hacerme con otro (con lo felices que éramos sin ellos ;)). Aunque mi intención era otra, finalmente opté por uno de esos mal llamados teléfonos inteligentes y, como el buen retro-geek que soy, además de instalar en él alguno que otro emulador de ordenadores de 8 bits (Spectrum is forever), lo estoy usando para leer vuestras entradas, al tener los blogs vinculados a través lector de RSS correspondiente. Por el contrario, me da una pereza enorme escribir con mis torpes dedos en ese engendro de teclado táctil que incorpora, motivo por el cual no aparezco en los comentarios, aunque espero ir solucionando esto.

Por el camino han quedado unas cuantas lecturas y mucho trabajo acumulado. Pero como por algún lado hay que comenzar, os traigo aquí un brevísimo IMM, teniendo en cuenta que son tantos los libros que se me acumulan, con los primeros que aparecerán por aquí dentro de unos (pocos, espero) días.


La juguetería errante, de Edmund Crispin, ha sido un verdadero descubrimiento. Como con otros libros, me enamoró su portada, me intrigó su título y, solo después, conocí un argumento que me interesó sobremanera. La edición de Impedimenta es preciosa y el libro me encantó cuando lo leí, si bien posiblemente haya sido la más irregular de cuantas lecturas haya disfrutado en los últimos tiempos. Os hablaré de él dentro de poco.


José Antonio, propietario de la granadina editorial Traspiés, me hizo llegar a finales del mes pasado un par de libros que están promocionando actualmente. Ya hablé de la editorial en su día y de la buena impresión que causó en mí su libro de Jonathan Swift Una humilde propuesta. Los dos que me hace llegar gentilmente (muchas gracias, José Antonio) son El club de los parricidas, de Ambrose Bierce, y Un puesto avanzado del progreso, de Joseph Conrad. Dos libros satíricos, como el de Swift, que vienen a acrecentar la buena impresión que me causó la colección de libros ilustrados “Vagamundos”.


Actualmente estoy disfrutando de lo lindo con la aproximación a la historia de la agricultura y de la ingeniería genética que realiza magistralmente Francisco García Olmedo, catedrático de biología molecular vegetal, en su libro La tercera revolución verde. Creo que lo terminaré pronto, ya que es breve y la mar de ameno, y decididamente lo traeré al blog.


Y poco más, de momento. Espero ir retomando un ritmo aceptable de escritura y que mi presencia, para mal o para bien, se deje notar en los vuestros.

Un abrazo y, como siempre, ¡feliz lectura!

miércoles, 11 de enero de 2012

Los libros cobran vida al anochecer

Con la sugerente afirmación que encabeza esta entrada me dio a conocer ayer Silvia (sus blogs A través de mi visor y Un compás de obturador nos ilustran sobre fotografía,  cine y derechos digitales, entre otros temas, y son ultrarrecomendables) a través de Twitter el vídeo que os traigo hoy. Posiblemente muchos ya lo habréis visto, pero nunca está de más reencontrarse con él o descubrirlo por vez primera. A buen seguro os gustará tanto como a mí este The Joy of Books, encontrado en el blog Tecnología Obsoleta:


En este miércoles poético, os dejo con la "Canción 1960" de Luis García Montero:
Hasta la plaza
de los árboles secos
han bajado a sentarse las historias
que jamás se contaron.
La maleta fantasma
perdida como un barco.
Los pañuelos del tren
y el autobus que cruza
por medio de la orquesta del verano.
La noche arrepentida
en los primeros pasos
y el reloj que no puede
romper el muro de las cuatro.
Han venido a sentarse
para escuchar el miedo de los pájaros,
par ver la chaqueta
colgada en el armario
y los árboles secos
de los recién llegados, de los recién llegados.
¡Feliz lectura!

lunes, 9 de enero de 2012

La casa de los cocodrilos


Todas las épocas tienen sus héroes, algunos nuevos, otros heredados de las pretéritas. De las etapas de la vida, la infancia resulta la más propensa a endiosar a todo tipo de referentes. De los reales (los padres, ciertas profesiones generalmente acompañadas del riesgo como sinónimo de la aventura) a los ficticios (héroes televisivos y, cómo no, literarios), los niños tienden, tendimos, a elevar a un pedestal a nuestros ídolos que en ocasiones son, como decía, heredados.

Cuántos no nos habremos emocionado con la ceguera de Miguel Strogoff, aterrorizado con el incierto destino del capitan Hatteras o admirado del suprahumano valor de Sandokan en las novelas de Verne y Salgari. Cuántas aventuras corrimos de niños junto a Jim Botón o con papá Mumin; huyendo junto a los traviesos Guillermo y Tom Sawyer, o siguiendo a los protagonistas de La guerra de los botones. La de ocasiones en que nos escondimos en un barril de manzanas o ingerimos un trozo de seta que nos haría tan minúsculos que podríamos pasar a través de la puerta más ínfima. De la infancia nos quedan, pasado el tiempo, los recuerdos. De lo que fue y, sobre todo, de lo que soñamos. Y entre sueños, de estos recuerdos, nos queda en ocasiones el agridulce sabor de lo que pudo haber sido.

Recientemente, gracias a estas librerías de viejo que tanto me gusta visitar, aunque actualmente sea en generalmente de forma virtual (como os relataba, Internet se está convirtiendo en un gran apoyo a la hora de localizar obras imposibles), conseguí localizar una copia de La casa de los cocodrilos, una novela infantil que tuvo los ingredientes necesarios para atraparme en su lectura y sucesivas relecturas durante un largo periodo de tiempo. No recuerdo la cantidad de veces que pude acompañar a Víctor Laroche en sus incursiones por las habitaciones solitarias de la casa-hotel en que vivía con sus padres, y donde se produjera la trágica muerte de Cecilia, la hija del anciano propietario del edificio; sólo sé que el libro formó parte de mi más remota infancia, y que como tantos otros que leí en la Biblioteca Pública de mi pueblo, no pude conseguir adquirir pasados los años por encontrarse descatalogado, aunque me acompañase siempre su recuerdo.

He vuelto a leer el libro este fin de semana en poco más de una hora. Obviamente, mi aproximación al mismo ha sido distinta, desde otra perspectiva, pero he de confesar que me ha traído a la mente recuerdos que creí olvidados. Se trata de una obra escrita claramente para un público infantil, ávido de encontrar un protagonista como éste, con el que poder identificarse. Para los amantes de las novelas detectivescas, futuros lectores de las aventuras de Los Tres Investigadores de Alfred Hitchcock, de Doyle, Christie o Simenón, puede ser un punto de arranque más que interesante. Lástima que la edición existente, de Miñón en 1977, sea prácticamente imposible de encontrar, tan difícilmente localizable como tantas obras que quedarán sepultadas en el pasado, aunque su memoria nos acompañe por siempre.

Nota: Entrada recuperada del antiguo blog Andanzas de un trotalomas, antes de que lo destinase a una temática más relacionada con la naturaleza.

domingo, 8 de enero de 2012

Mis "clásicos" infantiles

Los días que rodean a estas fiestas navideñas suelen ser escenario de diversos reencuentros; los que están fuera vuelven a casa, las familias se reúnen, vemos a los amigos que están lejos o que quedaron atrás por las inevitables vicisitudes que tiene la vida… También, habitualmente, suponen un reencuentro con nosotros mismos, con quienes fuimos y con el tiempo que quedó atrás. Hace apenas un par de días, además, la ilusión tomó la forma de tres Reyes Magos que vienen de Oriente, y hasta los más republicanos transigen con su presencia cuasi omnipresente, el múltiples cabalgatas celebradas al mismo tiempo en innumerables ciudades.

Días atrás pensaba en lecturas pasadas. En libros que quedaron atrás pero no se marcharon nunca. En esas historias que, sin menospreciar a otras muchas que conforman el corpus lector vital de cada uno de nosotros, quedaron grabadas y a día de hoy seguimos recordando. Y decidí traer algunas de ellas al blog justo al finalizar estas fiestas, compartirlas con vosotros, revisar si siguen estando disponibles o pasaron al agujero negro de los títulos descatalogados y, en fin, pediros que participéis y compartáis con todos algún libro de vuestra infancia de entre cuantos aún recordáis con cariño. En la relación he obviado a los clásicos (quedan fuera Verne, Salgari, Dumas, Stevenson, Poe, Dickens…) porque podrían componer en sí mismos una o varias entradas.


La autora finlandesa Tove Jansson regaló a los niños de varias generaciones las aventuras de los mumins, unos particulares trolls escandinavos que siempre me recordaron a rechonchos y amables hipopótamos. Recuerdo que devoré sus historias en los libros disponibles en la biblioteca pública de mi pueblo, editados por Noguer, y que la familia Mumin me hizo disfrutar de lo lindo en aquella época. Ilustrados por la autora, en sus libros los personajes adquieren vida propia y deleitan al lector con sus marcadas personalidades. De entre los amigos del pequeño Mumin, el protagonista principal de las historias, el más interesante posiblemente es Manrico: músico, cuentacuentos, trotamundos, le es indiferente el paso del tiempo y simplemente disfruta de su vida errante y bohemia compartiendo con sus amigos los buenos momentos que esta les depara. Los libros de Jansson transmiten valores tan importantes como el sentido de la amistad y la necesidad de tomarse la vida con humor, algo bastante necesario hoy día.

Mientras escribo la entrada he echado un vistazo a la bibliografía de Tove Jansson editada en castellano y, con sorpresa, veo que fue publicado un libro para adultos titulado El libro del verano. Además de la tentación de recuperar algún libro de la familia Mumin (como La familia Mumin en invierno, que ilustra la entrada) creo que echaré el lazo a esta historia intergeneracional; ya os contaré.


Otra de mis referencias en cuanto a lo que literatura infantil (y no tanto) se refiere es Michael Ende. Años después vendrían La historia interminable, Momo o el alucinante libro de relatos El espejo en el espejo, pero durante mis primeros años en la biblioteca pública leí una y otra vez las aventuras de Jim Botón y su amigo Lucas, el maquinista de la locomotora Emma, en el pequeño país de Lummerland. Tan amenos me resultaron los dos libros publicados (también por Noguer), Jim Botón y Lucas, el maquinista y Jim Botón y los trece salvajes, que recuerdo cómo me castigaba los ojos a la luz de la linterna, bajo las sábanas, por no dejar de leer por la noche. Hace unos años me hice con los libros en la reedición que —me felicito por ello y les felicito a ellos— llevó a cabo la editorial no hace mucho. En El templo de las mil puertas es posible encontrar una reseña más detallada sobre esta obra de Ende.

Uno de los libros que más me fascinó de niño, pues si bien no es un libro para infantes según avisa el propio autor («Quien se regocija leyendo a Rabelais, ese grande y auténtico genio francés, acogerá, creo que con placer, este libro que a pesar de su título no va dirigido ni a los niños ni a las doncellas») siempre lo he encontrado en colecciones juveniles (lo leí en la colección Tus Libros, de Anaya, y posteriormente me hice con él en la Biblioteca Juvenil de Alianza) fue La guerra de los botones. Louis Pergaud escribe una historia en la que dos pandillas de mozalbetes de pueblos vecinos permanecen continuamente enfrentadas. Las batallas en las que se enzarzan no buscan ningún fin especial: los jóvenes se odian simplemente por ser de lugares distintos y su juego de niños, en el que los botones arrebatados a los contrincantes constituyen el botín de guerra, pronto se les irá de las manos. Los protagonistas usan un vocabulario algo soez y la violencia está presente en toda la novela (de ahí que, en efecto, sea un libro destinado realmente a los adultos), pero lo cierto es que en una época donde la sobreprotección a la infancia no estaba tan extendida constituyó para mí una lectura excepcional, una novela de aventuras y, al fin, un alegato pacifista.

Uno de los grandes clásicos infantiles que, en mi caso, disfruté especialmente a través de la serie de dibujos animados basada en el libro, fue El maravilloso viaje de Nils Holgersson de la autora sueca Selma Lagerlöf, la primera mujer en obtener un Nobel de Literatura. Leí los libros con veintitantos años y lo cierto es que la ilusión con que recordaba el viaje de Nils a lomos de su ganso Martín se convirtió en la del redescubrimiento del clásico. Nils es un chico travieso y algo maleducado que disfruta haciéndoselo pasar mal a los animales de la granja de sus padres. Mientras estos están en la iglesia, Nils captura a un duende y rechaza su ofrecimiento de una moneda de oro por su libertad. El duende convierte a Nils en uno de los suyos, reduciendo su tamaño y permitiéndole entender a los animales, y el muchacho parte junto al ganso doméstico en pos de una bandada de gansos salvajes en el que será su viaje (iniciático) por excelencia.

Si hay algo que caracteriza a la infancia (y al propio hombre) es la curiosidad y la capacidad de asombro. Por eso, no es de extrañar que buena parte de la literatura infantil tenga a jóvenes detectives por protagonistas (Alfred Hitchcock y los tres investigadores, o Víctor, el niño de La casa de los cocodrilos, por ejemplo) y que la resolución de enigmas sea un tema recurrente en la literatura. Uno de los libros de aventura y desafío intelectual que recuerdo con más cariño es El misterio de la isla de Tökland, de Joan Manuel Gisbert. En él, conoceremos al millonario Anastase Kazatzkian y su Compañía Arrendataria de la Superficie y Subsuelo de la Isla de Tökland. Kazatzkian hace pública la creación del mayor acertijo de la historia, destinado a poner a prueba las mentes más preclaras del mundo y dotado con un premio de cinco millones de dólares para quien consiga resolverlo. Llegarán solicitudes de participación de todos los lugares del globo, pero, de entre los pocos aventureros capaces de resolver las tres pruebas preliminares, solo Cornelius accederá además a la isla. La narración va saltando entre los distintos protagonistas de la novela, y Gisbert mantiene en todo momento la tensión y el misterio que me mantuvieron en su día enganchado literalmente al libro. Años después me topé con alegría con la revista literaria Tökland y el libro, hasta donde sé, sigue siendo reeditado por Planeta.

Por estas fechas, cuando el frío estaba en su máximo apogeo (algo que no ha ocurrido precisamente este año), me encantaba recuperar de la biblioteca los cuentos rusos recopilados por Afanasiev. Posiblemente nunca otros cuentos populares me han impresionado tanto y probablemente no recomendaría otros más que estos a quien desease una buena lectura invernal. Sobre ellos escribí hace casi dos años y medio en el blog, según estoy viendo ahora, y curiosamente en la entrada hacía también referencia a Jim Botón y a mis lecturas nocturnas. Empiezo a sentirme un poco como el abuelo Cebolleta, así que os dejo con el vínculo a esa entrada y con el recuerdo de otros dos “clásicos” de mi infancia, también muy recomendables; La isla de Abel y el prácticamente imposible de encontrar La casa de los cocodrilos, para el que recupero una entrada escrita hace un par de años en otro blog y que publico justo a continuación de esta.


Y, al fin, ¿qué libros infantiles recordáis al llegar estas fechas? ¿Cuáles nos recomendaríais recuperar o regalar a un joven lector?

¡Que el oso Paddington, con sus bollitos y chocolate caliente, os acompañe en vuestras lecturas!

miércoles, 4 de enero de 2012

¿Arte?

He comenzado a leer, en orden, los libros que componen la serie de novelas protagonizadas por el inspector Méndez y escritas por Francisco González Ledesma. Aunque algunos de ellos no me son desconocidos, lo cierto es que no había leído con anterioridad El expediente Barcelona, el primero en el que aparece Méndez. En uno de los capítulos iniciales, escrito a modo de epístola, encontramos una cruda descripción del mundo del toreo, que el autor conoce a la perfección debido a su trabajo periodístico, y aunque me consta lo duro del texto (o tal vez precisamente porque por eso mismo transmite la crudeza de cuanto nos narra) he querido traerlo aquí. No hace mucho, además, hablaba sobre el dolor animal en Andanzas de un Trotalomas.
A veces, los domingos de sol, cuando la ciudad era amable y hasta las calles lograban sonreír, íbamos al fútbol. Un domingo de verano, excepcionalmente, fui a una corrida de toros. El ambiente de la tarde, la tierna sensualidad del aire, el mismo deambular de la gente que llenaba las calles, fue llevándonos hasta la puerta de la plaza. Rodríguez y yo entramos; los otros se quedaron fuera. Y creo que nunca he pasado unas horas tan bochornosas como aquellas.
¿Qué buscaba allí la gente? ¿Arte? ¿Pero qué arte había en hacer siempre lo mismo? Me juego aquello que cuelga a que no hay tanda de naturales —idénticos unos a otros— que no acaben con el pase de pecho —siempre idéntico— en una especie de eternidad sangrienta. En fin, discúlpeme si me indigno. Y le añadiré que, si hubiese arte, este quedaría anulado por el hecho de que la materia con que se construye es el martirio de una bestia noble y a la que nadie ha enseñado a defenderse.
Por esto —cosa que no me ocurría en el fútbol— me hubiera peleado con quien fuese. Aparte de lo que había oído contar de toros sangrados, muertos de hambre, molidos a golpes o con los cuernos afeitados, lo evidente es que, después de la suerte de varas, al animal se le destrozan los músculos del cuello y ya no puede girar la cabeza. Acercarse a él es como «jugarse la vida» arrimándose al tren, pero sin entrar en la vía. ¿Qué quería entonces la gente? ¿La sensación y la emoción de que el «maestro corría peligro»? Absurdo. En cifras absolutas y en cifras relativas, es mucho más peligroso hacer de albañil, de minero, de chófer y hasta de macarra que de «maestro» de este gremio. Uno va toda la vida a «fiestas» en la Monumental o las Arenas, y no ve una cogida de verdad. Eso sí, los partes facultativos siempre hablan de hígados al aire, de testículos arrancados, de heridas de treinta centímetros y de «pronóstico gravísimo», lo cual no impide, cosa chocante, que al cabo de quince días el agonizante vuelva a actuar. Los médicos deben hacerlo porque así se animan las cosas de la fiesta.
El único momento un tanto peligroso es el de la muerte del toro, porque en esa excepcional ocasión el animal sí que puede embestir a un hombre que tiene de frente y no al lado, detrás del engaño, pudiendo por tanto hacer uso del cuello, que le han destrozado previamente. Los «accidentes», sin embargo, son menos probables que los que pueda sufrir un pobre tipo que esté trabajando en los cimientos de un meublé.
Entonces llegué a una conclusión quizá sorprendente, pero muy arraigada en mí: la gente iba allí para ver sufrir a una bestia, para hartarse de sangre. Contemplaban extasiados la ejecución de un animal porque no podían contemplar la ejecución de un hombre.
Y resultaba bien extraño que todo eso lo ligaran a sensaciones espirituales, que lo ligaran a la música, al sol, a las flores y al aire libre, cuando lo único que había era el sudor de animal acorralado (la angustia terrible del toro que da vueltas y vueltas al anillo, buscando una salida imposible), sangre sobre la piel y sobre la arena sucia, el dolor de la bestia, que chillaría si pudiese, que imploraría piedad antes de su muerte inevitable.
¡Aquella petición estéril, que nadie quería ver bajo el sol de las cinco de la tarde!
Y los caballos ciegos captando la «humanidad» de la gente que chilla. Y el desuello de las reses en la penumbra miserable que hay bajo las gradas. Y hasta los jugos gástricos provocados por ese pensamiento: Mañana, parte de ese cuerpo lo tendré en mi estómago.
Todo aquello era la «fiesta».
Hube de ligarla, también sin querer, a oscuras satisfacciones sexuales de la gente. A movimientos temblorosos en los labios secretos de las mujeres, cuando la sangre corría. A pálpitos furtivos en la entrepierna de los hombres cuando el picador aprieta y aprieta hasta que la bestia, hasta que «el bicho», hasta que «el marracó», «el enemigo» y todas esas palabras de retrete, se rinde con la piel desecha (golpecito en la entrepierna, chupada al puro, mirada de reojo).
Me avergonzaba de ser español, de que alguien pudiera creer que, por serlo, aceptaba todo aquel mundo negro. Y Milanés también estaba indignado. Aquella tarde gritó no sé qué de la madre de uno de los «maestros» (quizá le dio recuerdos) y nos expulsaron a los dos.

Francisco González Ledesma, El expediente Barcelona.