miércoles, 11 de enero de 2012

Los libros cobran vida al anochecer

Con la sugerente afirmación que encabeza esta entrada me dio a conocer ayer Silvia (sus blogs A través de mi visor y Un compás de obturador nos ilustran sobre fotografía,  cine y derechos digitales, entre otros temas, y son ultrarrecomendables) a través de Twitter el vídeo que os traigo hoy. Posiblemente muchos ya lo habréis visto, pero nunca está de más reencontrarse con él o descubrirlo por vez primera. A buen seguro os gustará tanto como a mí este The Joy of Books, encontrado en el blog Tecnología Obsoleta:


En este miércoles poético, os dejo con la "Canción 1960" de Luis García Montero:
Hasta la plaza
de los árboles secos
han bajado a sentarse las historias
que jamás se contaron.
La maleta fantasma
perdida como un barco.
Los pañuelos del tren
y el autobus que cruza
por medio de la orquesta del verano.
La noche arrepentida
en los primeros pasos
y el reloj que no puede
romper el muro de las cuatro.
Han venido a sentarse
para escuchar el miedo de los pájaros,
par ver la chaqueta
colgada en el armario
y los árboles secos
de los recién llegados, de los recién llegados.
¡Feliz lectura!

lunes, 9 de enero de 2012

La casa de los cocodrilos


Todas las épocas tienen sus héroes, algunos nuevos, otros heredados de las pretéritas. De las etapas de la vida, la infancia resulta la más propensa a endiosar a todo tipo de referentes. De los reales (los padres, ciertas profesiones generalmente acompañadas del riesgo como sinónimo de la aventura) a los ficticios (héroes televisivos y, cómo no, literarios), los niños tienden, tendimos, a elevar a un pedestal a nuestros ídolos que en ocasiones son, como decía, heredados.

Cuántos no nos habremos emocionado con la ceguera de Miguel Strogoff, aterrorizado con el incierto destino del capitan Hatteras o admirado del suprahumano valor de Sandokan en las novelas de Verne y Salgari. Cuántas aventuras corrimos de niños junto a Jim Botón o con papá Mumin; huyendo junto a los traviesos Guillermo y Tom Sawyer, o siguiendo a los protagonistas de La guerra de los botones. La de ocasiones en que nos escondimos en un barril de manzanas o ingerimos un trozo de seta que nos haría tan minúsculos que podríamos pasar a través de la puerta más ínfima. De la infancia nos quedan, pasado el tiempo, los recuerdos. De lo que fue y, sobre todo, de lo que soñamos. Y entre sueños, de estos recuerdos, nos queda en ocasiones el agridulce sabor de lo que pudo haber sido.

Recientemente, gracias a estas librerías de viejo que tanto me gusta visitar, aunque actualmente sea en generalmente de forma virtual (como os relataba, Internet se está convirtiendo en un gran apoyo a la hora de localizar obras imposibles), conseguí localizar una copia de La casa de los cocodrilos, una novela infantil que tuvo los ingredientes necesarios para atraparme en su lectura y sucesivas relecturas durante un largo periodo de tiempo. No recuerdo la cantidad de veces que pude acompañar a Víctor Laroche en sus incursiones por las habitaciones solitarias de la casa-hotel en que vivía con sus padres, y donde se produjera la trágica muerte de Cecilia, la hija del anciano propietario del edificio; sólo sé que el libro formó parte de mi más remota infancia, y que como tantos otros que leí en la Biblioteca Pública de mi pueblo, no pude conseguir adquirir pasados los años por encontrarse descatalogado, aunque me acompañase siempre su recuerdo.

He vuelto a leer el libro este fin de semana en poco más de una hora. Obviamente, mi aproximación al mismo ha sido distinta, desde otra perspectiva, pero he de confesar que me ha traído a la mente recuerdos que creí olvidados. Se trata de una obra escrita claramente para un público infantil, ávido de encontrar un protagonista como éste, con el que poder identificarse. Para los amantes de las novelas detectivescas, futuros lectores de las aventuras de Los Tres Investigadores de Alfred Hitchcock, de Doyle, Christie o Simenón, puede ser un punto de arranque más que interesante. Lástima que la edición existente, de Miñón en 1977, sea prácticamente imposible de encontrar, tan difícilmente localizable como tantas obras que quedarán sepultadas en el pasado, aunque su memoria nos acompañe por siempre.

Nota: Entrada recuperada del antiguo blog Andanzas de un trotalomas, antes de que lo destinase a una temática más relacionada con la naturaleza.

domingo, 8 de enero de 2012

Mis "clásicos" infantiles

Los días que rodean a estas fiestas navideñas suelen ser escenario de diversos reencuentros; los que están fuera vuelven a casa, las familias se reúnen, vemos a los amigos que están lejos o que quedaron atrás por las inevitables vicisitudes que tiene la vida… También, habitualmente, suponen un reencuentro con nosotros mismos, con quienes fuimos y con el tiempo que quedó atrás. Hace apenas un par de días, además, la ilusión tomó la forma de tres Reyes Magos que vienen de Oriente, y hasta los más republicanos transigen con su presencia cuasi omnipresente, el múltiples cabalgatas celebradas al mismo tiempo en innumerables ciudades.

Días atrás pensaba en lecturas pasadas. En libros que quedaron atrás pero no se marcharon nunca. En esas historias que, sin menospreciar a otras muchas que conforman el corpus lector vital de cada uno de nosotros, quedaron grabadas y a día de hoy seguimos recordando. Y decidí traer algunas de ellas al blog justo al finalizar estas fiestas, compartirlas con vosotros, revisar si siguen estando disponibles o pasaron al agujero negro de los títulos descatalogados y, en fin, pediros que participéis y compartáis con todos algún libro de vuestra infancia de entre cuantos aún recordáis con cariño. En la relación he obviado a los clásicos (quedan fuera Verne, Salgari, Dumas, Stevenson, Poe, Dickens…) porque podrían componer en sí mismos una o varias entradas.


La autora finlandesa Tove Jansson regaló a los niños de varias generaciones las aventuras de los mumins, unos particulares trolls escandinavos que siempre me recordaron a rechonchos y amables hipopótamos. Recuerdo que devoré sus historias en los libros disponibles en la biblioteca pública de mi pueblo, editados por Noguer, y que la familia Mumin me hizo disfrutar de lo lindo en aquella época. Ilustrados por la autora, en sus libros los personajes adquieren vida propia y deleitan al lector con sus marcadas personalidades. De entre los amigos del pequeño Mumin, el protagonista principal de las historias, el más interesante posiblemente es Manrico: músico, cuentacuentos, trotamundos, le es indiferente el paso del tiempo y simplemente disfruta de su vida errante y bohemia compartiendo con sus amigos los buenos momentos que esta les depara. Los libros de Jansson transmiten valores tan importantes como el sentido de la amistad y la necesidad de tomarse la vida con humor, algo bastante necesario hoy día.

Mientras escribo la entrada he echado un vistazo a la bibliografía de Tove Jansson editada en castellano y, con sorpresa, veo que fue publicado un libro para adultos titulado El libro del verano. Además de la tentación de recuperar algún libro de la familia Mumin (como La familia Mumin en invierno, que ilustra la entrada) creo que echaré el lazo a esta historia intergeneracional; ya os contaré.


Otra de mis referencias en cuanto a lo que literatura infantil (y no tanto) se refiere es Michael Ende. Años después vendrían La historia interminable, Momo o el alucinante libro de relatos El espejo en el espejo, pero durante mis primeros años en la biblioteca pública leí una y otra vez las aventuras de Jim Botón y su amigo Lucas, el maquinista de la locomotora Emma, en el pequeño país de Lummerland. Tan amenos me resultaron los dos libros publicados (también por Noguer), Jim Botón y Lucas, el maquinista y Jim Botón y los trece salvajes, que recuerdo cómo me castigaba los ojos a la luz de la linterna, bajo las sábanas, por no dejar de leer por la noche. Hace unos años me hice con los libros en la reedición que —me felicito por ello y les felicito a ellos— llevó a cabo la editorial no hace mucho. En El templo de las mil puertas es posible encontrar una reseña más detallada sobre esta obra de Ende.

Uno de los libros que más me fascinó de niño, pues si bien no es un libro para infantes según avisa el propio autor («Quien se regocija leyendo a Rabelais, ese grande y auténtico genio francés, acogerá, creo que con placer, este libro que a pesar de su título no va dirigido ni a los niños ni a las doncellas») siempre lo he encontrado en colecciones juveniles (lo leí en la colección Tus Libros, de Anaya, y posteriormente me hice con él en la Biblioteca Juvenil de Alianza) fue La guerra de los botones. Louis Pergaud escribe una historia en la que dos pandillas de mozalbetes de pueblos vecinos permanecen continuamente enfrentadas. Las batallas en las que se enzarzan no buscan ningún fin especial: los jóvenes se odian simplemente por ser de lugares distintos y su juego de niños, en el que los botones arrebatados a los contrincantes constituyen el botín de guerra, pronto se les irá de las manos. Los protagonistas usan un vocabulario algo soez y la violencia está presente en toda la novela (de ahí que, en efecto, sea un libro destinado realmente a los adultos), pero lo cierto es que en una época donde la sobreprotección a la infancia no estaba tan extendida constituyó para mí una lectura excepcional, una novela de aventuras y, al fin, un alegato pacifista.

Uno de los grandes clásicos infantiles que, en mi caso, disfruté especialmente a través de la serie de dibujos animados basada en el libro, fue El maravilloso viaje de Nils Holgersson de la autora sueca Selma Lagerlöf, la primera mujer en obtener un Nobel de Literatura. Leí los libros con veintitantos años y lo cierto es que la ilusión con que recordaba el viaje de Nils a lomos de su ganso Martín se convirtió en la del redescubrimiento del clásico. Nils es un chico travieso y algo maleducado que disfruta haciéndoselo pasar mal a los animales de la granja de sus padres. Mientras estos están en la iglesia, Nils captura a un duende y rechaza su ofrecimiento de una moneda de oro por su libertad. El duende convierte a Nils en uno de los suyos, reduciendo su tamaño y permitiéndole entender a los animales, y el muchacho parte junto al ganso doméstico en pos de una bandada de gansos salvajes en el que será su viaje (iniciático) por excelencia.

Si hay algo que caracteriza a la infancia (y al propio hombre) es la curiosidad y la capacidad de asombro. Por eso, no es de extrañar que buena parte de la literatura infantil tenga a jóvenes detectives por protagonistas (Alfred Hitchcock y los tres investigadores, o Víctor, el niño de La casa de los cocodrilos, por ejemplo) y que la resolución de enigmas sea un tema recurrente en la literatura. Uno de los libros de aventura y desafío intelectual que recuerdo con más cariño es El misterio de la isla de Tökland, de Joan Manuel Gisbert. En él, conoceremos al millonario Anastase Kazatzkian y su Compañía Arrendataria de la Superficie y Subsuelo de la Isla de Tökland. Kazatzkian hace pública la creación del mayor acertijo de la historia, destinado a poner a prueba las mentes más preclaras del mundo y dotado con un premio de cinco millones de dólares para quien consiga resolverlo. Llegarán solicitudes de participación de todos los lugares del globo, pero, de entre los pocos aventureros capaces de resolver las tres pruebas preliminares, solo Cornelius accederá además a la isla. La narración va saltando entre los distintos protagonistas de la novela, y Gisbert mantiene en todo momento la tensión y el misterio que me mantuvieron en su día enganchado literalmente al libro. Años después me topé con alegría con la revista literaria Tökland y el libro, hasta donde sé, sigue siendo reeditado por Planeta.

Por estas fechas, cuando el frío estaba en su máximo apogeo (algo que no ha ocurrido precisamente este año), me encantaba recuperar de la biblioteca los cuentos rusos recopilados por Afanasiev. Posiblemente nunca otros cuentos populares me han impresionado tanto y probablemente no recomendaría otros más que estos a quien desease una buena lectura invernal. Sobre ellos escribí hace casi dos años y medio en el blog, según estoy viendo ahora, y curiosamente en la entrada hacía también referencia a Jim Botón y a mis lecturas nocturnas. Empiezo a sentirme un poco como el abuelo Cebolleta, así que os dejo con el vínculo a esa entrada y con el recuerdo de otros dos “clásicos” de mi infancia, también muy recomendables; La isla de Abel y el prácticamente imposible de encontrar La casa de los cocodrilos, para el que recupero una entrada escrita hace un par de años en otro blog y que publico justo a continuación de esta.


Y, al fin, ¿qué libros infantiles recordáis al llegar estas fechas? ¿Cuáles nos recomendaríais recuperar o regalar a un joven lector?

¡Que el oso Paddington, con sus bollitos y chocolate caliente, os acompañe en vuestras lecturas!

miércoles, 4 de enero de 2012

¿Arte?

He comenzado a leer, en orden, los libros que componen la serie de novelas protagonizadas por el inspector Méndez y escritas por Francisco González Ledesma. Aunque algunos de ellos no me son desconocidos, lo cierto es que no había leído con anterioridad El expediente Barcelona, el primero en el que aparece Méndez. En uno de los capítulos iniciales, escrito a modo de epístola, encontramos una cruda descripción del mundo del toreo, que el autor conoce a la perfección debido a su trabajo periodístico, y aunque me consta lo duro del texto (o tal vez precisamente porque por eso mismo transmite la crudeza de cuanto nos narra) he querido traerlo aquí. No hace mucho, además, hablaba sobre el dolor animal en Andanzas de un Trotalomas.
A veces, los domingos de sol, cuando la ciudad era amable y hasta las calles lograban sonreír, íbamos al fútbol. Un domingo de verano, excepcionalmente, fui a una corrida de toros. El ambiente de la tarde, la tierna sensualidad del aire, el mismo deambular de la gente que llenaba las calles, fue llevándonos hasta la puerta de la plaza. Rodríguez y yo entramos; los otros se quedaron fuera. Y creo que nunca he pasado unas horas tan bochornosas como aquellas.
¿Qué buscaba allí la gente? ¿Arte? ¿Pero qué arte había en hacer siempre lo mismo? Me juego aquello que cuelga a que no hay tanda de naturales —idénticos unos a otros— que no acaben con el pase de pecho —siempre idéntico— en una especie de eternidad sangrienta. En fin, discúlpeme si me indigno. Y le añadiré que, si hubiese arte, este quedaría anulado por el hecho de que la materia con que se construye es el martirio de una bestia noble y a la que nadie ha enseñado a defenderse.
Por esto —cosa que no me ocurría en el fútbol— me hubiera peleado con quien fuese. Aparte de lo que había oído contar de toros sangrados, muertos de hambre, molidos a golpes o con los cuernos afeitados, lo evidente es que, después de la suerte de varas, al animal se le destrozan los músculos del cuello y ya no puede girar la cabeza. Acercarse a él es como «jugarse la vida» arrimándose al tren, pero sin entrar en la vía. ¿Qué quería entonces la gente? ¿La sensación y la emoción de que el «maestro corría peligro»? Absurdo. En cifras absolutas y en cifras relativas, es mucho más peligroso hacer de albañil, de minero, de chófer y hasta de macarra que de «maestro» de este gremio. Uno va toda la vida a «fiestas» en la Monumental o las Arenas, y no ve una cogida de verdad. Eso sí, los partes facultativos siempre hablan de hígados al aire, de testículos arrancados, de heridas de treinta centímetros y de «pronóstico gravísimo», lo cual no impide, cosa chocante, que al cabo de quince días el agonizante vuelva a actuar. Los médicos deben hacerlo porque así se animan las cosas de la fiesta.
El único momento un tanto peligroso es el de la muerte del toro, porque en esa excepcional ocasión el animal sí que puede embestir a un hombre que tiene de frente y no al lado, detrás del engaño, pudiendo por tanto hacer uso del cuello, que le han destrozado previamente. Los «accidentes», sin embargo, son menos probables que los que pueda sufrir un pobre tipo que esté trabajando en los cimientos de un meublé.
Entonces llegué a una conclusión quizá sorprendente, pero muy arraigada en mí: la gente iba allí para ver sufrir a una bestia, para hartarse de sangre. Contemplaban extasiados la ejecución de un animal porque no podían contemplar la ejecución de un hombre.
Y resultaba bien extraño que todo eso lo ligaran a sensaciones espirituales, que lo ligaran a la música, al sol, a las flores y al aire libre, cuando lo único que había era el sudor de animal acorralado (la angustia terrible del toro que da vueltas y vueltas al anillo, buscando una salida imposible), sangre sobre la piel y sobre la arena sucia, el dolor de la bestia, que chillaría si pudiese, que imploraría piedad antes de su muerte inevitable.
¡Aquella petición estéril, que nadie quería ver bajo el sol de las cinco de la tarde!
Y los caballos ciegos captando la «humanidad» de la gente que chilla. Y el desuello de las reses en la penumbra miserable que hay bajo las gradas. Y hasta los jugos gástricos provocados por ese pensamiento: Mañana, parte de ese cuerpo lo tendré en mi estómago.
Todo aquello era la «fiesta».
Hube de ligarla, también sin querer, a oscuras satisfacciones sexuales de la gente. A movimientos temblorosos en los labios secretos de las mujeres, cuando la sangre corría. A pálpitos furtivos en la entrepierna de los hombres cuando el picador aprieta y aprieta hasta que la bestia, hasta que «el bicho», hasta que «el marracó», «el enemigo» y todas esas palabras de retrete, se rinde con la piel desecha (golpecito en la entrepierna, chupada al puro, mirada de reojo).
Me avergonzaba de ser español, de que alguien pudiera creer que, por serlo, aceptaba todo aquel mundo negro. Y Milanés también estaba indignado. Aquella tarde gritó no sé qué de la madre de uno de los «maestros» (quizá le dio recuerdos) y nos expulsaron a los dos.

Francisco González Ledesma, El expediente Barcelona.

martes, 3 de enero de 2012

IMM agradecido

Este es un IMM de lo más agradecido. Por un lado, creo que han transcurrido siglos desde la última vez que me senté a escribir dos entradas en Homo libris un mismo día (si bien es cierto que tanto la anterior como esta que estáis leyendo han tenido por mi parte muy poco trabajo) y, al menos para mí, eso ya es motivo de gozo y agradecimiento. Por otro, tanto los libros que vienen a continuación (son todos los que están, pero no están todos los que son, y es que son muchos los que tengo pendientes desde hace mucho) son fruto de un regalo. De momento, y hasta que vaya avanzando el año, tengo entre manos o al alcance de una de las mismas los siguientes libros.


Hacía tiempo que no leía nada de Murakami y 1Q84 va a ser una de mis próximas lecturas. De hecho, le eché un ojo ayer y terminé leyéndome los dos primeros capítulos. Lo cierto es que promete, así que espero que no me defraude. 

Encima de él aparece La juguetería errante, una divertidísima novela detectivesca, parodia además de las mismas, que me está deleitando con sus continuas referencias literarias y por lo hermosísimo de la edición (Impedimenta se está convirtiendo en una de mis editoriales de cabecera en los últimos tiempos). Resulta todo un gustazo leer libros así. Aunque lo empecé hace unas semanas, lo cierto es que obligaciones de diversa índole han hecho que lleve prácticamente dos sin cogerlo. Tanto es así que estoy pensando volver a leerlo desde el principio, pero ya veré. De él os hablaré a buen seguro en el blog más adelante.


Esquivando a Lupo, que no se ha interpuesto aquí entre el libro y la cámara, he conseguido fotografiar Sinclair and the 'Sunrise' Technology, un  libro que tenía muchas ganas de leer, ya que Sir Clive Sinclair, el creador de, entre otros, el ordenador de 8 bits más popular (el Spectrum), ha sido todo un visionario en lo que a tecnología se refiere. Le hincaré el diente muy pronto.

¡Y claro que sí! El agradecimiento último pero no por ello menos importante es el de los marcapáginas que Isi nos los ha hecho llegar a Azote y a mí. Hoy, al mirar el buzón tras regresar a casa, los hemos encontrado. La ilusión que nos han hecho tanto estos como la carta de nuestra querida amiga bloguera podéis imaginar que ha sido mayúscula, como lo es el agradecimiento ante semejante detallazo. 

Muchísimas gracias, linda, por tu regalo. Ten por seguro que daremos buen uso de ellos. Por lo pronto van a marcar el ritmo de lectura de este 2012 que comienza.

¡Besos, abrazos y feliz lectura!

Cumpliendo ciento veinte años


Tal día como hoy, hace ciento veinte años, nacía en la sudafricana ciudad de Bloemfontein nuestro querido profesor, J. R. R. Tolkien. El autor que tantos momentos felices nos ha regalado y que, para mí, es uno de los referentes literarios más importantes que poseo. Por eso, y por muchos años más juntos, alzo mi copa en un brindis que espero sea compartido por todos vosotros.

Os dejo con un fragmento de los apéndices de El Señor de los Anillos, en concreto el que narra la pérdida de Aragorn, con doscientos diez años, tras ciento veinte de convivencia con Arwen. Es un momento hermoso y triste, tal vez como este de júbilo por el cumpleaños del profesor y de pena porque no esté entre nosotros más que en su recuerdo.
»La Tercera Edad terminó así con victoria y esperanza; pero uno de los más tristes en medio de todos los dolores de aquella Edad fue la separación de Elrond y Arwen, porque era el Mar el que los seperaba, y un destino más allá del fin del mundo. Cuando el Gran Anillo fue destruido, y los Tres quedaron despojados de todo poder, Elrond, cansado al fin, abandonó la Tierra Media para nunca más regresar. Pero Arwen había elegido ser una mujer mortal, y su destino no quiso sin embargo que muriese antes de haber perdido todo lo que había ganado.
»Como Reina de los Elfos y de los Hombres, vivió con Aragorn durante ciento veinte años de gloria y de ventura; pero al fin Aragorn sintió que se acercaba a la vejez, y supo que los días de aquella larga vida estaban terminando. Entonces le dijo a Arwen: "Al fin, Dama Estrella de la Tarde, la más hermosa de este mundo y la más amada, mi mundo empieza a desvanecerse. Y bien: hemos recogido y hemos gastado, y ahora se aproxima el momento de pagar." »Arwen sabía muy bien lo que él pensaba hacer, pues lo había presentido hacía largo tiempo; y a pesar de todo, el dolor la abrumó: Di Esperanza a los Dúnedain, y no he conservado ninguna para mí.
"¿Querrías, entonces, mi señor, abandonar antes de tiempo a los tuyos que viven de tu palabra?", dijo.
»"No antes de mi tiempo", respondió él. "Si no parto ahora, pronto tendré que hacerlo por la fuerza. Y Eldarion nuestro hijo es un hombre ya maduro." «Entonces, fue a la Casa de los Reyes en la Calle del Silencio, y se tendió en el largo lecho que le habían preparado. Allí le dijo adiós a Eldarion y le puso en las manos la corona alada de Góndor y el cetro de Arnor; y entonces todos se retiraron excepto Arwen, y allí se quedó junto al lecho de Aragorn. Y no obstante la gran sabiduría de su linaje, no pudo dejar de suplicarle que se quedara todavía por algún tiempo. Aún no estaba cansada de los días y ahora sentía el sabor amargo de la mortalidad que ella misma había elegido.
»"Dama Undómiel" dijo Aragorn, "dura es la hora sin duda, pero ya estaba señalada el día en que nos encontramos bajo los abedules blancos en el jardín de Elrond, donde ya nadie pasea. Y en la Colina de Cerin Amroth cuando tú y yo rechazamos la Sombra y renunciamos al Crepúsculo, aceptamos este destino. Reflexiona un momento, mi bienamada y pregúntate si en verdad preferirías que esperara a la muerte, y verme caer del trono achacoso y decrépito. Oh Dama, soy el último de los Númenóreanos y el último Rey de los Días Antiguos; y a mí me ha sido concedida no sólo una vida tres veces más larga que la de los hombres de la Tierra Media, sino también la gracia de abandonarla voluntariamente, y de restituir el don. Ahora, por lo tanto, me voy a dormir.

Por cierto, ya que en las últimas semanas he estado ausente por aquí (y prácticamente del resto de Internet :)), aprovecho para enviaros un abrazo y todos los mejores deseos para este año entrante, así como que la pasada haya sido una hermosísima Navidad.

¡Feliz lectura!

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Cosecha roja

“Si utilizas al enemigo para derrotar al enemigo, serás poderoso en cualquier lugar a donde vayas.”
Sun Tzu, El arte de la guerra.
Volver a Hammett para leer Cosecha roja, su primera novela, me ha hecho consciente de lo imperdonable que resulta no haberlo hecho antes. A Hammett se le conoce habitualmente a través de las increíbles adaptaciones cinematográficas que se han llevado a cabo a partir de sus libros, y en mi caso comencé a leerle por una de los más populares: El halcón maltés, para seguir con La llave de cristal, La maldición de los Dain o Dinero sangriento.
La primera persona a quien oí llamar Poisonville a la ciudad de Personville fue un zafrero pelirrojo, en el Gran Barco de Butte. Pero también cambiaba en diptongos otras erres. Y no presté atención a lo que hiciera con el nombre de la ciudad. Más tarde escuché a otros el nombre de igual manera. Aun así, no vi en ello sino un ejemplo más de ese inane donaire que suele inspirar los retruécanos de la germanía. Pero unos años más tarde fui a Personville y entonces comprendí mejor el porqué.
Durante cuarenta años, Elihu Willsson, el viejo, padre del que había muerto aquella noche, fue el dueño de Personville, en corazón, alma, piel y entrañas. Era presidente y accionista mayoritario de la Personville Mining Corporation, así como del First National Bank, propietario del Morning Herald y del Evening Herald, los únicos periódicos de la ciudad, y copropietario al menos de todas las demás empresas de alguna importancia. Aparte de estos bienes, era propietario de un senador de los Estados Unidos, de un par de diputados, del gobernador, del alcalde y de la mayor parte de los diputados del Estado. Elihu Wilsson era Personville y casi todo el Estado.
Cosecha roja atrapa desde el primer momento al lector, desde que Hammett nos muestra a un particular detective privado llegando a la ciudad minera del estado de Montana que ha sido rebautizada como Poisonville, y con razón —lo del cambio de nombre, digo—, porque por sus calles deambulan personajes de la peor calaña conocida. Nuestro detective, un agente de la Continental del que nunca sabremos el nombre, es un tipo duro, no demasiado agraciado físicamente, según se esboza en un momento concreto de la novela, casi como si le contempláramos a través de un cristal esmerilado, y no duda en manipular la situación a su antojo y conveniencia. Contratado por el hijo de un magnate de la ciudad, apenas llega a la ciudad asiste a una sospechosa escena y a la mañana siguiente recibe la noticia de que su cliente ha sido asesinado. Ni corto ni perezoso, y sin saber a qué atenerse, se dirige a ver al padre, a Elihu Willson, “el Viejo” que decide no iniciar investigación alguna… hasta que intentan asesinarle en su casa, momento en el cual contrata al detective de la Continental.


Cuando nuestro detective comienza a investigar el caso descubre toda la escoria que se esconde en los bajos fondos de la ciudad, incluyendo las relaciones del magnate con los matones que controlan la ciudad. “El Viejo” decide entonces prescindir de sus servicios, ya que le interesa tener bajo su control a los diversos componentes del hampa, pero el agente decidirá que, aceptado el dinero del caso por parte de la Continental, no hay marcha atrás: sacará todos los trapos sucios de la emponzoñada ciudad.

Cosecha roja hace gala del título de la novela: con un ritmo trepidante, logrado a partir de una narración basada en frases cortas y repleta de momentos memorables, se suceden los acontecimientos que devendrán en una orgía sangrienta donde el final del libro se torna incierto.
—Soy Bill Quint.
—¿De veras? —exclamé tratando de recordar su nombre—. ¡Encantado de conocerle!
Saqué la cartera y rebusqué en mi colección de tarjetas, reunidas en diversas circunstancias. La que yo buscaba era roja. En ella decía que yo era Henry F. Neill, marinero, eficaz militante de la Industrial Workers of the World. Por supuesto era mentira.
Le extendí la tarjeta roja a Bill Quint. La leyó con detenimiento por delante y por detrás, me la devolvió y me escrutó desconfiado.
—Bueno, éste ya no se levanta —dijo—. ¿Adonde va usted?
—A cualquier sitio.
Nos pusimos a caminar y, creo que al azar, doblamos una esquina.
—¿Cómo es que ha venido aquí si es marinero? —me preguntó sin demasiado interés.
—¿De dónde sacó usted esa idea?
—Lo dice la tarjeta.
—Tengo otra que dice que soy carpintero —dije—. También puedo ser minero, mañana mismo conseguiré un papel que lo acredite.
—Eso lo veo difícil. Yo soy el que manda en los que trabajan aquí.
—¿Y si recibiera un telegrama de Chicago? —le dije.
—Me importa un bledo Chicago. Aquí mando yo. —Señaló la puerta de una taberna y me preguntó—: ¿Usted bebe?
—Sólo cuando tengo bebida delante.
Decía al comienzo de la entrada que la obra de Dashiell Hammett es también conocida por algunas de las adaptaciones cinematográficas de sus libros. Cosecha roja no podía ser menos, y de hecho son varias las ocasiones en que la novela ha sido trasladada al celuloide, en algunas de ellas de una forma igualmente memorable. La primera de ellas traslada la acción de una ciudad minera en EEUU al Japón de los samuráis y, efectivamente, se trata de “Yojimbo” (1961), del genial Akira Kurosawa. Pocos años después, en 1964, Sergio Leone trasladaría la historia al salvaje oeste americano y permitiría alcanzar la fama a Clint Eastwood en “Por un puñado de dólares”, primera película de la “Trilogía del dólar”. Pero Cosecha roja seguiría cosechando localizaciones, y en 1984 el director islandés Hrafn Gunnlaugsson convierte al detective en vikingo dentro de la cinta “Cuando los cuervos vuelan (Ojo por ojo)”, primero de los títulos, también, de una trilogía. Para acabar, en 1996 Bruce Willis se mete en el papel de “El último hombre”, una de las versiones más cercanas en la ambientación al libro, ya que volvemos a EEUU, a un pueblo de Texas a principios de la década de los años 30 del pasado siglo, donde se desarrolla una guerra implacable entre bandas de gángsteres.

En resumen, buena literatura, mucho entretenimiento y una crítica social de las que no dejan indiferente de manos de uno de los fundadores de la novela negra. Y, para rematar (nunca mejor dicho), una buena oferta cinematográfica asociada. ¿Se puede pedir más?

Feliz lectura.

martes, 6 de diciembre de 2011

Acceso a la cultura: biblioteca del Zaidín

Artículo 44
1. Los poderes públicos promoverán y tutelarán el acceso a la cultura, a la que todos tienen derecho.
2. Los poderes públicos promoverán la ciencia y la investigación científica y técnica en beneficio del interés general.
Eso es lo que dice el artículo 44 de la vigente Constitución Española de 1978. Como en tantos otros aspectos, muestra una voluntad que no se corresponde con la realidad que nos rodea. Por eso quería traer hoy al blog este artículo y un escrito de la plataforma ciudadana No al Cierre de la Biblioteca del Zaidín, que estos días estaba en Granada recabando apoyos y que sigue en la lucha por conseguir la reapertura de la biblioteca, recientemente clausurada por las autoridades municipales.


Desde Homo libris quiero manifestar mi apoyo a la plataforma y contribuir siquiera a difundir su mensaje. Transcribo aquí uno de sus manifiestos: 
Según el Manifiesto de la IFLA/UNESCO para las Bibliotecas Públicas Municipales: “La biblioteca pública, paso obligado del conocimiento, constituye un requisito básico de la educación permanente, las decisiones autónomas y el progreso cultural de la persona y los grupos sociales.”
En el Reglamento del Sistema Bibliotecario de Andalucía se recomienda una biblioteca por cada 20.000 habitantes que le viene encomendada al Ayuntamiento por la Ley de bases de Régimen Local
Las bibliotecas públicas forman parte de los servicios públicos, mecanismo ideado por el Estado para garantizar los derechos humanos de la ciudadanía (entre ellos, el derecho de acceso a la cultura y a la información). Es una fuerza viva para la educación, la cultura y la información y un servicio imprescindible para la integración de la ciudadanía vulnerable por motivos tanto económicos como en situación de discriminación cultural y social
El Ayuntamiento de Granada ha decidido, como es su costumbre, sin contar con la vecindad y con el oscurantismo propio de su política municipal, aprovechando el periodo vacacional cerrar la biblioteca municipal del Zaidín de la Plaza de las Palomas y “el fondo bibliográfico del Zaidín lo destinará a la creación de una biblioteca en el distrito Beiro, que no tiene ninguna”.
Esta biblioteca que se abrió el 23 de abril del 1971, día de la fiesta del libro, estuvo funcionando hasta octubre de 1979. Tras la insistente presión del barrio producida lo largo de los años de cierre, fruto y símbolo de la lucha de la vecindad del barrio, vuelve abrir sus puertas de nuevo al público en 1990 con una amplia orientación hacia todas las personas usuarias.
Esta biblioteca da un importante servicio al barrio del Zaidín y a sus centros educativos. Durante el curso escolar 1990-91 nace el Programa de Animación a la Lectura, fruto de la colaboración de algunas maestras y colegios con la Biblioteca, la participación del alumnado y Educación de Adultos/as en actividades de fomento a la lectura En este programa han participado todos los colegios del Zaidín llegando a realizarse 300 sesiones al año con un total de próximos 5.200 asistentes. Tiene una media de asistentes diarios de 110 lectores, se realizan aproximadamente 13.000 prestamos a domicilio y 56.000 consultas.
El Ayuntamiento se excusa diciendo que la nueva biblioteca Francisco Ayala (en la antigua Hípica) suplirá estos servicios, pero no será así, no nos vale ese argumento. La Plaza de las Palomas está en el mismo corazón del Zaidín, y la mayoría de sus usuarios son gente mayor a la que le es muy difícil desplazarse hasta la nueva biblioteca, así como familias con bajos recursos que dejan a sus hijos allí para que disfruten del acceso gratuito a la cultura que brinda una biblioteca pública.
El barrio del Zaidín tiene 45.411 habitantes, según censo de enero del 2011, por lo que según la normativa le corresponden 2 bibliotecas con un número de metros construidos que evidentemente no se acercan a lo regulado. No creemos necesario cerrar una biblioteca para abrir otra pues se entiende y defendemos que todos los barrios de Granada deben disfrutar de tantas bibliotecas como le correspondan y es increíble que en el 2011 Granada sólo tenga 5 bibliotecas municipales.
Los vecinos y vecinas del Zaidin nos negamos al cierre de esa biblioteca y defendemos la construcción de las que sean necesarias en otros barrios.
Basta ya de enfrentarnos entre la ciudadanía
¡BASTA DE NINGUNEAR LOS RECURSOS PÚBLICOS, QUEREMOS SER CULTOS PARA SER LIBRES!
Podéis encontrar más información sobre la plataforma en las redes sociales y la blogosfera:

sábado, 26 de noviembre de 2011

Morriña

Aunque no me gusta especialmente este grupo, lo cierto es que la canción que acompaña a la entrada, y que me descubrió Azote hace poco, se ha convertido (para ambos, quién se lo iba a decir ;)) en un canto nostálgico a la ciudad de Granada. Os dejo con "La nueva reconquista de Graná" y con un fragmento del prólogo de Melchor Fernández Almagro a la edición de 1961 de Granada. Guía artística e histórica de la ciudad, de Antonio Gallego y Burín, que estoy leyendo estos días (en la reedición de 1989).

«Aquí yacen los Reyes Católicos. Allá hizo un milagro San Juan de Dios. Ahí predicó fray Luis de Granada. En este caserón solariego nació el padre Suárez. En ese otro, la Emperatriz Eugenia. En aquella casa murió el Gran Capitán. En este carmen de los Mártires, se alzaba el convento donde San Juan de la Cruz escribió “Noche oscura del alma”. He aquí las habitaciones de Washington Irving. Esa es la Puerta del Vino, de Debussy. Estamos en la plaza que Regoyos salvó de su insignificancia. Esas muchachas que pasan, enamoraron a Gautier y son las mismas que han pintado López Mezquita y Rodríguez-Acosta. ¿No suena a música de Albéniz el Albaicín que contemplamos desde el Cubo de la Alhambra, a la luz melancólica del atardecer...? Curioso reencuentro el de los mendigos y los gitanos de Gustavo Doré o de Roberts. Es ese el "barandal de espumas", de Juan Ramón Jiménez, y esa, la "fuente de las trenzas de ópalo". Pepita Durán, en la casería de la Bailarina, traída hacia acá por Sackville-West. Valera, en el Sacro-Monte, Chateaubriand, en el paseo de los Tristes. Ganivet, en el Avellano. Falla, en la Antequeruela. André Gide, en una zambra. García Lorca, recogiendo los suspiros del Genil y del Darro...»

domingo, 20 de noviembre de 2011

Lecturas democráticas

Mal tiempo para votar, se quejó el presidente de la mesa electoral número catorce después de cerrar con violencia el paraguas empapado y quitarse la gabardina que de poco le había servido durante el apresurado trote de cuarenta metros que separaban el lugar en que aparcó el coche de la puerta por donde, con el corazón saliéndosele por la boca, acababa de entrar. Espero no ser el último, le dijo al secretario que le aguardaba medio guarecido, a salvo de las trombas que, arremolinadas por el viento, inundaban el suelo.

Falta todavía su suplente, pero estamos dentro del horario, le tranquilizó el secretario. Lloviendo de esta manera será una auténtica proeza si llegamos todos, dijo el presidente mientras pasaban a la sala en la que se realizaría la votación. Saludó primero a los colegas de mesa que actuarían de interventores, después a los delegados de los partidos y a sus respectivos suplentes. Tuvo la precaución de usar con todos las mismas palabras, no dejando transparentar en el rostro o en el tono de voz indicio alguno que delatase sus propias inclinaciones políticas e ideológicas. Un presidente, incluso el de un común colegio electoral como éste, deberá guiarse en todas las situaciones por el más estricto sentido de independencia, o, dicho con otras palabras, guardar las apariencias.

[...]

Como los demás presidentes de mesa de la ciudad, este de la asamblea electoral número catorce tenía clara conciencia de que estaba viviendo un momento histórico único. Cuando ya iba la noche muy avanzada, después de que el ministerio del interior hubiera prorrogado dos horas el término de la votación, periodo al que fue necesario añadirle media hora más para que los electores que se apiñaban dentro del edificio pudiesen ejercer su derecho de voto, cuando por fin los miembros de la mesa y los interventores de los partidos, extenuados y hambrientos, se encontraron delante de la montaña de papeletas que habían sido extraídas de las dos urnas, la segunda requerida de urgencia al ministerio, la grandiosidad de la tarea que tenían por delante los hizo estremecerse de una emoción que no dudaremos en llamar épica, o heroica, como si los manes de la patria, redivivos, se hubiesen mágicamente materializado en aquellos papeles. Uno de esos papeles era el de la mujer del presidente. Vino conducida por un impulso que la obligó a salir del cine, pasó horas en una fila que avanzaba con la lentitud del caracol, y cuando finalmente se encontró frente al marido, cuando oyó pronunciar su nombre, sintió en el corazón algo que tal vez fuese la sombra de una felicidad antigua, nada más que la sombra, pero, aun así, pensó que sólo por eso había merecido la pena venir aquí. Pasaba de la medianoche cuando el escrutinio terminó. Los votos válidos no llegaban al veinticinco por ciento, distribuidos entre el partido de la derecha, trece por ciento, partido del medio, nueve por ciento, y partido de la izquierda, dos y medio por ciento. Poquísimos los votos nulos, poquísimas las abstenciones. Todos los otros, más del setenta por ciento de la totalidad, estaban en blanco

El desconcierto, la estupefacción, pero también la burla y el sarcasmo, barrieron el país de una punta a otra. Los municipios de la provincia, donde las elecciones transcurrieron sin accidentes ni sobresaltos, salvo algún que otro ligero retraso ocasionado por el mal tiempo, y cuyos resultados no variaban de los de siempre, tantos votantes ciertos, tantos abstencionistas empedernidos, nulos y blancos sin significado especial, esos municipios, a los que el triunfalismo centralista había humillado cuando se pavoneó ante el país como ejemplo del más límpido civismo electoral, podían ahora devolver la bofetada al que dio primero y reír de la estulta presunción de unos cuantos señores que creen que llevan al rey en la barriga sólo porque la casualidad los hizo vivir en la capital. Las palabras Esos señores, pronunciadas con un movimiento de labios que rezumaba desdén en cada sílaba, por no decir en cada letra, no se dirigían contra las personas que, habiendo permanecido en casa hasta las cuatro de la tarde, de repente acudieron a votar como si hubiesen recibido una orden a la que no podían ofrecer resistencia, apuntaban, sí, al gobierno que cantó victoria antes de tiempo, a los partidos que comenzaron a manejar los votos en blanco como si fuesen una viña por vendimiar y ellos los vendimiadores, a los periódicos y otros medios de comunicación social por la facilidad con que pasan de los aplausos del capitolio a despeñar desde la roca tarpeya, como si ellos mismos no formaran parte activa en la preparación de los desastres.

José Saramago, Ensayo sobre la lucidez.

martes, 1 de noviembre de 2011

Samhain lovecraftiano

Asistiendo a una lectura poética unos meses atrás me enteré de que se estaba gestando la publicación de una edición en castellano de Hongos de Yuggoth, el conocido poemario de H. P. Lovecraft, de boca del propio traductor. Ni corto ni perezoso, como buen seguidor del oscuro escritor de Providence, me puse manos a la obra con el objetivo de hacerme con una copia del libro en cuanto fuese publicado buscando, como no podía ser de otro modo, disfrutar de la lectura de estos poemas, y por otro lado, deseando compartirla con vosotros a través del blog.

Dicho y hecho, me puse en contacto con la editorial y les solicité una copia del libro, a ser posible un poco antes de que apareciese en las librerías, con la intención de que la reseña apareciese aproximadamente en el mismo momento en que el libro estuviera disponible para sus lectores. Por azarosas circunstancias esto no ha podido ser así, si bien desde Cangrejo Pistolero Ediciones tuvieron la gentileza de regalarme la copia del libro, algo que desde aquí aprovecho para agradecerles. Abortado el plan primigenio, decidí publicar la entrada con la reseña en una fecha propicia y relacionada con la temática del libro. Si bien Lovecraft poco tiene que ver con Samhain, con aparecidos y brujas, con vísperas del Día de Todos los Santos o Halloween varios, sí que la cosmogonía que recogen sus escritos ha constituido el alimento necesario para que enfebrecidas mentes hayan divagado durante años por la difusa frontera que separa la cordura de la demencia. Solo por eso ya merecía aparecer por aquí en una noche como la de hoy.


Yuggoth, el planeta mitológico donde Lovecraft sitúa el origen de cuanto acontece en estos poemas, aparece descrito en otras de sus obras como, por ejemplo, en el relato «El susurrador en la oscuridad». Allí se nos habla de Yuggoth y de los extraños seres que alberga este planeta:
«En Yuggoth hay inmensas ciudades... interminables hileras de torres construidas en terrazas de piedra negra, como la muestra que traté de enviarle. Procedía de Yuggoth. La luz del sol no es más fuerte que la de una estrella, pero los seres no precisan luz. Poseen otros sentidos más sutiles, y en sus mansiones y templos no hay ventanas. La luz incluso les hiere, molesta y entorpece sus movimientos, pues no existe la menor traza de ella en el oscuro cosmos allende el tiempo y el espacio del que son originarios. Bastaría una visita a Yuggoth para volver loco a un hombre débil... pero yo voy a ir allá.
Los ríos negros de alquitrán que discurren bajo esos misteriosos puentes ciclópeos —obra de una antigua raza extinguida y olvidada antes de que los seres llegaran a Yuggoth procedentes de los últimos vacíos—, debieran bastar para hacer un Dante o un Poe de cualquier hombre.., si conserva el juicio el tiempo suficiente para contar lo que ha visto.
[…]
«Pero recuerde: no hay nada de terrible en ese oscuro mundo de jardines fungiformes y ciudades sin ventanas... aunque así nos lo parezca a nosotros. Probablemente nuestro mundo les pareció igual de terrible a los seres cuando lo exploraron por vez primera en épocas remotas.

La edición del Cangrejo Pistolero de los poemas de Hongos de Yuggoth está cuidada al detalle. Presentada en rústica, el papel es de calidad y el formato en el que aparecen los poemas no es el que acostumbramos a encontrar en una edición bilingüe. Es, quizás, menos cómodo para el lector que recurra una y otra vez a comparar las traducciones con los textos originales, pero no deja de ser original que encontremos todos los poemas en castellano en un bloque inicial y, justo después, en blanco sobre negro, los textos en inglés.

El libro pertenece a la colección de poesía ilustrada «Visionarios» así que obviamente incorpora numerosas y preciosas ilustraciones a cargo de Carmen Burguess y Daniela Zahra, y la traducción ha corrido a cargo de Luis Gámez, cotraductor de la archiconocida Guía de supervivencia zombie, de Max Brooks.

Pero como esta edición en particular tiene un especial interés para Azote Ortográfico, le doy a ella la palabra en esta entrada escrita a cuatro manos, sentándome junto a vosotros a leer sus palabras.

Leo en el prólogo de Javier Calvo, sobre Lovecraft, que «Lo intraducible es su idioma profundo». Cierto es que el americano es uno de esos escritores que sugieren mucho más de lo que dicen, que provocan escalofríos más allá del significado objetivo de los términos y, además, calan en el lector hasta un punto en que cuesta detenerse tras una lectura iniciática: Lovecraft irremisiblemente pide más Lovecraft.

Elevado a los altares de la literatura de terror por méritos propios, la poesía del de Providence no goza, sin embargo, de la misma aceptación entre sus lectores, pese a que Hongos de Yuggoth sea una perfecta amalgama de ritmo, rima y esencia lovecraftiana, a mi entender al menos. Esta edición bilingüe permite a los amantes de la poesía anglosajona gozar de esa cosmogonía tan singular; los giros argumentales, sorprendentes y característicos a la vez, que tan habitualmente pueblan sus relatos y, además, esa sonoridad que los pies yámbicos confieren a cada verso, engarzados minuciosamente en poemas que bien podrían calificarse de microrrelatos líricos.

Debo decir, no obstante, que a pesar de que mi objetividad a la hora de juzgar la traducción podría haberse visto menoscabada por el hecho de que Luis Gámez, el «traidor» temerario que se ha embarcado en una tarea tan titánica como traducir los poemas de Lovecraft, es mucho más que un viejo amigo para la que escribe, no ha sido este el caso. No ya porque sacar los colores a alguien a quien aprecias tanto siempre es difícil, sino porque Luis no me ha dado la oportunidad de hacerlo.

Al enfrentarme cara a cara con su interpretación, sentí en todo momento que su trabajo, minucioso, exhaustivo y, sobre todo, cargado de mimo a la hora de tratar el texto responde sin duda a lo que cabría esperar de él: un respeto total a la naturaleza de Lovecraft.

Si bien apenas tengo objeciones relacionadas con la traducción (que, no obstante, carece del ritmo que caracteriza al original, debido sobre todo a la pérdida de los pies yámbicos, así como de la rima), centradas por otro lado en sutilezas de interpretación más o menos libre, sí las tengo, en primer lugar, con la disposición gráfica de los textos traducidos. Aunque es encomiable que se haya querido respetar la simetría visual de los originales, el hecho de que los versos en español no cuadren con los ingleses y se abuse de unos encabalgamientos abruptos que no aparecen en estos rompe de alguna manera el efecto poético de los mismos. A grandes rasgos, convierte cada poema en una prosificación del original.

En segundo lugar, la pérdida del ritmo del original, aunque inevitable, combinada con lo anterior resta lirismo al resultado final.

Con todo, y volviendo al prólogo de Javier Calvo, ha sabido evitar sabiamente lo que este refiere con respecto a las obras traducidas de Lovecraft: que imitan «la letra pero sin el espíritu. Son como un niño que copia las letras de un texto sin saber leer». Los sacrificios cuasi forzosos realizados en relación con el original, esto es, el ritmo y la rima, han allanado el camino para que el espíritu del autor campe a sus anchas. Así, pese a la renuncia a la forma, el fondo ha sido digno del mayor de los respetos en la loable traducción de Gámez.

Bien hecho, hermano.

En resumen, esta nueva edición de Hongos de Yuggoth constituye una cita ineludible para cualquier seguidor de Lovecraft que se precie de serlo. Si sois osados, venid y acompañadnos en un recorrido entre hongos.

¡Feliz lectura!

P. S.: La presente constituye la entrada nº 222 del blog a día 1/11/11. Curiosa conjunción numérica, ¿verdad? Me pregunto qué opinaría Abdul Alhazred sobre esto...

lunes, 24 de octubre de 2011

Día de la Biblioteca


Llueve desde hace horas y es uno de esos días en los que nada me apetece más que mirar sin ver, a través de la ventana, cómo cae el día mientras la guitarra de Cereijo entona una melodía hermosa pero cargada de malos presagios («La noche se está cayendo/y con ella cae el tiempo/el día no sirvió de nada,/tarde de nubes sin agua./Hoy el cielo es de cemento,/parece que Dios está muerto/golpean la puerta de casa/mensajeros de desgracia…/¡malas noticias!»). Las primeras lluvias siempre me recuerdan, irremisiblemente, a poemas de Machado y a Serrat cantándolos, a Cela y su Mazurca para dos muertos.
Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, llueve sobre la tierra que es del mismo color que el cielo, entre blando verde y blando gris ceniciento, y la raya del monte lleva ya mucho tiempo borrada. (...) Llueve con tanta monotonía como aplicación desde el día de San Ramón Nonato, a lo mejor desde antes aun, y hoy es San Macario, que trae suerte a los naipes y a las papeletas. Orvalla despacio y sin parar desde hace más de nueve meses sobre la yerba del campo y los cristales de mi ventana, orvalla pero no hace frio, quiero decir mucho frío...
Se celebra hoy, como cada 24 de octubre desde hace casi tres lustros, el Día de la Biblioteca, y el que debería ser día de festejo (¡albricias!) para tantos de nosotros, lectores irredentos, supone un trago que deja un regusto amargo por el cierre, este mismo año, de una siempre necesaria biblioteca de barrio, la del Zaidín, en Granada. Sobre los peregrinos motivos existentes para su cierre podéis leer algo aquí.

Leía esta mañana un artículo sobre el futuro del libro de papel y el electrónico. «El libro ha muerto. ¡Viva el libro!» parecen preconizar los agoreros del libro entendido como continente y contenido. Los libros de papel, objeto de culto y deseo por parte de quienes adoramos pasar sus páginas escuchando el crujido del papel, dejándonos deleitar por su olor, vendrán a ser desplazados por una ingente horda de lectores electrónicos y formatos de archivo dispares, quedando relegados en las estanterías de aquellos que los coleccionarán con meticulosidad del entomólogo que clasifica un nuevo ejemplar, del filatélico que disfruta pinzando con frío metal uno de sus sellos para exponerlo bajo el ojo magnificado de la lupa.

Personalmente, creo que el futuro depara un espacio para la coexistencia. Ya poseo un lector electrónico y ciertamente resulta muy cómodo leer en él, pero no me da todo lo que necesito. El catálogo de libros disponibles es bastante reducido, si bien es cierto que es de esperar que este contratiempo se vaya resolviendo conforme las editoriales vayan permitiéndolo y los autores encuentren virtudes en este nuevo sector de mercado. Es más, una de las grandes esperanzas que deposito en el libro electrónico es poder hacerme con títulos descatalogados que hoy día son costosos, difíciles de conseguir o ambas cosas a la vez. Hay libros ideales para aparecer en este formato, como los best sellers que no buscan pasar a la posteridad o libros técnicos con la fecha de caducidad cuasi programada. Como informático que soy, adoraría poder leer cómodamente (algo que todavía no es posible hacer con los títulos que están editando en formato electrónico) textos que sé que dentro de cuatro o cinco años serán tenidos por obsoletos. 

Pero creo que no basta con eso para desbancar al libro tradicional. En días como hoy no me busques fuera de una biblioteca, ya sea la mía privada o una pública, donde pueda leer rodeado de libros. No me pidas que imagine a Bastian Baltasar Bux leyendo en un Kindle las aventuras de Atreyu, ni a un cura y un barbero formateando la tarjeta de memoria del Papyre de Alonso Quijano. No me exijas que te diga que a una isla desierta llevaría conmigo un eReader con diez mil libros electrónicos dentro si no tengo con qué cargar su batería, ni que crea a quienes afirman que con su iPad leen más cuando antes apenas abrían un libro.


Dejadme estar con mi placer de lector arcaico, de devorador de libros ajeno a lo que marcan las modas y el mercado, de sujeto afín a ese montón de papiros cosidos, de manuscritos pervertidos por el invento de Gutenberg. Dejadme perdido en conversaciones con mis libreros preferidos, Firmin entre las ratas, saludando al bibliotecario que me vio crecer mientras yo le veía envejecer entre libros, que me aconsejó y recomendó lecturas en cada etapa de mi vida. Sí, leeré en libros electrónicos y disfrutaré con la lectura, obtendré los beneficios de las nuevas tecnologías y procuraré que no me dominen. Dejadme leer, pero no en aras de un nuevo negocio. Dejadme leer como lee un hombre, con el corazón.
El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.

Jorge Luis Borges, “La biblioteca de Babel”.
Feliz Día de la Biblioteca y feliz lectura, sobre cualquier medio y en cualquier lugar.

Notas: 
La fotografía de la Biblioteca del Hospital Real de Granada que encabeza la entrada es de Iván García y es ofrecida sujeta a los términos de una licencia Creative Commons. 
La segunda fotografía es de la Plaza de España de Santa Fe (Granada). El edificio que permanece oculto por las redes protectoras de una obra de restauración albergaba antaño la biblioteca pública de mi pueblo, la primera de la que fui socio y donde pasé largas horas de innumerables días leyendo, aprendiendo... y contemplando a las aves en los tejados de la Iglesia de la Encarnación, justo enfrente.

viernes, 21 de octubre de 2011

Sobre curas y alcaldes comunistas

El primer recuerdo que tengo de Don Camilo es el de la portada del libro, en rústica y editado por Planeta, que llevaban algunos de los niños de uno o dos cursos por debajo del mío en el colegio. Era una de las lecturas obligatorias, aunque nosotros leímos a Hemingway (El viejo y el mar), Delibes (El príncipe destronado y El camino) o a Cela (Viaje por la Alcarria), entre otros.

No sé el motivo pero siempre me llamó la atención ese libro de Giovanni Guareschi, aunque sería años después cuando descubriría lo divertido de las aventuras del sacerdote gracias a alguna de las versiones cinematográficas que, protagonizadas por Fernandel en el papel de Don Camilo y Gino Cervi en el del alcalde Peppone, emitían por aquel entonces en televisión de cuando en cuando.


No hace mucho me hice con un par de libros de saldo de Guareschi y aproveché los viajes en bus para ir leyendo Don Camilo (Un mundo pequeño). Estructurado en capítulos en su mayor parte independientes —aunque alguno que otro hace referencia a alguna situación ya descrita—, a modo de cuentos, lo cierto es que se lee con agrado y rapidez. El humor y la ternura de que hacen gala los personajes son tremendos, y lo cierto es que me ha gustado sobremanera.


Las aventuras y desventuras del párroco del pueblo y del alcalde (generalmente comunista), de las fuerzas religiosa y política del lugar, no son patrimonio exclusivo de Guareschi pero es bastante probable que otros conocidos personajes del cine y la televisión deban tributo a su obra. Por ejemplo, recuerdo con cariño al “abuelo de España”, Paco Martínez Soria, y su personaje del cura en "Se armó el belén", y una de las series de televisión que desafortunadamente no continuó en antena pero que os recomendaría por su humor es la costumbrista “Padre Medina”, emitida en Andalucía (pero accesible a través de su página web) y basada en la gallega “Padre Casares”.

De cualquier modo, Don Camilo y Peppone no se andan con zarandajas y saben bien darse de tortas y poner en aprietos al contrario si llega la ocasión. Son mucho más rudos y chapados a la antigua que otras posibles parejas cura-alcalde, y además Don Camilo cuenta siempre con la inestimable ayuda del Cristo que, en la iglesia y desde su crucifijo, intenta poner siempre un punto sensato en la cabeza del buenazo pero descocado Don Camilo.

En resumen, Don Camilo, de Giovanni Guareschi, constituye una apuesta segura por la diversión.

¡Feliz lectura!

jueves, 20 de octubre de 2011

Sesión doble de misterio

El verano me llevó de relectura en lectura y, aunque no es mi intención llevaros hasta el hartazgo literario a lo largo de estas entradas otoñales, lo cierto es que sí que quería reseñar algunos de los libros que leí, al menos los más significativos y los que creo que pueden interesar más a los lectores del blog.

Cuando recuperé a Verne quise hacer lo propio con Agatha Christie así que, aprovechando una tarde algo más relajada de lo habitual, estuve releyendo La ratonera (Tres ratones ciegos), la obrita que fuese llevada al teatro hace algo más de 60 años en Londres y cuya representación en España durante este pasado año me perdí lamentablemente en repetidas ocasiones. 


La estaban representando en Madrid durante un viaje que hice a la capital, pero no pude ir al teatro, se me pasó la fecha en Málaga y cuando descubrí que la representaban en Granada tenía adquiridos otros compromisos, así que no me quedó otra opción que recurrir de nuevo al libro para recordar la singular historia de la casa de huéspedes de Mollie y Giles Ralston, Monkswell Manor, y cómo quedaron atrapados durante una tormenta invernal junto a algunos de sus huéspedes.

El mismo día en que inauguran la casa de huéspedes, Mollie y Giles reciben a sus cinco primeros huéspedes, uno de ellos llegado de improviso. Al día siguiente, en plena tormenta, el sargento Trotter de la policía llega a la casa y les indica que entre ellos puede encontrarse el culpable del asesinato de una mujer en Londres. Las sospechas despertarán una desconfianza mutua entre los ocupantes de la casa, atrapados además en un ambiente cerrado y cada vez más claustrofóbico. Conforme se vayan desarrollando los acontecimientos y conociéndose la historia sabrán que entre ellos, además del asesino, puede haber una próxima víctima. ¿Podrá Trotter encontrarla antes que el asesino?

La Dama del Misterio nos deleita con este relato con ínfulas de novela corta, con una historia que se lee en apenas una tarde y que nos descubre la sutileza con la que siempre supo tratar los argumentos de sus historias.

Otra de mis novelas de lectura estival fue El libro de las hojas color naranja. Mi segunda aproximación a la obra de Harry Stephen Keeler no pudo ser más fructífera. Me encantó leer esas aventuras disparatadas a la par que curiosas, capaces de mantenerme enganchado durante una tarde tras otra hasta terminar con el libro.


La historia comienza con la aparición de Stefan Czeszcziczki, rápido calculador matemático de origen polaco, que ofrece sus servicios de cálculo buscando obtener algunos beneficios que le permitan pagar la operación que podría salvar la vida de su mujer, que sufre una grave enfermedad. Como es habitual en Stephen Keeler, y así lo voy descubriendo conforme leo más sobre él y más obras suyas, la historia pasa pronto a mostrarnos otro protagonista; Isberian Jones, reportero fotográfico del Ocean City Evening News, al que se le encarga una misión cuasi imposible. Isberian deberá fotografiar un huevo invisible que permanece expuesto en el escaparate de una vieja tienda, so pena de ser despedido si no lleva la pertinente fotografía a su jefe.

Entretanto hará acto de presencia un curioso libro de hojas de color naranja que aparece partido por la mitad. El libro contiene diversos aforismos orientales que parecen tener poder de adivinación y salvarán de más de un apuro a nuestros protagonistas hasta que, como siempre ocurre en los libros de Keeler, el final llegue a sorprendernos gratamente.

Un par de lecturas repletas de misterio desde dos perspectivas realmente dispares pero igualmente recomendables.

¡Feliz lectura!

domingo, 9 de octubre de 2011

La isla misteriosa

El reencuentro con un viejo amigo, sobre todo cuando ha pasado un periodo de tiempo considerable, siempre entraña algo de riesgo. Por muy afines que fuésemos en su día, el tiempo pasa de forma inexorable, erosiona nuestra superficie, lima nuestras asperezas y nos asienta el carácter hasta, en ocasiones, llegar a cambiarnos de forma tal que resultamos irreconocibles. Estos cambios, que para la Geología requieren de millones de años, pueden darse en el hombre en apenas unas décadas, máxime cuando media entre ambos periodos la siempre convulsa adolescencia. Sin embargo, aunque a priori pudiésemos sentir algo de temor ante el reencuentro, no deja de ser mayor el estímulo provocado por las emociones agolpándose en nuestro interior. Se despierta la memoria de viejas vivencias, de los momentos que transcurrieron en mutua compañía y de las aventuras vividas.

Ha sido finalmente el verano de 2011 el que me ha hecho regresar a la isla Lincoln. Después de un par de años acariciando la idea para volver a dejarla estar sin decidirme a dar el paso, transcurrido algo más de un lustro desde mi último acercamiento a Verne, encontrar la edición de bolsillo de una nueva traducción al español de La isla misteriosa y hacerme con ella fue una misma cosa. Tenía ganas de volver a sentirme náufrago, de ser un Robinson en toda regla, y es que tengo una especial predilección por las historias “robinsonianas”; algún día nos sentaremos a hablar sobre la isla de Morel, acerca de naufragios en un barco como los de Roberto de la Grive, de ratones aventureros a su pesar como Abel, de señores de las moscas y sobre un nutrido compendio de obras literarias realmente maravillosas.

Con los buenos libros ocurre igual que con los buenos amigos: les encontramos iguales a como los dejamos en su día. Cambiados, sí, posiblemente, igual que nosotros, pero en lo esencial siguen siendo aquellos que nos enamoraron, pues la amistad no es más que un particular y especial estado del amor. Y tan cierto es que «En el mismo río entramos y no entramos, pues somos y no somos [los mismos]» como que cada lectura de un libro será distinta para nosotros. Máxime cuando, como en el caso que nos ocupa, hacía más de dos décadas desde mi último acercamiento a La isla misteriosa. Canta Sabina en una de sus canciones más hermosas que al lugar en que has sido feliz no debieras tratar de volver. Esto, no por acertado deja de ser harto difícil de cumplir, y esta entrada es buena muestra de ello. 

Intentar presentar a Julio Verne es como querer hablar de la lluvia; todo el mundo la conoce, sabe –más o menos– en qué consiste pero, a poco que empezamos a indagar en torno a ella, todo son dudas a su alrededor. Que el francés es uno de los más populares autores de novelas (pretendidamente) juveniles de todos los tiempos resulta evidente, pero no así las circunstancias que rodearon la escritura de las mismas o diversos aspectos de su vida. Para indagar un poco más sobre ello, os recomiendo el imprescindible sitio web Viaje al centro del Verne desconocido (junto a la revista electrónica Mundo Verne) así como el imprescindible ensayo de Miguel Salabert, Jules Verne, ese desconocido.

La isla misteriosa es una de las mejores novelas de Verne (a mi parecer, la mejor) y posiblemente la más “adulta” de todas ellas. Aunque es posible leerla de forma independiente, concluye una trilogía formada tanto por ella como por Veinte mil leguas de viaje submarino y Los hijos del capitán Grant, y constituye un particular acercamiento a un tema literario tan recurrente e interesante como el del náufrago “Robinson”, como apuntaba anteriormente. En ella, varios prisioneros escapan del ejército del general Lee cuando este les mantiene presos en la sitiada ciudad de Richmond durante la Guerra de Secesión. Aprovechando un huracán desatado durante su aprisionamiento, ocupan un globo aerostático que es dejado sin vigilancia dadas las extremas condiciones climatológicas y escapan arriesgando la vida. La fuerte tormenta les lleva por los aires durante cinco días hasta que el maltrecho globo cae al mar. Afortunadamente esto ocurre cerca de una isla donde los náufragos (los colonos, como gustarán autodenominarse) tendrán que sobrevivir con la única ayuda de su inteligencia y su fuerza de voluntad. Y aquí es donde comienzan las diferencias entre La isla misteriosa y otras historias sobre náufragos. Si bien en todas ellas el valor y el ingenio ocupan un papel importante, en la novela de Verne viene a constituir el núcleo de la narración, ya que esta “novela sobre Química”, como la quiso el autor, lleva a cabo una reconstrucción de la historia reciente de nuestra especie. Contado así podría intimidar a futuros lectores de la novela, pero lo cierto es que las aventuras del ingeniero Cyrus Smith y sus compañeros son cualquier cosa menos aburridas. 

Cyrus estará acompañado por sirviente el liberto Nab, el reportero Gedeon Spillet, el marino Pencroff y Harbert, ahijado de este. Juntos tendrán que conseguir alimento y cobijo, fabricar los útiles necesarios para sobrevivir en la isla y todo partiendo de la nada. A lo largo de sus páginas, La isla misteriosa nos deleita con la fabricación de armas, explosivos y útiles de caza, con la elaboración de herramientas y maquinaria necesarias para poner en marcha industrias de todo tipo: metalúrgica, textil, cerámica…

Posiblemente haya disfrutado el libro tanto o más que las primeras veces que lo leí. No obstante, sí que he percibido aspectos que por aquél entonces me pasaron inadvertidos o, al menos, no me llamaron tanto la atención. Por ejemplo, la profunda religiosidad que encontramos ante cada nuevo reto o cuando empiezan a sucederse los misterios que dan nombre a la isla del libro. Cyrus y sus amigos no se resignan, dan todo de sí para asegurar su supervivencia y bienestar, pero lo hacen siempre contando con aquello que les depara la Providencia. Eso sí, recuerdo cómo me marcó en su día el momento en que Cyrus —Ciro en aquella primera lectura— lee el versículo de la Biblia «Porque todo aquel que pide, recibe, y el que busca, halla, y al que llama, se le abrirá». 

También son notables los recursos de la isla, tanto a nivel geológico como respecto a sus ecosistemas. La isla Lincoln cuenta con recursos mineralógicos cuasi ilimitados y su biodiversidad es notable. Especies de animales y plantas de todas las regiones biogeográficas concurren en el limitado espacio de la isla, algo muy al uso por parte de las novelas de aventuras de la época en que fue escrita la novela. El apasionamiento por la ciencia y su aplicación técnica era más que evidente en esta época revolucionaria, y Verne se hace eco del mismo con la preclara visión del futuro que le caracterizaba. Quedaban aún lejos los días en que el pesimismo sobre el hombre y el uso dado a los descubrimientos científicos se apoderase del autor francés.

Cuando hace unas (cuantas) semanas terminé el libro me quedé con el desasosiego de haberme perdido algo. Con ganas de volver a compartir aventuras, de revivirlas y descubrir aquello que mis ojos, una vez más, no supieron ver. Sé que lo haré cuando pase un tiempo, aunque desde hoy mismo os invito a visitar La isla misteriosa por primera o enésima vez. Sé que disfrutaréis con la lectura.

¡Que sea muy feliz!